La edición del 28/2/2013 incluye un interesante reportaje a la profesora Marcia Collazo que me ha motivado a compartir con usted y con los lectores algunas reflexiones.
La edición del 28/2/2013 incluye un interesante reportaje a la profesora Marcia Collazo que me ha motivado a compartir con usted y con los lectores algunas reflexiones.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNunca hubiese creído que interrogarnos sobre si ¨¿esto que llamamos ROU es realmente lo que queríamos? ¨ fuese una cuestión de interés en la actualidad. Sobre todo considerando toda el agua que ha pasado bajo los puentes desde los tiempos de Artigas.
Parece mucho menos pertinente preguntarnos 185 años después si tenemos “el derecho moral de ser un Estado independiente”. Pero siempre es bienvenida cualquier invitación a reflexionar sobre temas históricos y particularmente sobre aquellos que hacen a nuestros orígenes.
Lo que estas polémicas preguntas proponen es la duda acerca de si fue una buena idea separarnos del resto de las Provincias Unidas del Río de la Plata para constituir un Estado soberano.
Yo no tengo dudas en contestar afirmativamente, por lo menos considerando lo que había disponible en el menú de la historia. No leí la novela de la Profesora Collazo, pero por lo que se desprende del reportaje, la autora no está muy de acuerdo conmigo.
No hay ninguna duda que si a Artigas le hubiese ido un poco mejor hoy seríamos una provincia más de la Argentina. Si no lo somos es porque la lucha artiguista existió y llegó hasta donde llegó y no más allá. Artigas es el fundador de la Nacionalidad Oriental, no del Uruguay.
La gesta artiguista definió un pueblo nuevo y distinto: los Orientales, y lo dotó de algunas de las características que lo distinguirían a lo largo de la historia y se prolongarían en los futuros uruguayos: republicanismo, convivencia democrática, apego a la libertad, igualdad social de los ciudadanos cualquiera fuese su raza, religión u origen social.
Pero el ideal de Artigas no llegó a concretarse porque el Imperio del Brasil jamás hubiese permitido que el Uruguay fuese un río interior de la Argentina y toda la producción del sur de Brasil tuviese que salir a Europa por el puerto de Buenos Aires, pero en ese momento no estaba en condiciones de ganar una guerra para retener en su poder a la Provincia Cisplatina. Esto fue comprendido con mucha visión por el Imperio Británico, cuyo representante diplomático, Lord Ponsomby, es el autor intelectual de la República Oriental del Uruguay, cuya fecha de independencia es el 4 de octubre de 1827.
Poca gente sabe que el programa político que guió la cruzada libertadora de 1825 con proclama de Lavalleja y declaratoria de la independencia y Asamblea de la Florida nunca llegó a concretarse. Poca gente sabe que las batallas definitorias de nuestra independencia, las que forzaron a Brasil a sentarse a negociar la Convención Preliminar de Paz fueron libradas en territorio brasileño por el Ejército Argentino comandado por Alvear y en el cual los Orientales eran una minoría. Nuestra auténtica declaratoria de independencia se negoció en Rio de Janeiro, se firmó el 27 de agosto de 1827 y se intercambiaron documentos el 4 de octubre siguiente.
Coincido con Marcia Collazo en que el uruguayo no es de embanderarse con simbolos patrióticos y que eso se debe a la forma en que se forjó nuestra nacionalidad. Pero no porque no quisiéramos ser una república independiente, sino porque —por suerte— somos una sociedad abierta y aluvional, crisol en el que se fusionaron junto a los Orientales de la Patria Vieja, gallegos, genoveses, asturianos, judíos, armenios, africanos, vascos, napolitanos, lituanos y el resultado de esa mezcla, a orillas del Rio de la Plata fue una nacionalidad nueva y específica: Los Uruguayos.
El gentilicio “Oriental”, torpemente reivindicado por la dictadura en la búsqueda de una épica propia, implica que vendríamos a ser la parte oriental de una nación (la Argentina) que además vendría a tener una parte “occidental al rio Uruguay” (el resto de la Argentina).
El gentilicio “Uruguayo”, en cambio, nos remite a un proceso histórico que no niega su origen en la gesta artiguista, pero tampoco agota en ella las fuentes de nuestra identidad.
Entre varios errores conceptuales imperdonables en un docente de la trayectoria de Collazo mencionemos que Lavalleja no comienza su histórica proclama de la forma que describe Collazo, dirigiéndose a “Orientales y Argentinos” sino a “Argentinos Orientales ”, lo que es muy distinto y mucho más descriptivo del objetivo final, que se refuerza en el cuerpo de la proclama cuando se refiere a nuestro país como la “Provincia Oriental”, parte de la “Gran Nación Argentina”. Tampoco es feliz calificar la cultura de Artigas con la afirmación de que apenas pudo completar un ciclo básico escolar, aunque pueda ser historiográficamente cierto.
Artigas tuvo una educación privilegiada para su época con los Franciscanos y su formación política era muy sólida. Conocía muy bien a los pensadores de la ilustración francesa y a los Padres Fundadores, lo que sin duda le permitió vertebrar un ideario mucho más moderno (por liberal y republicano) que el del erudito Bolívar. Nadie pone mucho énfasis en recordar que el modelo federal de Artigas era precisamente Estados Unidos, del cual el modelo argentino es una caricatura.
¿Por qué Artigas no vuelve al Uruguay? No hay una respuesta, yo creo que hubo razones personales y políticas. Tenía 77 años cuando Rivera lo invita a volver. No la estaba pasando nada bien en Curuguaty, pero su suerte estaba cerca de cambiar: había muerto Francia y López lo tenía en alta estima, al punto que poco tiempo después pasaría a residir en la propia quinta del presidente en Ibiray, Asunción. Todo el proceso de la derrota final de Artigas implicó realineamientos políticos entre quienes lo habían apoyado en ambas márgenes del Uruguay, que con o sin razón Artigas los debe haber vivido con amargura. Estos realineamientos terminaron configurando los bandos que se enfrentaban en ese momento en la Guerra Grande. En ambos bandos había amigos y enemigos de Artigas y la leyenda negra estaba en su apogeo; mucha gente creía sinceramente que era un monstruo. Permanecer en el Paraguay neutral bajo la protección del presidente López era mucho más sensato que regresar.
Me parece demasiado sofisticado ver en la negativa de Artigas un rechazo a la independencia del Uruguay.
Si a Artigas le hubiese ido un poco mejor hoy Messi y Suárez jugarían en la misma selección, Batlle y Tabaré Vázquez serían peronistas y habría orientales enterrados en las Malvinas. La utopía de Artigas implicaba derrotar las pretensiones hegemónicas de Buenos Aires (a quien comparaba con la Roma Imperial). La historia nos ha mostrado y nos muestra día a día lo irrealizable de ese ideal.
Artigas acumuló suficientes créditos como para que se le pueda perdonar que haya soñado con la utopía que O’Donell ha llamado “La patria grande rioplatense”, nosotros con el diario del lunes deberíamos disfrutar aliviados que el devenir de la historia nos haya deparado un destino diferente. Nuestras energías intelectuales deberían enfocarse mucho más en aprovechar nuestros diferenciales positivos y no desperdiciarse en revisionismos descabellados.
Carlos Álvarez Cortes