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    Crimen y nostalgia en las azoteas

    Cuatro estaciones en La Habana, serie policial de Leonardo Padura

    Son cuatro capítulos con un protagonista: el teniente Mario Conde. Las historias son policiales y tienen el tono de la novela negra, pero al estilo cubano: investigaciones casi artesanales, teléfonos de disco y patrulleros marca Lada. Conde es un teniente desencantado, borracho y medio desprolijo. Tiene, sin embargo, alma de escritor y preocupaciones sociales y políticas que lo llevan a ponerles garra a sus casos. Lo rodean policías y jefes corruptos, aunque también están los esforzados, los amigos fieles y, frecuentemente, las mujeres sensuales. Como escenario está La Habana, que aparece como una postal detenida en el tiempo: con la belleza de sus viejas azoteas y de sus casas coloniales venidas a menos, con su costa tentadora y su calor pegajoso que se soporta con mucho ron, cigarros y música.

    La serie se llama Cuatro estaciones en La Habana y se estrenó en Netflix a comienzos de diciembre. Detrás está el escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, 1955), autor de cuatro novelas que están en el origen de estas historias: Vientos de Cuaresma, Pasado perfecto, Máscaras y Paisaje de otoño. El propio Padura estuvo en la escritura de los guiones con su esposa Lucía López Coll. La serie, dirigida por el español Félix Viscarret, tiene producción cubano-española, por eso los exteriores fueron filmados en La Habana y los interiores en una antigua fábrica de tabaco de Canarias.

    Cuatro estaciones en La Habana tiene varios aciertos. El primero es haber elegido a Jorge Perugorría para interpretar a Conde. El actor, de larga trayectoria, tuvo sus inicios en el teatro, pero logró su popularidad en 1993 con el papel protagónico de Fresa y chocolate, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Allí interpretó a Diego, un joven culto y homosexual que se relaciona con David, un férreo y prejuicioso militante comunista. Con sutileza y muy buenas actuaciones, la película trataba el tema de la discriminación, la intolerancia y la falta de libertades en la isla.

    Ahora, veintitrés años después, más gordo y experiente, Perugorría retoma el papel del “diferente”, porque Conde no es un policía típico. Vive con melancolía por lo que Cuba nunca fue, o nunca pudo ser, después de la Revolución, y comparte la misma desesperanza que Padura, su creador. “Conde está preocupado por todo. Es un sufridor. (…) Tiene una gran preocupación: hasta qué punto una sociedad que en su juventud, mi juventud, fue muy homogénea, se ha ido dilatando y empiezan a aparecer diferencias económicas y clasistas que son evidentes”, dijo a Búsqueda el escritor en su reciente visita a Montevideo, donde fue declarado Visitante Ilustre.

    El otro acierto de la serie es la mirada desde adentro de la isla. Los personajes son críticos con la situación política y se sienten frustrados por una realidad ingrata que no les permite avanzar. Sin embargo, hay algo que los ata a las terrazas de muros descascarados y noches de ron, y que no es solamente la prohibición de traspasar fronteras. En uno de los capítulos, Andrés, un médico amigo de Conde, decide abandonar clandestinamente la isla con su familia y todos sienten el mismo desgarro y la misma tristeza, porque saben que va a dejar ese “algo cubano” que no lo encontrará en Miami.

    Especialmente disfrutables son los momentos en los que Conde se reúne con sus amigos. El Flaco es uno de ellos. Ex combatiente de la guerra de Angola, quedó postrado en una silla de ruedas y vive con su madre, gran cocinera de “manjares” que consigue a pesar de la carestía que sufre la isla. Amante de los Creedence, el Flaco es el mejor consejero de Conde. También están Miki y Candito el Rojo, un informante que vive siempre rozando la legalidad y se relaciona con la delincuencia.

    Las conversaciones entre ellos están llenas de cubanismos, de cojones, cabrón y mielda. Si hay algo difícil en la serie es entender la pronunciación cerrada de estos personajes, que muchas veces dialogan después de varias botellas de alcohol y paquetes de cigarros.

    En estas historias hay traficantes de influencias y de drogas amparados por jerarcas que abusan de su poder, vigilan y estafan. “Todo el mundo está escondiendo algo”, dice Conde a propósito de un homicidio, pero la frase vale como símbolo de toda la serie.

    Él y su asistente Manolo mantienen sus valores a pesar de que conviven con la corrupción. Les tocó la peor época para actuar: “el período especial” que comenzó en los años 90 con la caída de la URSS y con el recrudecimiento del embargo norteamericano. “De tanto decaer se fue a la mielda”, le comenta Conde a una de sus amantes, y se refiere a La Habana.

    Por la vida del personaje pasa una galería variada de mujeres. Con algunas revive historias del pasado, con otras tiene encuentros inesperados. Todas son bellas y voluptuosas, como suelen ser las mujeres de la serie negra, y aportan las escenas de sexo, algunas con saxo incluido. Se podría decir que solo por esto Conde es un tipo afortunado, pero sus momentos de deleite son fugaces. Eso sí, golpean fuerte como algunos huracanes que azotan la isla y que llevan al teniente a decir: “¡Por fin llegaste, cabrón!”.

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