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    Cuando los vecinos brillan

    La Filarmónica de Minas Gerais y Antonio Meneses en el Teatro Solís

    Como cierre de una excepcional temporada, el Centro Cultural de Música trajo el domingo 28 de octubre al Teatro Solís a una lustrosa delegación brasileña formada por la Orquesta Filarmónica de Minas Gerais, su director Fabio Mechetti y el violonchelista Antonio Meneses.

    Ya en los primeros compases de la Obertura de la ópera “El Guaraní”, del brasileño Carlos Gomes (1836-1896), pudo apreciarse a un conjunto de enorme disciplina, con muy buena afinación, ensamble y rendimiento sonoro. La obertura de Gomes es una obra menor, melodiosa y al mismo tiempo ruidosa. Cuando termina, se olvida, pero fue útil como vehículo para mostrar algunas finezas en el fraseo de Mechetti, así como el profesionalismo de sus dirigidos.

    El salto cualitativo vino después, con el “Concierto para violonchelo y orquesta opus 104” de Antonin Dvorak (1841-1904). Obra de madurez del músico checo, demanda una enorme exigencia técnica y expresiva para el solista. Por esos pentagramas han pasado nombres como los de Mstislav Rostropovich, Jacqueline Du Pré, Leonard Rose, Yo-Yo Ma y Janos Starker, por mencionar a los más ilustres. Y el domingo tuvimos el placer y el privilegio de disfrutar al brasileño Antonio Meneses, un talento precoz que ha desarrollado una importante carrera internacional durante los últimos 35 años.

    Meneses toca literalmente con los ojos cerrados, jamás observa su mano izquierda y sólo abre los ojos cuando se acerca un pasaje donde tiene que sincronizarse con la orquesta. Entonces, mira fugazmente a Mechetti y ambos, solista y conductor, llegan con exactitud adonde tienen que llegar. Fue poco común escuchar a un violonchelista de afinación tan perfecta capaz de mantener inalterada esa perfección mientras los dedos de su mano izquierda corrían veloces por toda la extensión del mástil. Conmovió verlo explotar al máximo ese rincón expresivo que casi siempre ofrecen los Adagio, donde los compositores suelen dar rienda suelta a una escritura más honda, más lírica y reflexiva. La sonoridad con que cantó haciendo dobles cuerdas en este movimiento constituyó un momento mágico.

    El cuidado de los planos sonoros entre el solista y la orquesta fue otro logro de esta estupenda versión. Es cierto que parte de ese mérito está en la escritura del propio Dvorak, quien con maestría administra la instrumentación para no tapar al violonchelo. Pero esto no basta si además no se tiene a un director capaz de regular la dinámica del discurso y los planos sonoros, más una orquesta con buen nivel de profesionalismo en sus integrantes y un violonchelista virtuoso y expresivo. La conjunción de todos estos elementos es lo que precisamente se dio en la velada del Solís, redondeando una lectura memorable de este concierto.

    En la segunda parte, los protagonistas ejecutaron la “Cuarta Sinfonía opus 36” de Chaikovsky (1840-1893). De la mano del maestro Mechetti, la orquesta lució sus distintos sectores en muy buen nivel. Entre todos ellos, las maderas tuvieron un destaque brillante, sobre todo en el segundo tema del primer movimiento y en el Trío del Scherzo.

    Fuera de programa, el conjunto brasileño continuó luciéndose con el contraste entre el ritmo frenético de las “Variaciones concertantes” de Alberto Ginastera (1916-1983) y la dulzura triste de las cuerdas del “Preludio de la Bachiana Brasilera N°4” de Villa-Lobos (1887-1959).

    El Centro Cultural de Música nos trajo en esta temporada que termina algunos ejemplos del mejor nivel sinfónico internacional, como lo fueron la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington y la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino. A la Filarmónica de Minas Gerais todavía le falta algún escalón para alcanzar aquellos niveles de orfebrería orquestal. Pero ha sido un gratísimo descubrimiento escucharla. Si así se desempeña con sólo cinco años de vida, el pronóstico no puede ser mejor.

    De este modo, los socios del Centro y los melómanos que acudieron a sus recitales se encontraron con un cierre de temporada acorde al nivel que esta institución, que este año cumplió sus 70 años, mantiene desde su nacimiento en el año 1942.

    Al final del espectáculo se regaló a los socios un libro de muy buena edición que recoge la información de esa riquísima trayectoria, ilustrada con fotos de los numerosos artistas que el Centro ha arrimado a estas latitudes. Un valioso material que rescata un trozo esencial de la historia musical del Uruguay y que fija en blanco y negro la memoria de lo que acertadamente su prólogo titula como “la victoria sobre el paso del tiempo”.