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    Debajo de la alfombra

    Se celebran 70 años del fin de la II Guerra Mundial y nuevamente se cuestiona la responsabilidad del pueblo alemán por lo sucedido.

    Quienes más hurgan en estas cosas son los mismos que se niegan a discutir la responsabilidad de los pueblos que mantuvieron sobre sus espaldas a regímenes tan sangrientos como el nazi. Por ejemplo, el soviético.

    El comunismo mató a mucha más gente que el nazismo. El comunismo soviético y el chino, por ejemplo, liquidaron a más de 60 millones de humanos.

    Pero lo único que les interesa a los “idiotas útiles” (ése es el nombre que se les puso a comienzos de la Guerra Fría a los supuestos “intelectuales independientes” que simpatizaban con el régimen comunista) es la responsabilidad del alemán de a pie entre 1933 y 1945.

    Poco o nada podemos saber de lo que pensaba ese hombre de la calle a partir de 1933. Quienes votaron a Hitler estaban seguramente satisfechos con la victoria del líder nazi, por lo menos en esos años iniciales de efervescencia social, de renacimiento económico, de cultivo del orgullo nacional luego de la vergonzosa humillación que implicaron los acuerdos de Versailles.

    Toda guerra genera júbilo y esperanza en una minoría y profundo temor en el resto de la población. En Alemania no tiene por qué haber sido diferente.

    Y si bien no sabemos ni jamás podremos saber qué pensaba “la gente” durante el nazismo, pues el régimen perseguía implacablemente a todos aquellos que mostrasen su disgusto con lo que estaba sucediendo, sí sabemos que al final de la guerra el pueblo alemán estaba totalmente abatido y dominado por un par de grandes sentimientos.

    Uno de estos sentimientos era el dolor por la pérdida de los seres queridos muertos en la contienda o como una consecuencia de ella y la desesperación por la cruda realidad en la cual se encontraban.

    Otro sentimiento dominante era el miedo por el futuro inmediato. La mayoría de las grandes ciudades alemanas, por ejemplo, habían sido convertidas en montañas de piedras y ladrillos.

    Hay fotos que muestran el resultado de los bombardeos aliados: en muchos centros urbanos no quedó un solo edificio en pie.

    La noche entre el 13 y el 14 de febrero de 1945, 1.100 aviones británicos y estadounidenses dejaron caer 3.500 toneladas de bombas sobre Dresde. Más de 100.000 civiles fallecieron y la ciudad quedó demolida y en cenizas. Todo un dato: murieron más civiles en Dresde que en Hiroshima.

    Sin techo, sin agua corriente, sin comida, sin trabajo, sin autoridades, sin certezas sobre lo que ocurriría, agobiados por el dolor de los seres queridos muertos y el temor por los que estaban desaparecidos o en campos de concentración soviéticos… ¿es probable que bajo estas circunstancias extremas, el alemán de la calle tuviera fuerzas para filosofar sobre el tema de la posible responsabilidad personal en el drama de la guerra?

    En el campo aliado creció la idea de que todo el pueblo alemán era culpable por lo sucedido. Pero el devenir histórico pronto cambió esta visión: la ocupación militar soviética de Europa oriental hizo que las potencias occidentales vieran a los alemanes que no estaban bajo el control comunista como sus aliados.

    En 1949, el pueblo alemán quedó oficialmente dividido en dos países. En la Alemania democrática comenzó una intensa labor de reconstrucción (el llamado milagro alemán). También se inició un profundo trabajo de autocrítica.

    Muchos ex nazis fueron juzgados y castigados. Konrad Adenauer reconoció, ya en 1951, la responsabilidad de Alemania, e inició el proceso que llevaría al pago de sumas millonarias a los judíos sobrevivientes del Holocausto y a quienes perdieron sus bienes durante el nazismo.

    Willy Brandt intensificó esta “política de perdón”. En mayo de 1985 el presidente de la Alemania democrática, Richard von Weizsäcker, reconoció públicamente la responsabilidad alemana.

    Lo mismo haría repetidas veces el canciller Helmut Kohl.

    En la Alemania comunista, por el contrario, nunca sucedió algo parecido. Todo lo contrario: el Holocausto fue borrado de la memoria, como si nunca hubiese existido, y todos los horrores de la guerra se cargaron en la cuenta del odiado “imperialismo capitalista”.

    Recorriendo Alemania comunista y Berlín oriental en 1980, me parecía que “la guerra de liberación contra el nazismo y el imperialismo” (así llamaba el régimen a la II Guerra Mundial) recién había terminado: tal era la intensidad de la propaganda callejera.

    No se dio en la RDA el proceso de autocrítica y catarsis que se vivió en la Alemania democrática. No hubo toma de responsabilidades ni pedidos de perdón.

    Cuando el sistema comunista se desplomó como lo que era (un castillo de naipes), la tradición mental nazi en la población de Alemania del este, escondida durante 40 años bajo la alfombra por el discurso oficial, volvió a ver la luz.

    Hoy, los resultados electorales lo muestran con total claridad: es en los territorios pertenecientes a la ex Alemania comunista donde el nazismo mantiene su bastión.