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    De gauchos y mates que vuelan

    Pedro Peralta en el MNAV

    Cuadros enormes y coloridos, cargados de imágenes casi fotográficas. Hay cuadros como ventanas, abiertas a visiones extrañas con personajes volando y metidos en barquitos de papel, con vientos que arremolinan cuadros y los amontonan en un balcón como la basura de hojas y papeles que deja un temporal. Hay personajes reconocidos de la historia del arte, del imaginario nacional, como un gauchito de Juan Manuel Blanes que se repite insistentemente a lo lago de la muestra. Pero lo interesante es que estas pequeñas y jugosas repeticiones, entreveradas en un sacudón potente con que el artista juega todo el tiempo, están sueltas en un mundo alocado, divertido, extraño pero curiosamente natural, de una lógica aceptable. Un mundo que por momentos asoma con notable colorido y nítida claridad, cielos bien celestes como debe ser el mismísimo “cielo de la patria” donde todo es posible, incluso creer que podemos salir campeones del mundo en fútbol. Es un celeste tan simbólico, tan lindo y definido que perturba, como si un instante antes uno percibiera que en cualquier momento pueden aparecer gauchos volando o personajes de Rembrandt o Leonardo. En ese cielo todo es posible. La obra permite al espectador, un tránsito seductor, casi ameno. Es como si fuera necesario, como si estuviéramos esperando que alguien hiciera finalmente volar a un gaucho, sacarlo del palenque y desempolvarlo, darle otra vida, limpiarle ese marco histórico demasiado duro, ya casi vacío de sentido.

    Las pinturas están colgadas a lo largo del gran corredor abierto del segundo piso del Museo Nacional de Artes Visuales. Son espectaculares. De lejos inundan la visión con un fuerte golpe de efecto. No es lo aconsejable, por pura intuición, tal vez por abrir de a poco las puertas de la sensibilidad. Conviene primero lo que está más cerca, justo al llegar al piso, a la derecha. Es un remanso que enseña los pequeños entretelones de la técnica formidable de Pedro Peralta (Salto, 1961), dibujante, pintor, grabador y artista de una imaginación fecunda, uno de los más completos de su generación.

    Hay allí algunos dibujos de buen tamaño, en blanco y negro, con una leve pátina amarillenta, suave. Están puestos con buen ojo, como un prólogo breve que permite entrenar la mirada para el arduo recorrido que vendrá. Parece que en ellos hubiera todo lo que luego el artista despliega sobre el espacio, en sus trabajos anteriores, en sus momentos más exultantes. Hay un gran mate suspendido en el aire con el gauchito recostado a una gran bombilla. El dibujo es fantástico en lo técnico y en la visión de un mundo alucinado. Se titula “Amanecer telúrico” y en algún aspecto recuerda al notable escritor Julio César Castro (Juceca) con su lectura tan particular del campo uruguayo, donde los ranchos volaban y los elefantes eran rosados. Es posible que ese campo surreal al que apela Juceca (y otros) estuviera basado en hechos tan reales como delirantes, en historias fantásticas de noches de fogón donde todo se confunde. El artista las exprime y las lleva a estados desesperados de conflicto entre realidad y fantasía, provoca así un delirio humorístico de extrema profundidad. Surge una nueva versión de las cosas, de ese mundo sobre el que Peralta permite planear a sus personajes, tomados de clichés más o menos referenciales.

    Lo interesante es que tanto en los dibujos como en las pinturas, el artista no los deja sueltos, los vincula a la tierra, a un barrio, hasta a su propio taller, en cualquier caso a un mundo reconocible que en cierta forma le da sentido a todo. Porque así somos, parece decir el autor, tan extremadamente inmóviles como voladores, tan obvios como raros, tan barriales como universales, tan evidentes como incomprensibles. En este pequeño aparte de dibujos fantásticos hay situaciones extrañas, como un cuerpo de mujer dentro de una botella de agua (“Póngale título Ud. mismo”), un hombre con una máscara de rinoceronte y alas de ángel que se asoma por una caja (“Te conozco mascarita”) o una torre de Babel (“Babel a la mutzarella”). Son obras de este año o del año pasado. Por eso importa empezar por ellas y volver a ellas al final. Es la impronta maravillosa del dibujo, la pequeña sabiduría del relato sencillo, de la visión simple, de la complejidad en el punto más sutil de la madurez. El trayecto por estas obras de Peralta marcan un hito en la calidad del arte nacional. No solo juega con las referencias ya dichas al mundo del arte, también aplica sus técnicas. Ofrece detalles de la construcción formidable de esos mundos, juega con el arte pero sobre todo con los grandes maestros, los pone en el lienzo, con sus referencias y legados más profundos. Pasa todo por su mano que transforma y embellece a partir de un lenguaje personal. Hay que ser muy bueno para no perderse en ese intento, tan arriesgado. Peralta es un gran artista, un hombre tocado por la gracia del talento. Su obra vuela de verdad, ordena y desordena, permite extrañas y notables experiencias, novedosas al fin.

    Pedro Peralta. En el MNAV del Parque Rodó. De martes a domingos de 14 a 19 h. Hasta el 20 de julio.