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    Cuentos de horror, locura y muerte

    Damián Szifrón y “Relatos salvajes”, que se estrena hoy

    Era un veinteañero cuando creó una de las series más famosas, exitosas y premiadas de la televisión argentina, Los Simuladores (2002). Cada capítulo lo trabajaba como una película, con un nivel de exigencia y obsesión absorbente, al punto que se quedaba a dormir en el canal para no perder tiempo. El pasaje de Damián Szifrón al cine fue antes de cumplir los 30, con una historia melancólica y paranoica con Daniel Hendler y Dolores Fonzi, El fondo del mar, a la que le siguió Tiempo de valientes (2005), una buddy movie de acción y aventuras en la que Diego Peretti le dedica ayuda terapéutica al deprimido oficial de Policía Luis Luque. Volvió a la TV con la serie de acción, suspenso y humor Hermanos y detectives (2006), sobre un policía y su medio hermano genio de 10 años que lo ayuda a resolver casos complicados (como con LS, el formato fue exportado a otros países).

    Tras algunos planes y proyectos ambiciosos que quedaron en el camino, el cineasta nacido en 1975 en Ramos Mejía regresó a la ficción cinematográfica con Relatos salvajes, que reúne seis historias independientes y cuyo factor aglutinador es la violencia o, como prefiere decir él, “el aterrador placer de perder el control”.

    El filme, escrito por Szifrón, tiene entre sus protagonistas a Ricardo Darín, Oscar Martínez, Leonardo Sbaraglia, Érica Rivas, Rita Cortese, Julieta Zylberberg y Darío Grandinetti, compite por la Palma de Oro en el Festival de Cannes y en su avant-première mundial fue recibido con aplausos.

    Aquí no hay un personaje o una historia o situación que se cruce entre las historias. Se trata de una antología de cuentos que transcurren en escenarios y momentos distintos: en el presurizado interior de un avión, en un salón de fiestas durante la celebración de una boda, en el cruce de un puente al rayo del sol, en la intimidad de una casa en San Isidro, en el parador a un costado de la ruta, en las calles de Buenos Aires, filmada como un laberinto de cajas apiladas a la luz, donde algunos edificios orgullosos sobresalen ganando pedazos de cielo y, debajo, vehículos moviéndose con alterada dificultad sobre un mapa urbano de gravedad inabarcable. Es así: comienza el cuento, luego viene su desarrollo, el conflicto y tras ello, el final. Listo, siguiente historia. Parece sencillo, Szifrón lo hace divertido, atrapante, por momentos grotesco, excesivo, almodovariano, y quizás algún elemento parezca forzado en algunos casos, pero el conjunto es vibrante.

    Szifrón se entrevistó con Búsqueda unas pocas horas antes de la avant-première uruguaya de la película, que se estrena hoy jueves 21 en Montevideo.

    “Los cuentos aparecen en el orden en el que los imaginé, excepto el primero, que pertenece a una etapa anterior, una idea que daba vueltas desde hace mucho tiempo”, contó el realizador. Esa idea es la que se transformó en Pasternak, el relato más breve, que abre la película y condensa todo lo que se verá desplegado más adelante, después de los refinados créditos de apertura acompañados por la música de Gustavo Santaolalla (dos veces ganador del Oscar, por Babel y Secreto en la montaña). Darío Grandinetti y María Marull son dos de los protagonistas de este cuento que transcurre dentro de un avión y se inicia a partir de una conversación amable y frívola para retorcerse, de un modo terriblemente natural, hacia el dramatismo, la tensión y el humor, y orientarse directamente al caos y la desesperación. Y esto recién empieza.

    “La historia que transcurre en el parador en la ruta durante una noche de tormenta proviene de una imagen que presencié en un pueblito de Uruguay, en el que había un grupo que acompañaba a un candidato a intendente”, prosiguió. “Ahí vi cómo uno de los que estaban con el político maltrataba a la moza del bar. Me generó una sensación muy desagradable. Me fui de ahí y llegué al hotel. Yo estaba para escribir otro proyecto, pero me venía esa imagen todo el tiempo y entonces me puse a imaginar lo que podría haber pasado, antes y después de aquella escena que había visto, y así apareció ese relato”.

    Las Ratas, en el que una moza (Julieta Zylberberg) y una cocinera (Rita Cortese) contemplan algo que el destino parece haberles servido en bandeja: la posibilidad de concretar una venganza perfecta, mortal y sin testigos.

    “Después de que escribí este cuento iba en la ruta, en Uruguay, escuchando la misma canción que el personaje de Sbaraglia escucha en su auto —aunque yo iba en un auto más modesto y mucho más parecido al otro—, y venía un tipo muy prepotente atrás, tocando bocina, haciendo cambio de luces, uno de esos tipos que se te clavan e insisten y te hacen sentir que sos una basurita insignificante. Recuerdo sentirme muy alterado. A partir de ese recuerdo, escribí el otro relato. Y así se fueron dando casi todas las historias, que nacieron del ejercicio de ir trasladando imágenes de la realidad a la fantasía. El punto de partida siempre fue el mismo: tomar pequeñas situaciones conflictivas con la potencialidad de crecer y convertirse en relatos que lleguen a un clima catastrófico. En la película hay seis. Y escribí más. Debo tener unos 12 o 15, no todos en el estado de culminación de los que terminaron conformando la película. Estos fueron los que se unían por esa temática. Estos fueron los salvajes”.

