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    Del Pelourinho a la Barroquinha

    El teatro uruguayo fue protagonista en el Festival Internacional de Bahía

    Desde afuera se ve como una más de las cientos de iglesias de la ciudad. Pero es un teatro. En Salvador de Bahía uno levanta la vista y ve uno, dos o tres campanarios. Solo en la plaza principal hay tres iglesias. Dicen que son 365, una para cada día del año. La Barroquinha está a pocas cuadras del Pelourinho, el colorido y empedrado casco histórico, y a metros de la Bahía de Todos los Santos, la gran ensenada donde se levantó el primer puerto y la primera capital del Brasil colonial, más de cuatro siglos y medio atrás. Un motorista (taxista) allí apostado cuenta que el templo se incendió dos veces en el siglo XX y estuvo años abandonado hasta que hace 20 años reabrió como una sala de espectáculos: Espaço Cultural Barroquinha. Ahora los viejos muros de ladrillo albergaron a la actriz bahiana Marcia Limma con su Medea negra, un potente unipersonal que fusiona el mito griego de la mujer silenciada con los siglos de esclavitud que marcan a fuego al Nordeste brasileño. El taxista apura un cigarro y continúa: “Siglos atrás aquí era el principal sitio de candomblé (culto de origen afro) de toda Bahía. Pero los gobernantes portugueses y la Iglesia combatían esos rituales y los echaron. Hubo muchas batallas y muchos muertos. Por eso pusieron la iglesia en este punto”. Junto a la Barroquinha está el Teatro Gregorio de Matos, emplazado en un viejo convento. Las dos salas fueron el epicentro uruguayo del Festival Internacional Latinoamericano de Teatro de Bahía (Filte), que tuvo lugar entre los sábados 1º y 8. Por primera vez en sus 11 ediciones hubo un país invitado, y fue Uruguay, con cuatro espectáculos (dos funciones cada uno). La Muestra Uruguay comenzó con Simone, mujer partida, unipersonal escrito y dirigido por María Dodera, en el que Gabriela Iribarren interpreta a la escritora francesa Simone de Beauvoir. Pasada la medianoche del miércoles 5, Iribarren y Dodera comparten la mesa en la terraza del hotel Victoria Marina con una veintena de compatriotas. Copa de vino en mano, la actriz está feliz: “Fue una fiesta. Llenamos las dos funciones y me hicieron volver varias veces en los aplausos”.

    En la mesa hay caipirinhas, cervezas y unos pocos refrescos. Rogelio Gracia es más uruguayo, prefiere el escocés. Es el bufón de la delegación. Las salidas chispeantes y las anécdotas de otros festivales son su especialidad. Pero ante todo, el profesionalismo: “Los festivales de teatro son muy especiales. Pasear horas y horas al sol y bañarte en la playa es muy lindo, pero consume mucha energía. Desde el día antes de la función hay que reservar todo para el escenario. A vos te traen y te pagan para una sola cosa: actuar”.

    La Muestra Uruguay comenzó con 'Simone, mujer partida', unipersonal escrito y dirigido por María Dodera, en el que Gabriela Iribarren interpreta a la escritora francesa Simone de Beauvoir

    La obra de Santiago Sanguinetti laureada y publicada en varios países, se llama Sobre la teoría del eterno retorno aplicada a la revolución en el Caribe, pero se hizo conocida como Cascos azules. Esta comedia negra narra la peripecia de cuatro soldados uruguayos integrantes de un batallón de Cascos Azules de la ONU en Haití, que sufren un embate revolucionario del pueblo haitiano. El autor (actual director de la EMAD) interpreta a un soldado uruguayo que un tiempo antes ha sido acusado de violar a un joven local, circunstancia inspirada en el caso real. Otro soldado padece “una especie de autismo, a todas luces incapacitado para tareas militares, pero a cargo de las observaciones más inteligentes”, explica Guillermo Vilarrubí, el actor que lo interpreta. A los 33 años, da clases y cursa profesorado de Literatura. Explica que, luego de cuatro temporadas, la obra es muy demandada en festivales, lo que les permite un ingreso extra cada tanto. Está convencido de que la actual vocación de exportación del teatro uruguayo es “algo muy bueno para todo el medio, y ni que hablar para los actores y técnicos”.

