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    Debilidades y fortalezas

    Señor Director:

    Sin caer en la tentación pueril de formular inventarios de méritos y de males de la cultura nuestra, discutidos largamente, vale analizar cuestiones concretas acerca de conductas adheridas durante dos siglos de existencia. Podemos preguntarnos si no perdemos demasiado tiempo mirando ejemplos de otros países, sin remangarnos para encarar defectos propios evidentes.

    Nuestra cultura se modeló en la española, fue impresa por los dueños del territorio. A la cabeza de la sociedad se ubicó una pequeña y poderosa elite seudo aristocrática. Ya existía Montevideo cuando un monarca español decretó que el trabajo productivo no era incompatible con la calidad de hidalgo. España era así, aristocrática hasta el ridículo, radicalmente diferente a países europeos que entraban resueltamente en la revolución industrial en ese mismo tiempo.

    Nosotros quedamos afuera de esa revolución. Las proteínas del vacuno permitieron el sostén de la mínima aristocracia instalada. Nuestros rudos criollos fueron troperos, faeneros, transportistas. Así vivió el Uruguay. El desnivel de las dos culturas se mantuvo demasiado tiempo. Podemos preguntarnos si hemos tomado conciencia de un aristocratismo actual, que privilegia pequeñas reyertas de poder libradas no solo en ámbitos cultos, universitarios, sino también en todos los escalones de la sociedad montevideana. Aristocratismo subyacente en el ego de muchos funcionarios públicos, que una vez colocados en su oficina asumen majestad de lores ingleses. Marginalmente anoto un exceso cometido en estos últimos meses, tres vecinos han padecido y enfermado en uno de los casos, con exámenes para renovar libreta de conductor. En dos de los casos, se trataba de personas muy mayores, con fojas limpias, nunca han tenido accidentes ni pagado una multa por infracciones de tránsito. Exámenes intimidantes, obligan a dar prueba de conducir bien, han motivado tres pruebas sucesivas, en un caso, con no-aprobados en las dos primeras, y en el otro caso, un golpe de presión que finalizó con internación en el Casmu. El tercer caso, la persona llevaba como en todos la certificación médica habilitante, el funcionario municipal resolvió pasar el caso a un cardiólogo, por el estado nervioso que padeció el “paciente” a raíz de tales pruebas intimidantes. Sencillamente, funcionarios aristocratizados por la autoconvicción de su majestad, juegan con la salud y el tiempo de las gentes. Algo ha aprendido en esa materia la Intendencia capitalina; la renovación se hace solo con el certificado médico, sin prueba de conducir.

    El tema mayor afecta a la sociedad en su conjunto, y en la inspiración majestuosa impresa por España. Una parte grande del país creyó mejorar sustancialmente, con el llamado reformismo batllista, pero eso ocurrió para la metrópoli, y no para el territorio, y además, el proceso lleva nombre sesgado: el reformismo de esa época corresponde a una modificación importante, promovida gracias a la mejor educación universitaria creada por el “conservador“ Alfredo Vázquez Acevedo, y al boom de prosperidad acarreado por la I Guerra Mundial.

    Batlle, él mismo integrante de una familia catalana que adquirió poder enorme en Montevideo durante el dominio colonial, exageró un reformismo a la europea, importando junto con grandes valores productivos y culturales, el contrabando de un Colegiado y de un monumental Palacio Legislativo demasiado “grandioso” para un territorio pobrísimo, y en cambio, nocivo por estimular el arte declamatorio.

    Lo más negativo de Batlle y Ordóñez, fue mantener el estilo de la grandilocuencia, imponiendo con palabras encendidas y con su porte físico dominante, el radicalismo del poder personal. Buenas gentes que pensaron otra cosa fueron abochornadas, o se fueron, caso Figari. Batlle falló en lo esencial, cultivar el democratismo en la base misma del trabajador rural, silencioso protagonista y creador de la prosperidad.

    Facilismo montevideano, hemos vuelto a perder a partir de 1960 demasiado tiempo con el discurso cálido del Caribe,

    contagioso, emotivo, válido en un sentido genérico latinoamericanista, pero limitado severamente por la sencilla razón de distancias y diferencias abismales. El Caribe tiene países con densidad de población 15 veces mayor que Uruguay, tiene un clima que obliga al andar pausado, y además, mantiene gusto por el discurso.