     

    —¿Por qué “los salvajes”, por qué una antología sobre personajes que pierden el control?

    —La irrupción de este tipo de conflictos y este mecanismo de compresión que devenía en cuentos potentes escritos muy rápido me producían, como escritor, una inmensa sensación de libertad. Venía con proyectos desde hacía años y de repente en una o dos noches escribía estos relatos, de punta a punta. En poco tiempo tenía cuatro o cinco que conformaban una película posible y atractiva. Calculo que fue eso lo que me atrajo, porque al meterme con estas historias también se produjo un efecto de liberación, que creo que también se traduce en la experiencia del espectador. Porque Relatos salvajes es una película liberadora.

    ¿Las historias debían transcurrir siempre en la Argentina actual?

    —Es un proyecto que se puede sentir como un espectáculo de género fantástico aun cuando las historias son realistas. Me parece que hay algo en lo lúdico que tiene cada uno de los cuentos que remite a La dimensión desconocida, Alfred Hitchcock Presenta o Cuentos asombrosos, aun cuando no hay ningún elemento fantástico. Hay más de eso que de una radiografía sociológica de la Argentina. De pronto puedo imaginarme contar estas historias en la Europa medieval y funcionan. Por ejemplo: la historia de la boda podría ser durante una boda real, lo mismo puede pasar en la historia de la venganza, donde alguien orquesta un plan para aniquilar a los que lo lastimaron, y lo mismo con la historia del padre, que intenta salvar a su hijo de la horca… La historia de Darín (un ingeniero experto en explosivos a punto de explotar de un ataque de nervios), es la del hombre luchando contra el sistema, también es trasladable. Todas se pueden trasladar, no tienen que ser argentinas ni estar en el siglo XXI, son universales. Ese fue el viaje que hicimos con los actores. Cuando empezás a trabajar con los actores vas al hueso, a lo universal.

    Que en este caso es la pérdida del control. ¿Perder los estribos los acerca a lo que son sus valores más ocultos o principios más auténticos?

    —Los acerca a lo primitivo, a lo que irrumpe en lo civilizado. A diferencia de los animales, día a día uno mide consecuencias. Nosotros somos conscientes del tiempo, de nuestra propia muerte y podemos manejar una cantidad de variables antes de cometer las acciones, de manera que muchas veces reprimimos. Y si un día dejás de medir las consecuencias de tus actos y solo ves la satisfacción inmediata, surge una instancia aterradora que también es una instancia de placer. Y a mí me interesaba mostrar el momento, el punto en el que estos individuos cruzan el umbral y pasan de ese estado de terror y angustia y se entregan al placer de no reprimirse. Esto es ficción: no es una apología de la violencia ni lo recomiendo a nadie. Es una experiencia cinematográfica. Osqui Guzmán me dijo una vez algo así: “El actor, frente al abismo, no ve la posibilidad de caer sino la posibilidad de volar”. A través de la narración, y con los actores a través de su composición, nos expusimos a esa instancia que es al mismo tiempo aterradora y subyugante.

    ¿Cómo es su rutina para escribir?

    —Escribo de noche hasta muy tarde, hasta que amanece. Y escribo mucho en papel. Papel y birome. Escribo y dibujo, pongo música, actores. Porque cuando escribo siempre lo hago para una pantalla. Mi espacio natural es el cine.

    La película está dedicada a su padre, que fue un hombre muy cinéfilo.

    —Sí, absolutamente. Fue mi primer gran maestro. Nunca se dedicó profesionalmente, sí compró muchas cámaras. Tuvo un origen muy humilde, y cuando él era chico, el proyeccionista del cine del barrio estaba medio viejo, entonces él le subía las latas de cine. Como agradecimiento el proyeccionista le dejaba ver las películas gratis. Cuando le empezó a ir mejor económicamente compró cámaras de video, de Súper 8, reproductores, y descubrí que en mi casa tenía todos los elementos para hacer películas. Y ahí empezó todo. Ir a ver películas con él era el mejor programa. Era un gran espectador. No se me van a borrar nunca sus carcajadas en la sala. El espectador para el que escribo es él: un tipo inteligente, que sabe de cine, pero que no lo juzga ni le interesa demasiado cuál es la repercusión de este tipo de película. O sea, alguien que va a encontrarse con buenas historias sin importar de dónde vienen. Es libertad y esa angurria por recibir buena ficción fue lo que me alimentó la vida. Le debería dedicar cada película de ahora en adelante.