N° 2018 - 02 al 08 de Mayo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay nombres que se recuerdan. Hay nombres que se olvidan. Y hay nombres, extrañamente desdibujados en nieblas de la memoria, que no expresan de inmediato la personalidad de quien se trate ni la importancia de su obra.
Es el caso de Enrique Delfino, nacido en Buenos Aires pero que vivió una intensa relación con Montevideo.
Hay quienes sentencian, cuando se habla de la creación del tango canción, que su padre fue Pascual Contursi. Otros afirman, con igual convicción, que fue Delfino.
Todos tienen razón.
¿Extraño? En absoluto.
Ocurre que al mencionar a Contursi, el concepto de canción refiere a que fue el primero en crear una letra con argumento, una historia: Mi noche triste, que inmortalizó Gardel. Pero Contursi, desde 1916, se limitó, y no fue poco para la historia del tango, a incorporar letras a instrumentales ya escritos, sin establecer una relación estrecha con quienes fueran autores de esas obras.
Delfino, en cambio, fue el promotor del “tango romanza”, primera denominación del “tango canción”, en oposición al “tango milonga” anterior, modificando la estructura musical de tres partes, como se hacía desde la Guardia Vieja, a dos partes con notorio predominio de lo melódico y un marcado vuelo lírico; además, compuso en directo contacto con los letristas. Hoy es sólido el consenso acerca de que este “tango canción” nació en 1920 con Sans Souci, que Delfino escribió junto a Juan Carlos Cobián, imponiendo la tendencia que afirmó, por ejemplo, con Milonguita, Griseta, Araca la cana y Recuerdos de bohemia.
Enrique Delfino, Delfy para los amigos y como apodo que usó en ciertas facetas de su arte ecléctico, fue hijo de los dueños de la confitería del teatro Politeama, creció rodeado de música y en la adolescencia —luego de estudiar desde niño en Italia, con un tutor— fue concertista de piano, amante de las obras de Verdi, Wagner y Puccini, su preferido, hasta que, vuelto al barrio natal, lo sedujeron la noche, la bohemia y el tango. Contrariando a sus padres, que apoyaban su gusto por la música clásica pero pretendían de él, además, una carrera académica, huyó a Montevideo.
Corría 1912. El inicio de otra historia.
Aquí, entre uruguayos, compuso precisamente Sans Souci, pero también Pajonal, Rancho viejo, El apache oriental, Boca abierta, Fantástico, A buen tiempo, Fruta prohibida y los “afrancesados” Belgique, Tres simphatyque y Frivolité. Actuó como solista, fue clown musical, acompañó cantantes diversos y se presentó en el cabaré Moulin Rouge, del padre de Gerardo Mattos Rodríguez, el cine Defensa, el bar Victoria y el café Au Bon Marché. En dúo con el violinista Federico Lafémina actuó en el bar Sarandí y más tarde, agregando al bandoneonista Ernesto Di Cicco, hermano de Minotto, en el Sport.
Otra vez en Buenos Aires, siguió creando, integró El Cuarteto de los Maestros junto a Osvaldo Fresedo, Tito Rocatagliatta y Agesilao Ferrazzano, fue pianista de la Orquesta Típica Select, grabó en los sellos Nacional y Víctor, viajó a Estados Unidos contratado para hacer una serie de discos, luego recorrió Londres, Berlín, Madrid y París y… conoció a Gardel.
Colaboró con el Mago en la película Luces de Buenos Aires y el cantor le grabó 26 composiciones, entre las que resaltan Aquel tapado de armiño, Al pie de la Santa Cruz, Dicen que dicen, Milonguita, La copa del olvido, Padrino pelao, Palermo, Otario que andás penando, No le digas que la quiero y El rey del cabaré.
No resisto cerrar este reconocimiento de Delfy —que nació en Buenos Aires en 1895 y murió en la misma ciudad en 1967— sin contar la anécdota de Re-Fa-Si, tango creado también en Montevideo.
Según su propio testimonio, caminaba de madrugada y se puso a silbar. Se dio cuenta de que le habían salido, espontáneamente, esas tres notas. Decidió escribirlas para seguir trabajando la melodía; tenía lápiz pero, a esas horas, no halló papel. Las anotó en la pared de una calle conocida, a la espera del día siguiente. No contó con que era época de elecciones: al regresar al sitio, lo halló tapizado de afiches; se puso a rasgarlos como loco cuando lo descubrió un policía que, severo, le llamó la atención.
Pero fue tan convincente la explicación del autor, que el agente, aun con dudas, lo ayudó en la búsqueda. Y sonrió satisfecho cuando pudo sumar su alegría a la de Delfy: ¡apareció al fin el apunte, resplandeciente como un sol!
A la tarde de ese día, Enrique Delfino concluyó uno de sus más famosos tangos.