    El Caribe nos puede enseñar muchas cosas, pero no tomamos las que deberíamos tomar. En alguno de los países, el obrero de la construcción necesariamente debe hacer un curso para recibir habilitación. Los servicios de administración de Salud obligan al curso correspondiente. En Uruguay la dirigencia gremial dice que para administrar, basta tener conciencia de clase. Lo dijo públicamente la Sra. Fagián.

    En algunos países que tienen bajos ingresos, la huelga no se conoce. Tienen algunos rasgos que frenan su desarrollo y crecimiento. Un campesino integrante de una cooperativa sandinista trabajaba 3 horas diarias, según reconocimiento de una autoridad responsable. Son naturalmente pachangueros. Un técnico uruguayo participó en cursos de especialización en lechería, dado en Israel, y verificó que los caribeños faltaron a la mayoría de las sesiones de trabajo.

    La integración latinoamericana es bello discurso, pero lentísima realización. Desniveles fantásticos en culturas no permitirán tal integración. El Brasil es el país remolcador de la región, pero ambicionó caminar en varios frentes internos y externos al mismo tiempo. Brasil está lastimado, necesita recomponer sus estructuras, y eso pesará bastante.

    Resulta torpe, tal vez escandalosa, la tesis de algunos aristocráticos dirigentes montevideanos, que fijan ellos las pautas para la asociación o coordinación de políticas económicas internacionales, a partir de la unidad latinoamericana, y colocándose al mejor estilo castellano antiguo, por encima de políticos de carrera y por encima de gobernantes recién electos con margen importante de votos.

    Parecería que la militancia sindical iluminara los cerebros por encima de varias decenas o centenas de técnicos uruguayos que recorren el mundo, vinculan al país y atan relaciones con empresas extranjeras, y al mismo tiempo difunden políticas de mejoramiento productivo en nuestro territorio

    Este es el punto débil de la sociedad uruguaya. Seguimos contando con una pequeña aristocracia que pretende dirigir al país en base a ideas luminosas nacidas en pequeños grupos de presión y con intereses sectoriales fuertes.

    Durante dos siglos no hemos conseguido practicar la vieja receta: hay que educar al soberano. Parecería que sigue valiendo la tesis de la aristocracia española. El remangarse para trabajar dentro del territorio, mano a mano para aprender el trabajo real, productivo, y al mismo tiempo promover a los trabajadores de abajo para hacerlos socios efectivos del país, parecería ser el desafío, el gran desafío del flamante gobierno. El discurso entrador, sensible, en el fondo demagógico, será sustituido algún día por la cultura efectiva de educación y producción. Todavía nos falta mucho. Tardaremos en desterrar hábitos arcaicos, todavía soportaremos millares de discursos de políticos y dirigentes activos de mil cosas.

    No levantaremos nuestra sociedad sin acercamientos fraternos, no lo conseguiremos mientras tengamos oídos puestos afuera, percibiendo las últimas novedades consumistas o modas costumbristas, o las sagradas normas en derechos humanos, que organismos internacionales no consiguen aplicar en países atormentados, y nos toman como cobayos a quienes somos incapaces de aplicar en lo esencial, aquellos derechos que implican severos deberes para todos respecto a la maternidad, el cuidado del bebé nacido en cualquier cuna, la educación forzosa, guste o no, de los adolescentes, y la corrección forzada, guste o no, de aquellos que delinquen, además de la obligación de trabajar, deber general, válido para ricos y para pobres, impuesta como deber en la Constitución.

    Una última anotación. Hoy, 30 de abril, es día del asalariado rural, según invento de dos funcionarios del gobierno anterior. Un invento impuesto desde arriba, que no conmueve a nadie en el campo. Por lo menos, deberían recordarlo los autores del invento. Es otro motivo que prueba vigencia del viejo aristocratismo español: el Rey resuelve, su voluntad es ley.

    El día que las urbes, chicas y grandes quieran homenajear al agro, pueden englobar a todos los trabajadores rurales, pero además, concretar con obras prácticas y no con palabras sonoras.

    Silos Piedra Cueva Azpíroz