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    De discursos y silencios

    Sr. Director:

    Saber callarse. Es una virtud no expresarse cuando no compete, no hacerlo cuando no se aporta nada, no manifestarse cuando el destinatario recibirá un agravio gratuito, ni cuando lo único que se hace es alimentar el propio ego.

    “Uno es rehén de sus palabras y dueño de sus silencios”, axioma sabio, contundente, que debería hacer carne en los ciudadanos.

    El ser impulsivo conspira contra este anhelo. Muchas veces decimos, vociferamos lo que nos viene en gana, hiriendo susceptibilidades, erosionando la moral del interlocutor, intentando herir a quien o quienes nos escuchan. ¿Cuál es el propósito? A quien grita más fuerte no le asiste la razón.

    Pero no estoy instando a la cobardía de no hablar cuando sí corresponde. Pero eso debe pasar con debido fundamento; eso debe pasar, con el respeto debido, eso debe pasar sin una claque que aplauda y sea cómplice de esa monserga. ¿Se entiende?

    Claro que si el discurso es en la Sala de Sesiones del Parlamento, allí habrá inevitablemente testigos que aprobarán o no los dichos. Pero es otra cosa.

    Da la sensación de que hablamos y hablamos sin solución de continuidad. Prometemos, auguramos mejores vientos, nos hacemos eco de rumores positivos y nos quedamos cortos en el hacer. Decía un político, veterano hoy: “Debemos ser cortos en las promesas y largos en el accionar, en la concreción de las cosas”.

    Tenemos que ir mostrando pequeños resultados que favorezcan la vida de la gente. A mí me parece que muchas veces se pierde el rumbo. Se enfrascan los políticos en luchas intestinas contra el adversario, pero también entre ellos, y la ciudadanía —cual platea atónita— observa el panorama y nada cambia. Esto lo menciono en términos generales; habrá excepciones, pero que escapan a una regla inveterada y sólida.

    Entonces, en la medida que no nos escuchemos, en la medida que sigamos discutiendo muchas veces nimiedades que cuesta creer no daremos el gran paso hacia un país medianamente desarrollado. Aquí la gente vive muy mal, un porcentaje muy importante gana menos de 20.000 pesos y los servicios que se brindan, también en términos generales, son de pobrísima calidad.

    Me gana el escepticismo, no tengo remedio. Tal vez haga falta un líder que aglutine a la masa y que con otra cabeza recomponga este estado de cosas que desorienta y que se vale muchas veces de gente ignorante (perdóneseme la expresión), claque precisamente, que viva cualquier cosa.

    Tal vez hay que mirar a países de otros lados para comprender cómo se hace; claro, hay que virar la cabeza 180 grados. Me subleva seguir escuchando a la ministra Muñoz sobre educación. Cuando hay tantos más versados que ella que realmente quieren cambiar y que no los dejan. Y estamos hablando de educación. Ni siquiera luce preocupada. Es un ejemplo; hay más.

    Por eso, señores, a veces es mejor otear el panorama, aprender de los que saben, tener una actitud de humildad y callarse la boca, para no decir sandeces que otros aplauden no con mala fe, pero que sí aceptan sin réplica alguna que les vendan espejitos de colores.

    Aníbal Durán

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