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    Creerle al terrorista

    N° 1932 - 24 al 30 de Agosto de 2017

    Durante los meses que siguieron a los atentados de Madrid de 2004, cada vez que subía a un tren de Cercanías en Barcelona me agachaba y buscaba mochilas abandonadas debajo de los asientos. Durante semanas no pude evitar buscar los ojos de los que estaban alrededor mío en el vagón, tratando de leer intenciones ocultas. Ese es uno de los efectos que busca el terrorismo.

    Cuando el pasado 17 de agosto un amigo publicó en Twitter que nadie se acercara a las Ramblas, porque se había producido un ataque terrorista, sentí que regresaba la sensación de espanto que tenía olvidada. Y luego, a medida que se iban conociendo las cifras de asesinados, reconocí claramente el escalofrío que me recorría el espinazo.

    Mi prioridad fue saber cómo estaban los míos. Al tiempo que iba leyendo a conocidos y amigos a través de las redes, avisando que estaban bien, intentaba comunicarme por teléfono, nervioso, con mis seres cercanos. Por suerte, esa suerte egoísta, a ninguno le pasó nada. Y eso que en algún caso fue pura chiripa, bajarse en esta estación y no en la otra, ir a esta librería y no a aquella.

    Pasado el golpe, intenté mantenerme al tanto del operativo y fui comentando algunas de las cosas que veía en las redes. Mientras, para mis adentros pensaba: “por favor, que no arranquen los occidentales antioccidentales a escupir sobre los cuerpos todavía tibios”. Tuve suerte, recién al día siguiente me topé con las justificaciones geopolíticas habituales para los asesinatos cometidos por los radicales islamistas. Justo después de que ISIS asumiese la autoría del crimen.

    Esa reacción casi automática de muchos occidentales se puede entender en el contexto del rechazo hacia los desmanes que su civilización ha cometido en un sinfín de lugares. Empezando por la colonización y siguiendo por su constante meter cuchara en la política interna, hasta el punto de financiar golpes de Estado, bombardear y sostener grupos armados durante años. Es también una reacción al etnocentrismo europeo que durante siglos consideró a los naturales de los territorios conquistados poco más que animales. O seres sin alma que podían ser explotados sin contemplaciones y que solo podían ser humanos si se convertían a la religión del colonizador. Hasta ahí, la idea de asumir que Occidente carga una dosis de culpa es más bien inobjetable.

    Los problemas arrancan cuando se intenta reducir a esa culpa la explicación de atentados como el de Barcelona. La explicación patina incluso un poco más cuando se trata de atentados cometidos por islamistas sobre otros musulmanes. Se pasa ahí a una especie de acto de ventriloquia que termina reforzando el etnocentrismo que se intenta cuestionar. Los terroristas, se nos viene a decir, no matan por las razones que ellos declaran. Matan porque Occidente los ha hecho así, aunque ellos no lo sepan. Por tanto no hay que hacerles caso cuando nos dicen que nos matan porque somos unos perros infieles.

    El problema que tiene ese ventrílocuo es que considera al autor del atentado como una suerte de lisiado moral que no debe ser escuchado y no como un adulto responsable, como cualquiera de nosotros. Un niño que no es consciente de lo que hace y cuya versión de los hechos, sus hechos, debe ser descartada o al menos matizada. A pesar de sus buenas intenciones, quienes hacen eso siguen colocando al hombre blanco occidental como rey, ahora omnipotente haciendo el mal, y es el terrorista quien no tiene idea de lo que dice. Ni siquiera cuando se inmola en nombre de lo que dice, como hacen los terroristas suicidas. Así, el desprecio a la capacidad de esas sociedades para crear sus propios monstruos, tan propios que se dedican a matar a otros musulmanes de forma abrumadoramente mayoritaria, termina siendo una vuelta de tuerca más del etnocentrismo.

    Al menos yo, cuando alguien viene a matarme y me dice que lo hace en nombre de su Dios, tiendo a creerle. Seguro le creo más que a quien, desde la tranquilidad de un país occidental, gozando de todas las garantías que ese sistema le da para dar su opinión sin riesgo, se dedica a recordar cada una de las barbaridades de ese mismo sistema. Muchas de ellas reales, pero que hasta donde logro ver, no sirven de mucho para desentrañar cómo es que unos muchachos de pueblo que vivieron casi toda su vida en España, terminaron asesinando de manera aleatoria a gente que caminaba por la calle.

    Además, como señaló Christopher Hitchens, lo que los terroristas desprecian de Occidente no es aquello que los progresistas occidentales rechazan y no pueden defender de su propio sistema, sino lo que sí les gusta y deben defender: sus mujeres emancipadas, su investigación científica, su separación entre religión y Estado”. Es decir, en su intento de contemporizar con una religión y no caer en la xenofobia, el ventrílocuo pasa por alto que lo que ISIS propone es, además de una lectura sesgada de un libro sagrado, un proyecto político radicalmente reaccionario. Uno donde el Estado no está separado de la religión, donde la mujer es apenas un apéndice del hombre, donde se cuelga a los homosexuales. Un proyecto que es un horror antes que nada para el resto de los musulmanes. Como bien resume la feminista argelina Marieme Hélie-Lucas, “la ciega defensa que la izquierda radical hace de los reaccionarios ‘musulmanes’ abraza implícitamente la creencia de que, para no europeos, una respuesta de extrema derecha es una respuesta normal a una situación de opresión”. No hay que olvidarlo, el terrorismo islamista no es un movimiento de liberación, es el terror de la ultraderecha del Islam.

    Es verdad, en todo atentado hay distintos niveles de responsabilidad, y a Occidente, el petróleo, Siria y las cruzadas, seguramente les toque alguna. Ahora, en el asesinato de esas 14 personas y las más de 100 víctimas de 35 países que paseaban aprovechando la larga tarde estival, incluyendo niños y bebés, no hay responsabilidad mayor que la del terrorista que encendió el motor de la camioneta y condujo directamente hacia ellos, para matarlos en nombre de su Dios y del infierno nihilista que decidió encender en su delirio mesiánico.