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Escribió cuentos y novelas, artículos costumbristas, ensayos y libros para niños. Pero, sobre todo, Julio C. da Rosa (Treinta y Tres, 1920-Montevideo, 2001) fue un gran retratista del campo y del pueblo, del paisaje y de sus costumbres. Hizo leer a generaciones de niños con libros inspirados en su infancia como Buscabichos (1971), Gurises y pájaros (1973) o Mundo chico (1975). Pero mucho antes había publicado libros con sus relatos, que se pueden leer en Cuentos completos, volumen de Clásicos Uruguayos, de la Biblioteca Nacional.
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Su literatura está impregnada de naturaleza y de seres orilleros entre el pueblo y el campo, como los “vivientes” de Juan José Morosoli, esos personajes que dejaron en él “mundos palpitantes de vida” y le abrieron un “profundo y misterioso cauce” para su escritura. Estos conceptos los volcó en una carta, cargada de admiración, que le envió a Morosoli en 1949.
Un fragmento de esa carta aparece en el exhaustivo prólogo de Cuentos Completos a cargo de Juan Justino da Rosa. Allí ubica al escritor en la generación del 45 como una de las figuras menospreciadas por la corriente impulsada por Ángel Rama y la revista Número, que consideraban de “segunda mano” la literatura criollista, suburbana y rural representada en la revista Asir, en la que Da Rosa nació como escritor con su libro de cuentos Cuesta arriba (1952). Le siguieron después De sol a sol, Camino adentro y Caminos, que junto con Aguafuertes y cuentos viejos se incluyen en esta edición de Clásicos Uruguayos.
Hay que volver a Da Rosa, quien dejó cuentos excepcionales como Hombre flauta o La vieja Isabel. Cuentos de la tierra y del pueblo, a la vez que universales.