    Las ocho funciones de los espectáculos uruguayos fueron con subtítulos en portugués. Las productoras Carolina Escajal y Andrea Silva, encargadas de coordinar las agendas y actividades de todos, no paran. A primera hora van quienes se encargan del diseño y el montaje. Los productores, directores y técnicos plantan decorados y utilería. Están en el teatro desde las ocho de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde. “Direccionar los focos y ajustar todo puede llevar un día entero”, explican Victoria Falkin y Rossina Daguerre, técnicas de Cascos azules. Hay cansancio en sus rostros. Cuando vuelven al hotel, los actores salen para la sala. Llegan y está todo pronto: es hora del teatro. Las dos funciones son celebradas y aplaudidas efusivamente. Aunque a la salida algún espectador confiesa que se perdió algún parlamento por la velocidad de la acción o porque el disparador de los subtítulos no dio abasto.

    Otro punto alto de la Muestra Uruguay fue Lítost (la frustración), escrita y dirigida por Jimena Márquez, una pieza de gran originalidad sobre una madre (Iribarren) y sus dos hijos. En su niñez, la hija (Jimena Vázquez) mató a un compañero de clase para defender a su hermano, y ahora, recluida, colecciona expresiones de lenguas foráneas que no tienen una palabra específica que las traduzca al español. Uno de esos términos, que da título a la obra, proviene de la lengua checa y refiere al ser humano consciente de su propia decadencia. El trauma ha dejado mudo al hijo varón, quien se expresa con tremenda elocuencia a través del baile, un enorme trabajo corporal del bailarín Santiago Duarte. La ovación del centenar de espectadores es apabullante. Los elogios a los matices interpretativos y a los pliegues del texto suenan fuerte en boca del público mientras se retira de la sala.

    Otro punto alto de la Muestra Uruguay fue 'Lítost (la frustración)', escrita y dirigida por Jimena Márquez, una pieza de gran originalidad sobre una madre (Iribarren) y sus dos hijos.

    Sebastián Calderón es a los 26 años un interesante dramaturgo, director y actor que hace sus primeras armas en la escena uruguaya. Otros problemas de humanidad, estrenada en el Festival internacional de Uruguay en 2017, es su debut en el exterior. Formado en Montevideo y Buenos Aires, es un buen ejemplo de experimentación con nuevos lenguajes escénicos que trascienden la narración lineal y defiende a capa y espada la autogestión artística. “La incomunicación que padecen los personajes es la misma en Montevideo, en París o en Salvador”, apunta una señora tras ver la obra.

    El viernes 7 es fecha patria en Brasil: el Día de Independencia, el famoso Grito de Ipiranga. Temprano en la mañana nos despiertan los gritos de una multitud de uniformados que desfilan en batallones frente al hotel oficial del festival: claro, estamos en la Avenida 7 de Setiembre. Llueve abundante, sopla un viento fuerte, de temporal, y hasta se puede decir que está fresco. Fiel a la tradición patriótica, el desfile es a los gritos. Todos gritan: militares, policías y bomberos. Gritan fuerte, como para intimidar a más de un barrabrava. El desfile dura tres horas. Desfilan camiones, jeeps, escuadrones antibombas y boyas marinas. Pero hay más: desfilan las “fuerzas vivas”: hay scouts, estudiantes (incluso escolares) y ¡fieles religiosos! de todos los cultos y hasta las ONG. El cartel de una de ellas dice: “Derechos Humanos”. Todos marchan a paso militar. Y todos, absolutamente todos, gritan la misma consigna patria. Luego de una ensayadísima coreografía de policías motorizados aparece en escena una tropa de élite simulando un operativo y apuntando a la multitud con armas de guerra. “¡Bol-so-naro! ¡Bol-so-naro!”, grita una señora, y no para de aplaudir. Y agrega: “¡Esse é o Brasil que eu quero!”.

