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    De la vida de las marionetas

    Anomalisa, nominada al Oscar como Mejor película animada
    Colaborador en la sección de Cultura

    Sobre fines del siglo XIX y principios del XX en Italia, el artista conocido como Leopoldo Frégoli alcanzó notable fama por su camaleónica capacidad actoral. En un lapso radicalmente corto, armado de un desmedido arsenal histriónico que incluía habilidad para la ventriloquia, Frégoli cambiaba de voz, de vestuario, saltaba de un personaje a otro en segundos: un sacerdote, un soldado, un policía, una bailarina, un maestro, una cantante soprano, un imitador de músicos —Verdi, Wagner, Puccini—, el mozo y el cocinero de un café... y todos los clientes de ese café. Con sus interpretaciones creaba la ilusión de que cambiaba de cara. Sus representaciones —llegaba a más de 60 personajes, casi sin interrupciones en un espacio ridículamente reducido— recorrieron los escenarios de las principales capitales europeas, desembarcaron en Buenos Aires, Rosario, Montevideo, e incluso el Teatro Larrañaga de Salto.

    Frégoli llegó a filmar algunas películas como actor y se retiró de escena en 1925. Su nombre trascendió el mundo del espectáculo. En 1927 los psiquiatras franceses P. Courbon y G. Fail describieron por primera vez un desorden mental que quien lo padece cree que las personas que lo rodean están siendo interpretadas por una misma persona, un impostor. Lo llamaron Síndrome de Frégoli.

    No muchos años más tarde, el guionista y director estadounidense Charlie Kaufman, autor cerebral e ingenioso al que le fascina este asunto de meterse a escarbar en la mente, escribió una obra para radioteatro acerca de un especialista en atención al cliente que va de ciudad en ciudad dando discursos motivacionales al que, en el fondo, para su desgracia, todo le da lo mismo. Sí, repugnante cliché, pero es Kaufman, y en sus manos un cliché es apenas un borrador. En la historia de este hombre, las voces de todas las personas que interactúan con él suenan igual; de hecho, todas son interpretadas por un mismo actor, hasta que algo ocurre. Kaufman la firmó bajo el seudónimo Francis Fregoli —así, sin tilde.

    Kaufman es autor de ese ovni cinematográfico llamado ¿Quieres ser John Malkovich?, dirigido por Spike Jonze, ingenioso y exótico relato protagonizado por un titiritero que descubre un túnel hacia la mente de Malkovich (interpretado por el mismo actor). También es suyo el libreto El ladrón de orquídeas (de Jonze), donde se inventó un hermano gemelo —Nicolas Cage por dos— para hacer un juego de cine del cine —o de guion dentro de guion—, que es a la vez un thriller, un romance y ensayo sobre la narración cinematográfica. Llevan su firma Naturaleza humana, una comedia romántica en la que se mezcla ciencia y filosofía, y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, un drama romántico en plan Philip K. Dick sobre un despechado que recurre a los servicios de un consultorio que le permite borrar de su cabeza a la mujer que destrozó su corazón, ambas dirigidas por Michel Gondry. Y también: Confesiones de una mente peligrosa, debut de George Clooney como director, adaptación de la autobiografía de Charles Hirsch Barris, creador de El juego de las citas y asesino de la CIA. También: adaptó Una mirada a la oscuridad, de Dick, pero Richard Linklater no usó ese guion, sino su versión. Y además: escribió Todas las vidas, mi vida, que también dirigió, sobre un director de teatro en crisis que recibe una beca extraordinaria y hace una inmensa obra que contiene su propia vida. Tras eso, la crisis le vino a él: a la película le fue espantosamente mal económicamente.

    Pasaron unos años, apareció Fregoli en su vida. Y luego Duke Johnson, animador que le propuso tomar esa pieza teatral sobre el hombre que da charlas motivacionales —una pieza hecha solamente de diálogos y sonidos—, y convertirla en una ficción audiovisual con más personajes y escenarios. Y filmarla juntos. Así nació Anomalisa, que se estrena el próximo jueves 18.

