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    De Paul Kersey al Juez Dredd

    Columnista de Búsqueda

    N° 1969 - 17 al 23 de Mayo de 2018

    El arquitecto Paul Kersey era un tipo tranquilo: profesional liberal, objetor de conciencia en Vietnam, veterano médico de Corea, se interesaba por su profesión y por su familia. Aunque tenía la cara de Charles Bronson, no era un tipo violento: rechazaba las armas y su uso, luego de que su padre muriera en un accidente vinculado a estas. Era así de tranquilo y progresista hasta que un grupo de maleantes entró en su casa a la fuerza, asesinó a su esposa y violó a su hija. Entonces Kersey decidió que la Justicia no servía para nada y que la policía era incapaz de controlar la creciente ola de crímenes que se llevaba por delante todo.

    Corría el año 1973 y la violencia callejera campeaba en la ciudad de Nueva York. Reluctante al principio (llegaría incluso a vomitar tras su primer crimen), frío y seguro de lo necesario de su misión después, Kersey comenzó a matar a todo aquel criminal con el que se cruzaba. Y hasta aquellos que no se le cruzaban: el buen arquitecto estaba tan comprometido con su causa que dedicaba sus deprimidas noches a buscar maleantes, provocarlos y luego darles una lección que nunca olvidarían: un plomazo en la barriga. Claro, Kersey era una víctima de la violencia, como víctimas eran su hija violada y su esposa asesinada. Y si uno es una víctima, no es raro creer que la ley no sirve, la Justicia tampoco, la policía tampoco, el resto de los ciudadanos tampoco.

    Desde esa perspectiva, la ciudadanía misma parece una idea blanduzca y los jueces deben de estar vendidos, o son corruptos y débiles. Se entiende entonces que la ley debe ser cambiada para que se acomode a la furia de las víctimas, de lo contrario no merece ser respetada. O mejor aún, debe ser cambiada según lo que digan aquellos que se proclaman defensores y hasta vengadores de las víctimas. Como el bueno de Paul, que con su gabardina gris y su bigotón, impartía “justicia” al estilo del Far West o de las sociedades sin Estado. Solo que en la Manhattan de mitad de los setenta.

    Death Wish, también conocida como El vengador anónimo, es la primera de una serie de cinco películas protagonizadas por Charles Bronson entre 1974 y 1994. Basada de manera muy libre en la novela homónima de Brian Garfield, la película dirigida por Michael Winner traicionaba el sentido original del texto: lo que en el libro era una crítica a la violencia social y a la justicia por mano propia, en el filme no era más que aplausos y justificaciones de la figura del ciudadano “vigilante”.

    Sumamente polémica el día de su estreno, fue descalificada desde trincheras progresistas por su carácter brutal y fascistoide (la acción por sobre la reflexión y de reflexiones no iba sobrado Kersey). Y, esto es importante, fue descalificada especialmente por propagar la idea de que el camino a la reparación pasaba por descalificar la ley, el sistema judicial todo, la labor policial, la de los fiscales. Y que los eventuales desaguisados del sistema se podían resolver con unos cuantos ciudadanos matando gente de manera más o menos random en las calles de la ciudad. Death Wish podría haber integrado (no recuerdo si efectivamente lo hizo) algunos de esos ciclos sobre un posible fascismo cinematográfico que programaba Cinemateca a finales de los ochenta y que llenaban sus salas de espectadores.

    A mí me cuesta un montón pasar por alto la ironía que surge de la distancia que hay entre aquellos ciudadanos preocupados por los efectos ideológicos de una película (los “liberales”, sinónimo de “progre” en los EE.UU., cuando el estreno) o de varias películas (Cinemateca años más tarde) y que actualmente muchos de esos ciudadanos (o sus hijos) hagan lo mismo que Kersey, con una coartada apenas distinta: la Justicia no sirve para nada si no juzga en exclusiva desde la perspectiva de la víctima, la ley debe ser modificada para que la víctima sea resarcida y los criminales no merecen las garantías que hasta hoy da el proceso penal en las democracias. Es decir, plantándose a medio paso de donde se plantaba el arquitecto psicópata antes de pegarle un tiro a alguien. Por cierto, este “argumento” también coincide con el que propagan algunos sabios parlamentarios patrios (y detrás de ellos los ciudadanos que los votaron, por algo están en el Parlamento los que están), que consideran que la solución a la violencia es antes que nada pegar más palos y reprimir mejor. Una receta tan brillante, social y sofisticada como la de Kersey.

    La diferencia, aterradora por cierto, es que hoy casi nadie parece molestarse ni por la presunción de inocencia ni por los muertos inocentes que podría provocar esa forma de gestionar los conflictos sociales. A unos les parece genial no respetar la ley si a esta le da por cambiar de lugar a un juez que les gusta, por emitir una sentencia que no les agrada o por juzgar a un presidente que coincide con su ideología. A otros les parece que no vale la pena respetar los derechos de los criminales, o peor aún, que estos no deberían tener derechos. Ni opciones de rehabilitación ni hostias. Bueno, en realidad hostias que tendrían.

    Es decir, desde esas dos trincheras en apariencia enfrentadas se viene peleando, de manera tan inconsciente como sostenida, contra el sistema garantista que tan dificultosamente hemos desarrollado en nuestras siempre perfectibles democracias. Y se viene gritando, alegremente, por una vuelta a la justicia del ojo por ojo o, directamente, a la justicia por mano propia. Ya nadie lo recuerda, pero cuando apareció Death Wish, la idea de que lo mejor que se podía hacer para mejorar las cosas era prender fuego todo, no estaba tan extendida. Al menos no fuera de radicales como los maoistas, los neofascistas y demás totalitarios fascinados con los hombres de acción, esos que disparan primero y nunca preguntan, porque ya conocen la respuesta.

    Lo tremendo de nuestro presente es que una parte creciente de la ciudadanía viene abandonando a toda velocidad la defensa del sistema de garantías que les ha permitido ser ciudadanos en vez de súbditos. Claro, ninguno de ellos pide quemar la Justicia para quedar expuesto al derecho de pernada o a la ley del más fuerte, que es la que aplica cuando se van al diablo las garantías del sistema democrático. Al revés, parecen convencidos de que eso les dará poder. Pobres, darían ternura si no dieran miedo.

    Hace 40 años el problema parecían ser los Paul Kersey de este mundo, los justicieros psicópatas que hablaban en nombre del pueblo. Hoy, el problema es que todos quieren jugar a ser Juez Dredd: policía, juez y ejecutor en un solo paquete. Y es que Dredd es el sueño húmedo de cualquier populista: único e instantáneo intérprete de la voluntad del pueblo en su expresión más brutal y primordial, no necesita de intermediarios para darle a ese pueblo la sangre que, asegura convencido el populista, este siempre necesita. Así nos va.

    ?? El Marconi como ejemplo

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