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Quienes fuimos al Teatro Solís el jueves 11 sabiendo que íbamos al encuentro de una notable mezzosoprano, no nos llevamos una sorpresa. Vesselina Kasarova (Bulgaria, 1965) tiene presencia escénica, se mete bajo la piel de lo que está haciendo y demuestra una amplitud de tesitura que le permite además introducirse en terrenos de soprano, como fue el caso de las arias mozartianas de “Las bodas de Fígaro”. Además, hace gala de una técnica vocal que le permite pasearse por las fiorituras más escarpadas con la soltura de un trapecista en la cuerda floja.
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Pero eso no es todo. Exhibe una cierta postura como de anti diva, porque se coloca entre los músicos que la acompañan como si ella fuera un instrumento más de la orquesta, los mira e intercambia sonrisas de complicidad mientras canta o cuando está en silencio mientras los músicos tocan. Al terminar el concierto, saludó primero al público y después a cada uno de los veinticinco músicos que la acompañaron. Cuando le obsequiaron un ramo de rosas, recorrió otra vez el grupo y entregó una rosa a cada uno.
Pero eso tampoco es todo. Tiene una voz suntuosa y un color singular. Su registro grave es terciopelo puro y cuando coloca una nota aguda o sobreaguda, el control que ejerce sobre su respiración y su volumen hace que ese agudo sea de una pureza y un timbre que no taladre los oídos de ningún oyente. Finalmente, la forma de decir de Kasarova es notable porque canta como si estuviera hablando. El ataque de las frases es suave, respirado, casi siempre en una media voz, su discurso es natural, sus pausas perfectas, su vibrato muy dosificado.
El público en un comienzo la recibió con cierta frialdad cuando hizo dos arias de “Las bodas de Fígaro” de Mozart. Pero cuando cantó dos arias de la última ópera del compositor austríaco, “La clemencia de Tito”, que estas sí son para su tesitura de mezzo, allí el teatro se dio cuenta de que estaba frente a una intérprete de alto vuelo. Y si alguna duda quedaba, luego del intervalo hizo dos arias de “Tancredi” y dos de “Semiramide” de Gioachino Rossini. Y luego de ese pasaje por el Rossini serio culminó con el Rossini buffo, cantando fuera de programa el aria Una voce poco fa de “El barbero de Sevilla”, con un teatro prácticamente de pie.
Si lo de Kasarova no fue una sorpresa, sí lo fue conocer a la Camerata Berna, un conjunto de veinticinco músicos suizos que está al nivel de los mejores conjuntos de cámara y pequeñas formaciones orquestales del mundo. Ya al comienzo, con una risueña obra del compositor suizo contemporáneo Fabian Müller (1964, Zurich), pudo apreciarse el empaste sonoro de las cuerdas y las maderas. Lo mismo puede decirse de la obertura de la ópera “La isla deshabitada”, de Haydn, donde a la formación se agregaron bronces que se fundieron a la perfección en el timbre del conjunto.
Fue notable cómo acompañaron a Kasarova. Puede decirse que la orquesta calzó como un guante con la solista. Las más mínimas inflexiones de ésta, sus matices más delicados, tenían la réplica perfecta en el conjunto orquestal. La prueba definitiva de la calidad de estos músicos conducidos por su concertino Florian Donderer la dieron con la “Sinfonía N° 40 I.K. 550” de Mozart. Obra trillada por las más variadas orquestas bajo las batutas más insignes, en manos del conjunto suizo renació con otras sonoridades y con un discurso mucho más sugerente.
Es común ver en tríos, cuartetos y quintetos que los músicos toquen con verdadera entrega y sincronización entre ellos. Pero no es habitual ver que esa pasión y entrega se multiplique hasta abarcar más de veinte músicos. Estos suizos, que además casi todos tocan parados, lo hacen como si se estuvieran jugando la vida en cada frase. El resultado, como es obvio, fue un Mozart lleno de fineza, de elegancia, de ritmo y de contrastes, ajeno a todos los estándares que circulan por ahí.
Quienes pudimos disfrutar del Andante de esta sinfonía en la versión de la Camerata Berna deberíamos, al regresar a nuestras casas, juntar todas las versiones que tengamos de esta obra y tirarlas a la basura.