    El filme, rodado mediante stop motion (filmación cuadro a cuadro), tardó casi tres años en concretarse. Parte de la financiación llegó por la plataforma de micromecenazgo Kickstarter, que permitió crear escenarios y títeres construidos en impresoras 3D. Los decorados son pocos: el interior de un avión, más algunos tramos de un aeropuerto, un taxi, las calles de la ciudad, alguna casa, alguna tienda, y distintos ambientes de un hotel, el Fregoli.

    Por la estructura del relato, lo lineal de la narración, y la casi total ausencia de giros surrealistas y saltos espacio-temporales presentes en otras obras de Kaufman, aparenta ser bastante simple. No lo es tanto. La historia se desarrolla con un ritmo por momentos tan moroso que para algunos espectadores puede resultar desesperante, dado que es una animación protagonizada por marionetas. Pero hay buenos y bien razonados motivos para que sea así. Se necesita tiempo para apreciar detalles, para detenerse en los rostros, en las expresiones de los ojos; en Anomalisa, lo que no tiene vida aparenta estar vivo, lo que es frustración se disfraza de seducción. También hay buenas razones para que haya sido realizada con marionetas, remarcando su artificialidad, y no con actores de carne y hueso, y con stop motion.

    Aunque suene risiblemente obvio, las marionetas y la captura de movimiento por medio de esa técnica le confieren grados de tensión —a veces inquietante— que necesita una historia sobre la frustración que puede producir una realidad dominada por sonrisas profesionales y desprovista de emociones genuinas. Que es al menos la realidad que percibe Michael Stone, el protagonista, un ser que genera algunas emociones diversas a medida que avanza el filme. La voz de Stone es la de David Thewlis, a quien se ha visto en la saga de Harry Potter en el papel de Remus Lupin —y también en Naked, de Mike Leigh, y en El fuego y la sombra, junto a Leonardo DiCaprio.

    Stone es un señor que sabe mucho acerca del arte de la atención al cliente. Tanto que ha escrito sobre el tema. Su libro ¿Cómo puedo ayudarte a ayudarlos? es un éxito. Pero el hombre se mueve con bastante apatía por la vida. Una sensación de extrañeza se produce desde el comienzo. Todas las voces de los que interactúan con él tienen la misma voz de hombre: la de Tom Noonan —trabajó en Todas las vidas, mi vida y en Manhunter. El taxista, el recepcionista, los asistentes del bar del Fregoli, la ex novia con la que se vuelve a encontrar, su esposa, su hijo: todos. A su vez, todos tienen el mismo rostro, con ligeras variaciones, peinado o maquillaje. Es inquietante. Hasta que algo ocurre. Una anomalía. En un espacio en tránsito de ese lugar en tránsito que es el hotel, Stone escucha una voz (la de Jennifer Jason Leigh) que suena diferente a las demás. Es Lisa, una empleada de call center alojada en el hotel que está allí para asistir a su conferencia. Apenas la encuentra descubre que su rostro también tiene rasgos distintos.

    Anomalisa filma lo que parece infilmable en este género y, sin temor al ridículo —dejando de lado parodias estilo Team America—, incluye sexo tierno y torpemente realista entre muñecos y momentos de charla poscoital. Es al conocer a Lisa que Stone se vuelve consciente —o recuerda— de que si bien el mundo sigue siendo el mismo, hay otra manera de contemplarlo, otra forma de estar y moverse en él, un modo distinto de conectarse con los demás. De repente, por una vía anormalmente luminosa, la existencia adquiere un carácter un poco más dulce, más genuino, menos superficial. Aunque sea un ratito.

    Anomalisa. EEUU, 2015. Dirección: Charlie Kauf­man y Duke Johnson. Voces de David Thewlis, Tom Noonan y Jennifer Jason Leigh. Duración: 90 minutos.

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