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Esa poderosa máquina recicladora de ideas y contextos que es el teatro vuelve a dar una muestra de que con talento y pocos recursos, todo es posible. Esta semana se repuso Yago, el unipersonal de Diego Araújo y muy bien interpretado por Sebastán Silvera, ahora en la Zavala Muniz.
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Pero en esta obra ganadora de dos Florencio, el conspirador es extrapolado al contexto del nazismo. Este Yago vestido de sobretodo, traje y botas del ejército alemán, está encarnado en uno de los integrantes de la corte de oficiales de Hitler, ese círculo dantesco de la maldad en el que están Goebbels, Hess, Eichmann y Goering.
Nuestro nazi en escena es Martin Bormann, secretario privado de Hitler. Dueño de una ambición insaciable, Bormann es asimilado con agudo olfato dramatúrgico al manipulador que hace estallar de celos al Moro veneciano.
La encarnación de Silvera es contundente y consagratoria. Pasa por todos los estados: el histrionismo de la exaltación declamativa, la ensoñación seductora para manipular a sus superiores y animar este juego de tronos que costó 60 millones de muertos. Del texto se desprende un lúcido retrato de la guerra sorda de conspiración y paranoia que suele ser obertura de esa sinfonía de la autodestrucción en la que siempre terminan los mayores totalitarismos.
La puesta, cuyas últimas funciones son hoy jueves y mañana viernes a las 21, aprovecha óptimamente el espacio, al distribuir parte del público en mesas en el escenario. Así, Silvera pasea a su Yago-Bormann orondo, soberbio, con paso lento y avasallante, realzado por una iluminación muy bien diseñada, que lo sigue en su deambular como si fuera la estrella de un musical.
Un apunte llamativo: antes de comenzar la función, el habitual pedido de “apaguen sus celulares” es acompañado por los acordes de la Marcha Tres Árboles, himno oficial del Partido Nacional.