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    Dañado para siempre

    “La eliminación”, o cómo el cineasta y escritor Rithy Panh padeció el genocidio en Camboya

    ¿Existe el mal o es una mera abstracción? Por lo visto existe, pero muchas veces los verdugos ocultan sus pruebas, mienten o son defendidos por hábiles abogados que anteponen recursos, dilatan los procesos, embarran la cancha. El trabajo sucio que muchas veces debe hacer un abogado, para eso está, para defender a quien sea y contra lo que sea.

    Pero hay algo todavía más complejo y es cuando los propios verdugos no son del todo conscientes de las hambrunas, las torturas y los genocidios que han cometido, o dicen que cumplieron órdenes, o que actuaron para aplicar tal o cual ideología que a la larga beneficiaría a los trabajadores. Había una finalidad, dicen: el bienestar del pueblo alemán, la dictadura del proletariado, la justicia social por encima de todo. Luego las cosas salieron mal, se cometieron algunos errores, se cayó bajo. Es un modo de justificar las atrocidades cometidas, muy particular pero modo al fin.

    Así el mal se va diluyendo como un desagradable compañero de ruta del aminoácido humano. No hay más remedio que admitir, aunque sea una tremenda obviedad, que los horrores fueron realizados por hombres y que en tales o cuales circunstancias pueden volver a ocurrir, que la historia está llena de ejemplos en este sentido. ¿Qué grado de culpa o de consciencia del desastre causado a los otros tuvieron Hitler o Stalin? Nunca el suficiente para redimirse. Ya se sabe: los asesinos muy pocas veces se declaran culpables. Pero dejemos de lado a Koba y al Führer, tópicos ejemplares del mal. Hay otros.

    Entre 1975 y 1979 los jemeres rojos azotaron a la población de Camboya como pocas veces se ha visto en la historia de la humanidad. Con la excusa de construir una sociedad socialista y sin clases desde cero, desplazaron a un 40% del total de la población hacia el campo, sometieron a la gente a una hambruna descomunal, torturaron y asesinaron. Se calcula que en esos cuatro años que duró la llamada Kampuchea Democrática, cuya cara visible fue Pol Pot, murieron 1,7 millones de camboyanos.

    Dicho sea de paso: como tantos líderes autoritarios y de clase pudiente, Pol Pot también fue educado en Europa, donde vivió más que bien. Estaba obsesionado con el comunismo primitivo que practicaban unas minorías camboyanas que jamás habían oído la palabra “comunismo”, una pequeña sociedad en la que no había moneda y se compartía todo: las cosechas, la caza, la pesca. De esas minorías extrajo a sus guardaespaldas y gente de confianza. Después fue y... Bueno, después es precisamente otra cosa.

    El cineasta y escritor Rithy Panh fue el único sobreviviente de una numerosa familia aniquilada por los jemeres rojos, las fuerzas del nuevo orden camboyano. Entre los 13 y los 17 años anduvo perdido por los arrozales, comió raíces y cucarachas, durmió a la intemperie, cargó y enterró a los muertos en fosas donde luego se plantaban mandiocas y cocoteros, cuyas raíces devoraban en un santiamén a los cadáveres.

    No tenía ropas, no tenía afectos. Vio y padeció el manto negro de la organización: eran casi niños con ametralladoras y el cerebro lavado. Para seguir adelante aprendió a no ser nadie. Recuerda, una vez, un festín: un puñado de arroz fue repartido entre... 27 individuos. Sobrevivió porque tenía “la cobardía de un niño y la resistencia de un adulto”. Sobrevivió porque calló y cumplió todas las órdenes. Sobrevivió porque vio sufrir, agonizar y morir a todos sus seres queridos y él tuvo la desgracia de resistir y permanecer para no olvidar y tratar de entender qué pasó con su pueblo, con su cultura, con su gente.

    Algunas máximas de los jemeres rojos, que en realidad vestían de negro:

    “Si eres libertario y quieres ser libre, ¿por qué no te mueres al nacer?”

    “¡Solo un corazón sin sentimientos ni tolerancia puede luchar con resolución!”

    “¡Quien protesta es un enemigo y quien se opone es un campo de batalla!”

    Rithy Panh nunca se recuperó de semejante experiencia. Nunca más pudo dormir en paz y soñar con aleatoriedad. Se convirtió en cineasta y buscó por vía de la imagen documental desentrañar qué ocurrió en Camboya. Y escribió este libro tremendo, desgarrador, que se llama como se tiene que llamar: La eliminación (Anagrama, 2013, 220 páginas).

    Pero lo más sorprendente es que pudo entrevistar en la cárcel del tribunal penal apadrinado por la ONU a Kaing Guek Eav, más conocido como “Duch” y responsable de los centros de tortura M13 y S21. Duch, un anciano de ojos soñadores y risa agradable (“la irrupción de la risa en el crimen de masas”, dice Panh), capaz de recitar textos de Marx, Lenin y Mao, pero también de evocar a Balzac en francés. Duch, que fue profesor de matemáticas. Duch, que en sus solitarias horas en prisión dibuja cráneos y estudia los evangelios. Duch, la máquina de matar, hoy un septuagenario condenado a cadena perpetua.

    Panh le pregunta a Duch:

    —¿Sueña?

    —Jamás.

    Panh coloca frente a Duch archivos que demuestran su responsabilidad en la tortura y los asesinatos de miles de camboyanos. Duch mira hacia el techo. Panh le pide que elija de una lista de mandamientos de los jemeres rojos, solo uno. Duch se coloca los lentes y con delicadeza señala: “Conservándote, no se gana nada. Eliminándote, no se pierde nada”.

    —¿Por qué ese y no uno más ideológico? —pregunta Panh.

    —Señor Rithy —responde Duch—: los jemeres rojos son la eliminación. El hombre no tiene derecho a nada.