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    jueves 13 de junio de 2024

    De precipicios y precipitados

    Nº 2237 - 10 al 16 de Agosto de 2023

    Tomarse un tiempo para pensar. Un enunciado que parece muy simple y bastante obvio pero que está cada vez más desfigurado. Se ha ido diluyendo como un puñado de sal tirado al agua. Es muy difícil encontrar a alguien que se manifieste en contra de fomentar y aplicar la pausa para el pensamiento pero igual o más complicado es detectar a quien realmente la ponga en el centro.

    La causa de ese problema creciente es la ansiedad, la verdadera pandemia contemporánea. Todo tiene que ser ya. Cualquier postergación o prolongación en el tiempo es vista como un fracaso. Al menor indicio de que alguna acción no va a tener una satisfacción casi inmediata es dejada de lado o listada como no prioritaria. Planificar primero y saber esperar después, tener paciencia, es una costumbre en caída libre.

    Algunos dicen que la responsabilidad radica en los avances tecnológicos y en las comodidades de la vida moderna. Como todo parece estar al alcance de un clic, la tendencia es a creer que lo que lleva un poco más de tiempo no sirve. Cuanto más esquivo o alejado es el resultado, más ansiedad y angustia se produce y por eso más se evita. No se trata de décadas ni de años ni de horas. Ahora la cuestión es de minutos o de unos pocos segundos.

    Para peor, ese déficit importante causado por exceso de ansiedad es altamente contagioso. Va desde lo particular, la vida cotidiana de muchísimos, hasta lo general, la política, la economía, la cultura, la sociedad, todo. Se esparció por el aire como el polen con el viento y ahora tiñe desde la cuestión más simple e intrascendente hasta la estrategia más elaborada en la cúspide de la actividad pública o privada.

    Una de las personas más icónicas de Uruguay, quizás hasta más influyente en la construcción del país que hoy somos que José Artigas, es José Batlle y Ordóñez. Por más que su condición de colorado implica que algunos lo idolatren y otros se ubiquen en la vereda de enfrente, su impronta gubernativa y muchas de las decisiones que adoptó se colaron en la columna vertebral de la uruguayez más uruguaya.

    Dentro de todas las anécdotas que rodean lo que fue su vida, hay una frase que en el ámbito político ha funcionado como una especie de mantra que trasciende los colores partidarios. “En política, el que se precipita, se precipita”, decía Batlle y hacía el gesto con sus dedos de alguien primero corriendo y luego cayendo al vacío. No hay que apurarse, repetía, cada cosa a su tiempo.

    Pues cada vez parece haber más precipicios y también más precipitados. En algunos lugares no provocan demasiadas repercusiones. Porque, así como todo crece en unos pocos segundos, también se desintegra con casi la misma rapidez. Por eso, algunos de los apurados que tomaron decisiones y actuaron antes de tiempo no pasan de ser luego una anécdota remota, recordada por unos pocos. Sin ir muy lejos, ocurrió en las últimas elecciones de 2019.

    Pero en otras áreas la cosa cambia. Ese es, sin duda, el caso de la educación y su indebido vínculo con la política partidaria. Cuando alguien que está a cargo de liderar un proceso de cambios en la enseñanza se precipita en su carrera política, lo que se afecta es la credibilidad de todo el sistema educativo. Primero hay que hacer, y hacer lleva tiempo. Y para poder hacer de la mejor manera en un área tan sensible como la educativa hay que tratar de desligarse lo máximo posible de una disputa electoral puntual. No hay otra forma. ?A fines del siglo pasado, a Germán Rama lo tentaron para ingresar a la política electoral en momentos en los que estaba liderando reformas importantes en la enseñanza primaria y secundaria uruguaya. Él mismo me lo contó. “No voy a tirar todo este trabajo por la borda”, fue su respuesta, y no aceptó integrar ninguna lista. Hasta el último día del gobierno que lo puso como director de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) estuvo trabajando en sus planes. Capaz que no fue demasiado revolucionario lo que hizo pero sí es reivindicado como alguien que realmente intentó una reforma y que obtuvo logros concretos.

    Ahora la persona asociada a los cambios que se están promoviendo en la educación es Robert Silva, director de la ANEP. Tiene una amplia trayectoria en materia de enseñanza, a tal punto que hasta trabajó en el Consejo Directivo Central (Codicen) de la ANEP presidido por Rama. Silva sabe de lo que habla porque su trayectoria está en las aulas o en los organismos de dirección educativa.

    El problema es que tuvo que lidiar desde la cúpula de la enseñanza con dos años de pandemia y aulas cerradas durante mucho tiempo y eso retrasó sus planes, que se iniciaron a principios de 2022. Y menos de 20 meses en educación es prácticamente nada. Es imposible poder poner en marcha de manera correcta un proyecto profundo y removedor en tan poco tiempo. Hay que tener paciencia, sobre todo cuando de formación se trata.

    Por eso parece precipitado que Silva haya elegido esta oportunidad para ser precandidato presidencial por el Partido Colorado. Para cumplir con este objetivo tiene que renunciar en unos pocos meses y da la sensación de que el gobierno lo necesita en otro lado. Está siendo la cara visible de la política educativa de la actual administración y eso debería perdurar hasta el último día. Como pasó con Rama en su momento y antes con otros reformadores de la enseñanza. Los votos deberían salir a pedirse después de que el trabajo esté terminado.

    Tiene además otro problema para nada menor la aparente decisión de Silva de ser precandidato. Lo que va a hacer con ese paso es terminar de politizar la enseñanza. Porque es evidente que su plataforma electoral tendrá como centro lo que hizo en la ANEP y que eso quedará asociado al Partido Colorado. Del lado de los sindicatos del área, siempre listos para asumir una actitud combativa, será la excusa perfecta para intentar desprestigiar cambios que deberían trascender lo político y que fueron pensados con base en criterios académicos.

    Silva es un buen comunicador y tiene carisma. Se ha desempeñado en forma eficiente y firme en un cargo que genera muchas resistencias. Eso implicó un crecimiento de su figura desde el punto de vista político. El tema es que no termine precipitado por dejar que la ansiedad y el inmediatismo le ganen la batalla a la sensatez.

    Tiene tiempo. Puede aspirar a avanzar lo más posible en lo que planificó y proyectarse para 2029. Adelantarse parece un error que tendrá repercusiones negativas en el ya castigado mundo de la educación pública, que él se ha dedicado a cuidar y a intentar cambiar con mucho esmero.

    No sería bueno que eso ocurra. Ni para él ni para nadie.