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El señor presidente de la República no deja de confundirnos con sus manifestaciones. Después del pedido de “educación, educación, educación” de su discurso inaugural, que fue apoyado y compartido por todos, no ha cesado de demostrar su desprecio por los profesionales universitarios. Es decir, su desprecio por los que estudiaron, por los que se educaron.
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Pero él procede y habla de acuerdo a la otra máxima que guía sus actos: “como te digo una cosa, te digo la otra”. Y esta vez, entre los que se educaron, les tocó a los abogados, a quienes con su particular y poco educado vocabulario catalogó de “formas parásitas de picapleitos que escudriñan los intestinos del Estado y terminan, en muchos casos, robándole suculentas sumas”. Parece olvidar el Sr. Presidente que si el Estado debe pagar suculentas sumas no es porque los abogados escudriñen sino porque los jueces determinan, en última instancia, que los actos denunciados por los abogados no fueron dictados conforme a Derecho.
También agravió a otros profesionales, diciendo: “estamos infestados de economistas y escribanos”. Al emplear el verbo “infestar” trata a estos profesionales de “organismos patógenos que invaden a un ser vivo y se multiplican en él como los parásitos en sus hospedadores” (conforme: diccionario de la real Academia de la Lengua Española). Un agravio gratuito e innecesario.
Con todo respeto, señor presidente, le digo que no es bueno que usted hable tanto. Pueden hablar mucho los que saben mucho. No es su caso.