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    Dantesco

    Historia real o bella trovata, la anécdota encierra sin duda algunas grandes enseñanzas. Cuando le preguntaron a un líder chino qué opinaba de las consecuencias de la Revolución francesa en la historia mundial, el oriental respondió que no se animaba a opinar, “pues es un hecho muy reciente”.

    Ahora bien, ¿cuánta gente de la que piensa y se preocupa por este tipo de cosas tiene una visión del mundo en el cual la división este-oeste ya no pesa? Me animo a decir que se trata de una minoría. Si tenemos en cuenta la esencia de la respuesta del líder chino, podríamos decir: es normal que así sea, pues solo hace poco más de un cuarto de siglo que el sistema soviético colapsó y se terminó la Guerra Fría.

    A partir de este razonamiento, y de otros emparentados, me animaré a sostener algo que quizás suene a cosa estrafalaria, especialmente en un país como Uruguay, en donde el tren de la historia mundial llega con macondiano atraso: estamos viviendo una notoria retirada de las ideas que durante más de un siglo han dominado en el mundo.

    Dicho de otra manera: la izquierda, ideológicamente hablando, ha sido planetariamente derrotada y sangra hoy por todos los costados.

    Fue, justamente, durante la Revolución francesa que la corriente de pensamiento conocida como “izquierda” comenzó a tomar cuerpo, a manos de una burguesía ilustrada y radicalizada.

    Medio siglo largo más tarde, bajo las plumas de Marx y Engels, la izquierda recibió su baño teórico y comenzó a interpretar la historia y a concebir el futuro de una manera nueva y supuestamente original. Con la Revolución rusa de 1917, dio un nuevo salto, pasando de la teoría a la práctica.

    El papel de la Unión Soviética durante la II Guerra Mundial le dio a la izquierda internacional un empujón de prestigio y desprestigió a la derecha, malintencionadamente asociada al nazismo.

    Con la teoría de la metapolítica de Gramsci, la izquierda comenzó a conquistar la escuela, las instituciones y la prensa, a fin de sustituir la producción de valores burgueses por los comunistas e imponer un paradigma cultural marxista. De esa manera, lo políticamente correcto pasó a ser “de izquierda”, mientras que cualquier postura “de derecha” fue tomada como deleznable, aun para gente con posturas burguesas.

    Ese edificio se ha desmoronado. La otrora desafiante Unión Soviética se derrumbó, arrastrando en la caída a sus países satélite. La China de Mao, muerta de hambre, entendió que solo el capitalismo es capaz de producir riquezas.

    En Occidente, los Sartre que soñaban con el socialismo desde el bienestar capitalista, fueron metiendo el violín en bolsa, a veces en silencio y otras mediante sonoras autocríticas y patéticos cantos de cisne.

    Fue así que se acabaron los grandes partidos comunistas que hace medio siglo hacían temblar a Europa: el francés, el italiano, el español, el portugués… Hoy sus restos se refugian en el campo del socialismo democrático (aunque sus programas sigan siendo los mismos de antes).

    Se acabó también el comunismo verbal y teatral del continente africano, en donde sus sucesores abandonaron los trajes militares tapados de medallitas de latón y se prendieron ávidamente de la teta de Pekín, que los corrompe con plata dulce para sacarles las materias primas.

    ¿Y qué decir de Cuba? Con la bandera estadounidense flameando en La Habana la izquierda ha capitulado también en esta emblemática parte del mundo.

    Queda Corea del Norte, que es un parque temático del comunismo mantenido con oxígeno cuidadosamente dosificado por parte de China como útil zona de buffer con la dinámica Corea del Sur.

    Pero la derrota histórica de la izquierda cuenta con un aliado inesperado. Me refiero a la falta de una derecha política e ideológicamente coherente, basada en un accionar racional y armada de un manual teórico sustentable y de líderes a la altura de las exigencias.

    La larga travesía del desierto (la frase es de Trotsky) que tuvo que hacer la derecha durante los últimos ciento y pico de años la ha convertido en una pálida sombra de lo que fue. Ahora, la misión es ponerse a trabajar.

    Sin embargo, ni la tarea es fácil ni las posibilidades de éxito están garantizadas, por lo menos en el continente latinoamericano. Y es que aquí estamos alimentados con robustas culturas del atraso que tienen cientos y miles de años de edad y están mucho más arraigadas que la herencia del novel ideario izquierdista.

    Por eso, ahora que el comunismo ha demostrado con creces que no es factible y que el socialismo se ha consagrado como un aborto de la naturaleza, sus acólitos maman con fruición de las viejas culturas que se fusionaron hace medio milenio y que garantizan el atraso latinoamericano: la indígena, la hispana, la portuguesa y la africana (la italiana fue la frutilla del postre).

    La sentencia de Dante sigue pues vigente y debería lucir en todos los puertos y aeropuertos del continente: lasciate ogni speranza voi ch’entrate.