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    Cuando soñar es un afán

    Leonardo Favio (1938-2012)

    Ha muerto Leonardo Favio. A veces, el silencio es mejor que las palabras. Pero recurriremos a ellas para mitigar, aunque sea parcialmente, la pena y el dolor que provoca la partida de quien fue uno de los directores más importantes en la historia moderna del cine sudamericano.

    Tenemos, y tendremos siempre, al Favio peronista, al militante que se encandiló con la “juventud maravillosa” de los años 70, que jugó un triste papel durante el episodio conocido como “Masacre de Ezeiza” y que filmó un documental sentido e insoportable, llamado “Perón, Sinfonía del sentimiento”, que dura 346 minutos y está dedicado “a los trabajadores y a los estudiantes”, al “Grupo Cine Liberación” y a la memoria de Hugo del Carril, de Ricardo Carpani, de Rodolfo Walsh y de una persona cuyo nombre evoca ecos divisorios en la Argentina moderna: el ex presidente Héctor J. Cámpora, quien gobernó su nación durante 49 días.

    Tenemos, y tendremos siempre, a ese cantante que interpretaba temas románticos, accesibles, ingenuos, pegadizos, muchas veces melosos y de escaso gusto, al bohemio que actuó para Leopoldo Torre Nilsson y al soñador esotérico que combinaba, en un extraño hechizo, una sensibilidad única con una capacidad de intuición que tampoco suele ser habitual.

    Tenemos, y tendremos siempre, al chiquito que creció en el ambiente pobre de Luján de Cuyo bajo el nombre de Fuad Jorge Jury. Pero lo que tenemos, tendremos siempre, y eso sí que nunca lo olvidaremos, son sus películas, su legado o, dicho de una manera más breve y más simple, su espléndida, su alucinante, su hipnotizadora poesía. La que le permitió ser considerado “una gloria” del cine argentino, como apunta el diario “Clarín” en su edición online del lunes 5 y, al mismo tiempo en que dos de sus obras aparecían con recurrencia entre las mejores de la historia de su país, llevar millones de espectadores a las salas.

    Es que “Nazareno Cruz y el Lobo” movilizó a al menos tres millones de personas —un Uruguay— y terminó de demostrar que los grandes artistas lo son aún más si a la fineza de su estilo se le agrega la aceptación popular.

    Aceptación que podía oscilar entre película y película —y miren que pasaba tiempo porque, decía él, hacer cine en serio “es doloroso y jodido”— pero que se ha mantenido como irrestricta fuente de respeto y admiración. Porque, cuando Favio filmaba, lo que le importaba era el arte. “Uno sigue obstinado, pero creo que hace las cosas no para cambiar nada sino para deslumbrar a muchos”, dijo en una nota publicada el 25 de octubre de 2008 en “El Observador”. Y, reiterativo, sencillo, contundente, agregó: “Cuando uno es artista, nunca deja de ser un niño”.

    Un niño que fue abandonado por su padre y que, como toda criatura humana, se equivocó. Aunque no dejó de ser honesto y utilizó su cine para construir identidad y regalar estética, dos milagros inesperados en nuestro tiempo.

    Un niño que filmó “Crónica de un niño solo”, “Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más...” y “El dependiente”, “una de las películas más hermosas” que vio en su vida Pablo Stoll, quien en diálogo con Búsqueda, triste por la muerte, comentó que era un “hombre generoso y reservado”, evocó con cariño el mail de felicitaciones que recibió de su parte por “Whisky”, recordó que en la banda sonora del filme incluyó “O quizás simplemente le regale una rosa”, cedida gratuitamente por el argentino, y remató: “Era un director personal, uno de los más importantes de América Latina, quedan cada vez menos y es una cagada”.

    Solo con esas películas, Favio se podría haber jubilado, pero, pese a sus problemas de salud, se despidió del mundo con “Aniceto”, una combinación de ritmo lento, palabras medidas e impactante belleza visual entre cine, pintura, música y danza que le valió nueve premios Cóndor de Plata.

    Respetado, querido o admirado por figuras como Graciela Borges, Alfredo Alcón, Hernán Piquín y Federico Luppi, quien lo definió como un hombre con un excepcional “talento natural” al que el paso del tiempo nunca melló su “capacidad creativa”, en las últimas horas las redes sociales han arrojado dos tipos de reacciones: las dogmáticas, que hacen de la politiquería un juego peligroso, y las sentimentales, que lo recuerdan como lo que fue: un fenómeno. Una de ellas, publicada en “Clarín”, dice: “Que Dios tenga en la gloria a este gran artista”.

    Esto, que parece un lugar común, no lo es en realidad, porque, como opinó el periodista Eduardo Alvariza en “Solo le pido a Dios”, un artículo publicado en 2008 (ver Búsqueda Nº 1481), “lo que a otros directores les queda lisa y llanamente desajustado o, peor aún, terraja, a Favio le va de maravillas porque lo sabe iluminar, conoce la perspectiva exacta, la resonancia precisa”. En aquella nota, escrita en ocasión de la presentación de “Aniceto” que Favio realizó en Montevideo, Alvariza remataba: “Denle a Favio algo pueril que él lo volverá extraordinario”.

    Pero, ¿cuál era el secreto de aquel mago de pañuelo y sonrisa franca al que han alabado hasta Marcelo Tinelli y Cristina Fernández? Según su colaborador Rodolfo Mórtola, Favio era “casi un Buda”. En declaraciones a “La Nación”, Mórtola dijo: “Recuerdo que cuando filmábamos ‘Juan Moreira’ había momentos en los que desaparecía y, cuando lo encontraba, escondido a lo lejos, estaba llorando y rogando a Dios que lo inspirara para conseguir lo que había soñado”. Es que para Favio “Dios siembra y Dios cosecha, es el dueño de la totalidad, y lo nuestro es un flash”. Por eso, “si podemos pasar por acá haciendo algo bueno, macanudo, y si no, que Dios se apiade, porque es tan breve todo”...

    También durante aquella visita, el responsable de “Gatica, El Mono” aseguró: “Siempre digo que a la izquierda está la gente, a la derecha la estética, y en el centro Dios: no encuentro otra forma de expresarme ni encuentro otro camino de inspiración que no sea Dios, y no encuentro a qué atribuirle el hecho de que pueda poner la cámara de una manera y otro que ama tanto el cine o más que yo no haya encontrado ese ángulo”.

    Quizá allí radique la respuesta a tanta humildad, tanto misterio y tanto talento. Pero ahora que no está, a quienes disfrutamos su maravillosa obra solo nos queda, como en una de sus mejores películas y aunque sea en medio del desconsuelo, “soñar, soñar”.