N° 2013 - 21 al 27 de Marzo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáFue tan especial que hasta la primera anécdota que recuerda, aunque verídica y documentada, sorprende y se hace difícil de creer.
—Yo nací en medio de la música, que es lo primero que me acuerdo de mi casa. La radio, claro. Pero además mi vieja, que era una simple ama de casa y aporreaba el bandoneón y mi padre, panadero, que le daba de oído a la guitarra. Un día —yo tendría cinco, seis años— lo escuché en la cocina: no podía sacar un acorde de una música que estaba en mi cabecita no sé cómo; entonces le pedí la guitarra. Primero, me miró sonriente. Insistí y entonces pareció enojarse, pero me la dio. Y yo toqué lo que a él le estaba costando tanto.
A partir de ahí, el panadero le regaló la guitarra y lo llevó de la mano a inscribirlo en el Conservatorio Oliva, de Lanús, adonde la familia se había mudado desde la Junín natal. A los doce años, aquel pibito se recibió de profesor de guitarra, teoría musical y solfeo. Siguió estudiando y con quince años inició sus actuaciones públicas nada menos que en Caño 14, desde donde, apenas concluida su actuación, disparaba hasta El Viejo Almacén para oír cantar a Edmundo Rivero con Roberto Grela.
—¿Por qué el tango? Era lo que yo buscaba de niño sin saberlo. Me hacía vibrar y aún hoy me pasa.
Juan José Domínguez, Juanjo para los amigos y los escenarios, nació el 23 de octubre de 1951 y aunque al comienzo tocó música clásica y folclórica, rápidamente se sumergió en el tango. Su estilo fue y seguirá siendo, por las grabaciones, inimitable. Si alguien lo definió con precisión e indiscutible sapiencia fue María Luisa Anido, quien llegó a ser considerada entre las tres mejores guitarristas del mundo, y que, al escucharlo, dijo: “Es un virtuoso. Sus escalas dobles, sus trémolos en tres cuerdas, inventados por él, su velocidad, comparable con la de un instrumento de arco, y el notable nivel de improvisación, lo convierten en un artista único en lo suyo”.
—Yo grabé el Motuo Perpetuo, de Paganini. Tiene más de mil cuatrocientas notas que hay que hacer en tres minutos, a velocidad de violín. Lo logré. No sé, es algo natural. Creo que hay un triángulo entre mi mente y las manos que lo permite: el día que no funcione más, listo.
Juanjo Domínguez prácticamente tocó con todos —Rosamel Araya, Alberto Morán, Alberto Podestá, Alberto Echagüe, Roberto Goyeneche, Horacio Guarany, María Graña, Armando Manzanero, Chango Nieto, Los Indios Tabajaras y tantos más—, grabó ciento treinta discos, veinticuatro propios y, buscando libertad, creó su propio sello, Junín Records, donde editó sus últimas y audaces obras: Eterno (2005) y Sin red (2009).
Artista inquieto, gustó de experimentar; por eso sus trabajos con los Tabajaras, de quienes recreó Ternura, un tema conmovedor —la primera vez que lo oyó Guarany, un tipo duro, le pidió que parara porque no podía soportar la emoción—, o con Charly García, León Gieco, Mercedes Sosa y, especialmente, Andrés Calamaro.
—Dicen que tengo actitudes raras. Puede ser. Es la libertad que busco. En el exterior, adonde no hubo lugar al que dejara de viajar, hacía poner en todos los programas: “El repertorio irá de acuerdo a la predisposición del artista”. Y eso de que cierro los ojos al tocar… ¡Es que soy distraído! No quiero que me pase lo del tipo de la canción de Serrat, No hago otra cosa que pensar en ti, donde el tipo se distrae con una piba andando en bicicleta. Cierro los ojos y me meto en lo mío.
Juanjo Domínguez murió el pasado 10 de febrero, a sus 67 años, dejando un gran vacío. Poco antes, casi como una premonición, hizo esta declaración en un reportaje:
—Voy a seguir tocando, pero tengo la sana intención de decidir yo cuándo abandonar la fiesta. Hay gente que no sabe irse en lo mejor y al final se lo llevan borracho. Eso no me va a pasar.
Hoy está en la inmortalidad del arte.
Su primera guitarra, aquella que fue del padre, anida en el museo Min-On de Japón, dirigido por el maestro Daisaku Okeda, el hombre que coordina la llegada a su país de todos los artistas del Río de la Plata. Okeda, ante la donación propuesta, le dijo: “Es demasiado peso espiritual”. Como Juanjo insistió, se resistió otra vez: “No puedo pagarla”. Y el guitarrista impar, abriendo los brazos, lo venció: “Esto se paga con un abrazo”.
La foto de ese abrazo recorrió el mundo.
Y la guitarra quedó en un lugar aireado para que la vieja madera no se eche a perder, al lado del violín de Paganini y del piano de Beethoven.