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Un día, me despierto y me doy cuenta de que cada vez recibo menos mails. Hace unos años sobrellevé el duelo por la pérdida de las cartas de puño y letra y debí acostumbrarme a los correos electrónicos. Luego los mails se convirtieron en lo más normal del mundo, con sus ventajas y desventajas.
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Las desventajas parecían pocas (estar muy enojado y enviar un mail sin pensarlo dos veces al objeto de nuestra ira, o incluir en el destinatario a la persona de la que se hablaba mal), frente a las ventajas (inmediatez, gratuidad, etc.).
Poco a poco dejé de percibir que los mails eran breves, que eran simplemente funcionales, que la carta había muerto pero que no era lo mismo.
Y ahora me percato de que el mail está obsoleto. Un grupo de amigas usa exclusivamente el whatsapp, como yo me resisto al pi-pi perpetuo me reenvían información importante por mail.
El skype fue otro de los inventos que me pareció ventajoso: hablaba con mi amiga de Barcelona, con mi amiga de Tel Aviv, con mi sobrino de Londres. Les veía el rostro, los miraba sonreír, y hasta el gato pasearse por delante de la pantalla.
Ahora me llaman por el celular con voz de ultratumba y la llamada se corta cada minuto. O me mandan tres palabras y cuatro emoticones.
Los estudiantes durante décadas fueron a bibliotecas y toda la familia ahorraba para comprar un libro al nene universitario. Pero con las fotocopiadoras las casas se llenaron de papeles caóticos, a veces tomos longitudinales con rulos desvencijados, que se enganchaban en la ropa. Los profesores se agotaron de protestar contra la fotocopia.
Ahora el celular está fundiendo a las fotocopiadoras estudiantiles. Los estudiantes buscan en la inmediatez de la clase los materiales de estudio. No siempre los encuentran, porque en esta primera etapa del siglo XXI a veces las redes y las Wi-fi no se comportan de acuerdo a las circunstancias.
La muerte del libro de papel ha sido vaticinada desde hace mucho. “¡No importa!” dicen los optimistas. “El formato electrónico va a sustituirlo, lo importante no es el soporte sino el contenido”. Pero cualquiera sabe que leer un libro de largo aliento en un soporte electrónico va contra la anatomía humana.
Yo tengo para mí que las novelas van a desaparecer. Van a ser sustituidas por los blogs, por los microrrelatos, por textos como los que se transmiten en el Facebook. Bueno, no nos atormentemos. Hubo siglos en que la Humanidad no escribía ni leía novelas; iba sí, por ejemplo, al teatro. O cantaba poesía. La novela es un género que hizo eclosión en el siglo XIX y en el XX siguió sus caminos. Pero los ciclos se cierran.
¿Y los libros de ensayo, de crítica, esos libros carísimos que llegan de España y que uno mira en las vidrieras de una selecta librería como un mendigo frente al Oro del Rhin? Cada vez se opta más por buscar un capítulo suelto en pdf después de googlear un rato.
Por fin aprendí a usar bien mi teléfono inteligente. Me dicen: “¡Cómo podés tener ese teléfono tan viejo!”.