…todos hacen leña, según dice el antiguo refrán.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAsí, después que al Raulo se le complicó la vida con el título o el no título de licenciado o no licenciado, empezaron a aparecer episodios (anteriores y posteriores a la revelación) que demuestran el ensañamiento con la hasta entonces figura popular y pública de relevancia.
Lo primero que trascendió es que lo fletaron de un restaurante en La Paloma. El episodio es confuso, no está claro cuáles fueron los términos en los que aconteció el hecho, lo cierto sí es que le pidieron que se fuera de allí. No se sabe si fue a las buenas o a las malas, si hubo invitación a tomarse los vientos o insultos, o ironías, pero lo cierto es que esa malhadada noche el pobre terminó comiéndose un choripán en un carrito, con el agravante que se lo compró un amigo, mientras él esperaba escondido detrás de un árbol del ornato público.
Pocos días después, de regreso en Montevideo, entró en una conocida tienda de fina ropa masculina, eligiendo una corbata Salvatore di Ferragamo de tonos lila y rosa, pero el dependiente le informó que no se la podían vender. Según le informaron, era la última corbata de ese prestigioso diseñador italiano que quedaba en el comercio, y estaba reservada por un cliente. Se animó a preguntar para quién era, y le informaron que un señor de apellido Valenti ya la había señado la semana anterior.
Fue al día siguiente a sacar dos pasajes en Buquebus para irse a pasar el fin de semana a Buenos Aires, pero al entregar su cédula para la emisión de los pasajes, la vendedora lo reconoció, y procedió a informarle que por orden del señor López Mena, estaba prohibida la venta de pasajes para los integrantes del gobierno. De nada le sirvió argumentar que una semana antes el ministro Rossi le había comentado lo cómodo que había viajado a Buenos Aires por Buquebus en el vapor Francisco, ya que la funcionaria de la empresa le informó que la orden había comenzado a regir ese mismo día.
Aprovechó entonces en ese fin de semana para invitar a unos sobrinos para ir al Teatro de Verano a presenciar la última jornada del concurso de agrupaciones de Carnaval. Cuando fue a sacar las entradas le dijeron que ya no había más, que estaban agotadas, y, con la frustración de caso decidió retirarse, no sin antes escuchar que el vendedor de ventanilla ratificaba con un compañero de trabajo que se trataba de una orden expresa del Cachete Espert.
Ya el tema empezaba a preocuparle seriamente, pero no se imaginaba lo que le ocurriría al ir a una imprenta a encargar un trabajo. El encargado lo reconoció, y de una manera poco amigable le comunicó que las impresoras estaban ocupadas y no podían tomar más órdenes, pero que seguramente él podría encargar el trabajo a Cuba, donde sin duda ya tenían experiencia en hacerle impresiones. “Dígale a sus amigos allá que cuando terminen de imprimirle el título, le agreguen este trabajito, capaz que ni se lo cobran” —le dijo el dependiente con tono irónico, y él prefirió alejarse sin discutir, para evitar un enfrentamiento, que es lo peor que le puede pasar en estos días.
Tras haber presidido la última sesión del Consejo de Ministros, lo cual él entendió como un respaldo del presidente, que se fue ese día a darle besitos a los gurises de moña azul por las escuelas en el primer día de clase, el Raulo se enteró que Tabaré andaba con un poco de fiebre, y se dirigió a la Torre Ejecutiva con el ánimo de presidir de nuevo la sesión semanal del Consejo. Le habían dicho que la reunión empezaba a las 9 de la mañana. Llegó 9 menos cuarto, y encontró que —menos uno— todos los ministros estaban en sus lugares, la reunión había empezado, y se estaban dando los informes. El único ministro que no estaba en su sitio era Danilo Astori, que estaba presidiendo la reunión. Le pidieron excusas, y le informaron que no se podía cambiar la presidencia, que la reunión estaba convocada para las 8.30, y se tuvo que sentar en el lugar de Astori y seguir la reunión en silencio, ya que, como en la sesión de Paysandú, no le dieron la palabra, y él se cuidó muy bien de no pedirla.
Ya el tema lo estaba desbordando. La depresión empezó a afectarle seriamente, le faltaba concentración, tenía que leer los documentos dos veces para entender de qué se trataba su contenido, así fueran sencillos reportes de actividad sin complicación alguna. Decidió tomar el toro por los cuernos, y se fue a ver a su sicólogo, con el ánimo de contarle lo que le estaba pasando, y pedirle consejos terapéuticos para enfrentar estas incómodas situaciones. La asistente de su terapeuta le informó que el mismo se encontraba de licencia, que no regresaría hasta fines de marzo, y que tuviera en cuenta que ya tenía todas las horas tomadas hasta el 2019.
Salió del consultorio cabizbajo, y tomó otra decisión: no pasaría por la farmacia a comprar antidepresivos, porque seguramente estarían agotados, y el laboratorio había anunciado que no entregaría la nueva partida hasta fin de año.
Realmente está muy preocupado.