    Cubano en Bahía.

    El Filte fue fundado en 2008 y es dirigido desde entonces por Luis Alonso, un actor y director teatral cubano de 44 años que se fue de la isla con 29 y durante más de una década fue castigado con la prohibición de su regreso a Cuba. Alonso está convencido de que Bahía y toda la gran región del Nordeste debe integrarse más a Latinoamérica. “Como todo país grande, con una cultura fuerte, estamos muy cerrados en nosotros mismos, e incluso estamos muy lejos, culturalmente, de San Pablo y Rio. Por eso y para eso existe este festival”, dijo Alonso a Búsqueda, y explicó por qué eligió a Uruguay como primer país invitado: “Por la tradición de su teatro y la calidad de sus espectáculos. El teatro uruguayo está en un momento de gran y merecida proyección internacional. Se lo han ganado en la escena, con artistas de vanguardia mundial como Sergio Blanco, Marianella Morena y Gabriel Calderón. Además están trabajando muy bien en lo que es la gestión privada y el fomento público. Los organismos culturales no programan, sino que articulan y fomentan sin imponer nombres. Nosotros fuimos invitados al Festival de Uruguay, vimos muchas obras y elegimos libremente. Nadie nos sugirió a nadie”. El viernes 7 Alonso presentó una notable adaptación de El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, titulada O galo (El gallo).

    Como patrocinante del festival, el Instituto Nacional de Artes Escénicas de Uruguay financió el traslado de las cuatro delegaciones (unas 30 personas). Su director, José Miguel Onaindia, ofreció una conferencia el sábado 8 sobre la labor del INAE y la interacción público-privada en las artes escénicas uruguayas. Junto a él estuvo Luisa Rodríguez, directora de Cultura de Treinta y Tres, cuya Feria de Artes Escénicas posibilitó el vínculo entre el INAE y el Filte. La gestora compartió una charla sobre los proyectos culturales en su departamento, donde hace pocos años el Teatro Municipal estuvo cerca de ser vendido a un supermercado y “hoy tenemos fines de semana con el teatro lleno y tres o cuatro espectáculos más en una ciudad de 30.000 habitantes”.

    Luego de la mañana lluviosa, el viernes por la tarde sale el sol. Es buen momento para un paseo. El guía turístico es Juan Carlos Frisone, un comerciante uruguayo que vive hace 18 años en Salvador, donde tiene una parrillada llamada O rei do churrasco y además integra el consejo consultivo de residentes uruguayos, que forma parte del Departamento 20 de la Cancillería uruguaya. Conoce cada esquina de la ciudad. Y cada iglesia. Las más famosas, por destrozo, San Francisco de Asís (encandila, totalmente tapizada de oro por dentro, con más de 300 kilos en polvo del metal precioso diluidos en la pintura) y Nosso Senhor Do Bomfin, presente en varias letras de Caetano Veloso, Gilberto Gil y otras estrellas bahianas, y famosa por los miles y miles de cintitas de colores colgadas en las rejas exteriores y en toda la ciudad. El ritual indica que uno debe pedir tres deseos al recibir la cinta en la muñeca. Allá ellos.

    Juan Carlos nos muestra el Pelourinho, con sus repechos empedrados, fachadas coloridas y sus vendedores de pinturas de paisajes, berimbaos y todo tipo de instrumentos musicales, las playas, los barrios y favelas en los morros, el edificio donde vive Ivete Sangalo y otros emblemáticos como el Mercado Modelo o una construcción en ruinas tapizada de azulejos lisboetanos, todos azules y llenos de dibujos. Pero el más curioso de sus relatos, aún no confirmado oficialmente, es el del barrio Uruguai, enclavado en una zona que durante décadas fue el gran basural de Salvador y, dicen, fue bautizado así luego del Maracanazo. “Pero hoy les da vergüenza hablar sobre por qué se llama Barrio Uruguay”.

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