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    De una sola pieza

    N° 1901 - 12 al 18 de Febrero de 2017

    Allá por 1972, varios entusiastas porlapatristas nos reunimos, todavía atragantados con la derrota electoral, para planear el lanzamiento de un semanario wilsonista.

    Recuerdo que un engranaje central del proyecto-quimera era conversar a un joven periodista para que aceptara la redacción del periódico. Se llamaba Danilo Arbilla y creo que nunca llegó a enterarse, porque Ramón, más inquieto aun que nosotros, pero por un ideal más filosófico que político, acababa de enrolarlo.

    Había nacido Búsqueda, quizás el mayor aporte que Ramón Díaz hizo al Uruguay (pero no el único). Con Búsqueda, Ramón conquistó las alturas intelectuales del Uruguay, hasta ese entonces ocupadas por la izquierda, sustancialmente a través de “Marcha”. Con un sello inconfundible, combinación de pasión, nivel y férrea honestidad intelectual (el más puro Ramón Díaz), Búsqueda sentó los reales de un Liberalismo genuino y cabal. Ramón, a la vez Quijote y Cervantes: cruzado más allá de la cautela y excelente pluma.

    Mejor escritor que hablador; doy fe. Cuando algo lo movía profundamente (y ocurría a menudo) el tropel de cosas que producía la mente de Ramón no cabía en el corral de su expresión hablada: la lengua no producía a la velocidad necesaria. Una anécdota —¡hay tantas!— pinta el fenómeno: Comisión de Hacienda del Senado; primeros meses del gobierno Lacalle, proyecto de ajuste fiscal (entonces, las cosas se llamaban por su nombre). Ramón integraba la delegación del Poder Ejecutivo como presidente del Banco Central del Uruguay (BCU). Terminada la presentación, un novel senador del Frente Amplio, venido del ámbito académico y llamado a ser numen del establishment progre, se lanzó a una homilía docente que hubo de durar 8 horas. A cierta altura, ya difícil de bancar, miro a Ramón y veo que había entrado en hervor, pidiendo una interrupción al senador docente. Tal era el chisporroteo que producía Ramón, que el orador no atinó a negarse y cuando los que lo conocíamos temíamos lo peor, Ramón consiguió liberar su lengua y espetar uno de los insultos más académicos, más finos y más exactos, que he podido presenciar: “¿Sabe cuál es su problema, senador?” (silencio nervioso). “Su problema es que hace años que no lee libros, sólo lee revistas”.

    ¡Bingo!

    Fue en esos años que tuve la oportunidad de conocer a Ramón más a fondo.

    Cuando Lacalle montó su equipo de transición en el Parque Hotel (verano del 89, con un calor que rajaba las piedras), me encontré con Ramón que acababa de aceptar la presidencia del BCU: “no te pelees con todo el mundo, Ramón”. “¿Por qué no? Hace falta sacudir mucha cosa”. Fue en broma. Y muy serio.

    Los primeros años del equipo económico de ese gobierno fueron medio turbulentos. Había algunos personajes muy capaces, pero de mecha muy corta.

    La cosa fue que terminé ensartado con el Ministerio de Economía.

    Gran julepe, toma de posesión y después, a solas en ese despacho catafáltico del tercer piso resolví que debía hablar con Ramón, como una de las primeras movidas. Lo llamé al BCU, me costó un triunfo que aceptara recibirme, en vez de venir a verme al Ministerio y una vez allí recuerdo que le dije: “Ramón, tú sabés de esto mucho más que yo y en el medio, sos quien tiene prestigio. Pero el Ministerio me lo encajaron a mí y para que esto funcione, quien debe mandar soy yo”. “Totalmente de acuerdo” y a partir de ahí la lealtad de Ramón Díaz con quien era su inferior en materia económica, fue total y sin el menor doblez.

    Prueba de ello fue la primer visita como ministro al Fondo Monetario Internacional (FMI): no habíamos terminado de acomodarnos en los sillones cuando los ejecutivos del Fondo inmediatamente se dirigieron a Ramón con sus preguntas y comentarios. La respuesta fue tajante: “diríjanse al ministro”.

    De ahí en más, bancamos muchas peleas juntos. No siempre de acuerdo, porque las soluciones “netas” que le gustaban a Ramón, con frecuencia no eran viables. Pero fue una experiencia en la cual jugó un rol central Ramón Díaz: el hombre ávido por aprender y por entender, intelectualmente honesto, mezcla de cruzado, Quijote, buen amigo, leal a toda prueba.

    Creo que Ramón jamás habría alcanzado a ser lo que fue sin Ofelia. En algunas cosas muy distintos, pero no en la profundidad de su sapiencia y de su amor.

    Ramón seguramente encontró el sábado su paz en el abrazo del Señor a quien redirigió su vida, Ofelia ya había visto el camino.

    Dios quiera que nuestro Uruguay cuente con muchos hijos de este calibre.