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    Delitos, incentivos y vida digna

    Columnista de Búsqueda

    N° 1959 - 01 al 07 de Marzo de 2018

    Noche de verano, tomamos unas cañas antes de que arranque el partido. Casi no hay viento y aunque está al lado del mar, Castelldefels es lo más parecido a un horno con la puerta abierta. Ricardo me cuenta que a pesar de la crisis no les está yendo mal con el laburo. Trabaja con Daniel reformando apartamentos y es verdad, hace ya unos cuantos meses que vienen enganchando un laburo tras otro.

    La cerveza va bajando de a poco y el partido sigue sin arrancar. Entonces Ricardo, que por lo general no conversa demasiado, se pone a hablar más abiertamente. Me cuenta que en Uruguay vivía en el Borro y que su familia se dedicaba al robo de coches. Que tenían organizado el negocio de forma que los coches que robaban por la ciudad (nunca en el barrio) terminaban desarmados y vendidos por partes en un par de días. Que dedicarse al robo era una decisión razonable ya que cualquier empleo legal que pudieran conseguir condenaba a la familia a permanecer en la miseria. Y que el robo, al ser sin violencia y con pocas chances de ser agarrado por la policía, resultaba rentable.

    El partido ya arrancó pero es un embole, así que pedimos otra ronda de cañas. Los árboles que nos rodean parecen dibujados contra el cielo lunar en esta noche sin brisa. Tomamos unos tragos agradecidos de cerveza fría, miramos un rato la tele y seguimos charlando. Me cuenta que regresó de vacaciones a Uruguay hace un par de años. Que mientras estuvo allí, mataron a uno de sus primos, que su hermano está en cana, que amenazaron a su familia y que “ya no hay códigos”. Que robar coches ahora es una tarea mucho mas riesgosa que cuando él vivía allí.

    “Para mí fue cosa de hacer cuentas y pensar. Cuando llegué a España pensé en robar, como allá. Pero acá la policía te busca y muchas veces te agarra”, me dice mientras bebe un trago largo. “Además, enseguida me di cuenta de que con cualquier trabajo que hiciera, podía ganar una plata que me permitiera vivir. No te digo vivir como un rey, pero robando coches en Uruguay tampoco vivía como un rey. Por eso decidí que era al pedo seguir en esa”.

    Ricardo vive en una ciudad linda y de tamaño mediano, en donde alquila un piso en el centro. Nos conocemos de encontrarnos en cumpleaños de amigos comunes y a veces me lo encuentro paseando a su perro. Tiene pareja, que también trabaja, y un hijo chico, muy simpático. Ricardo, como la inmensa mayoría de los trabajadores en España, hace uso de la sanidad pública y envía a su hijo a la escuela pública.

    “No tiene sentido arriesgarse a terminar preso cuando podes trabajar y ganar lo que precisas para vivir. Y eso incluye tomarse una caña cuando hay partido o irte de vacaciones por ahí”, dice, mientras mira de reojo la tele. El aire sigue caliente y quieto cuando el partido termina en un aburrido cero a cero y nos vamos.

    Sería ingenuo elevar la anécdota de un conocido y sus decisiones personales a la categoría de “tendencia” que sirva para explicar nada. Pero sí me parece interesante algo que surgió en esa charla cervecera y que no siempre veo consignado en los artículos que leo sobre el tema: el peso que Ricardo dio a los incentivos para dejar de delinquir. Uno puede haber nacido y crecido en el Borro, ser parte de una familia que se dedica al robo como “oficio” y aun así ser capaz de calibrar si tiene o no los incentivos para cometer delitos. El delincuente no es siempre una víctima de las circunstancias, como parece creer cierta visión progre, puede tomar decisiones.

    Aunque de esta anécdota no se pueda extraer ninguna conclusión estadística, desde el punto de vista “cualitativo” sí pueden pensarse cosas. Por ejemplo, que una policía que persigue el delito con mas énfasis y mejores resultados, es un elemento disuasorio. Y más interesante: que si trabajando es posible acceder a lo que se entiende como unos mínimos dignos, entonces la opción puede ser trabajar y no delinquir.

    Existen un montón de estudios que muestran la correlación entre el aumento del PBI per cápita y el descenso en la criminalidad (salvo en América Latina, en donde la segunda se mantiene estable aunque crece el primero). Sin embargo, al ser una media, ese dato no dice nada sobre cómo se distribuye ese aumento: el PBI puede crecer y que esto no se traduzca ni en mejoras salariales ni en un incremento y mejora de los servicios públicos.

    Por eso se usa también el Coeficiente Gini, que mide la desigualdad en los ingresos y cómo se distribuye esta, siendo 0 la igualdad perfecta (todos tienen los mismos ingresos) y 1 la desigualdad absoluta (uno tiene todos los ingresos y los demás nada). Así, un país puede tener un PBI per cápita bastante menor que otro y al mismo tiempo no estar lejos en términos de desigualad. Eso pasa con España y Uruguay: el primero tiene un PBI per cápita de 38 mil dólares anuales frente a 22 mil de Uruguay, pero se ubica apenas por encima en el Coeficiente Gini (0.350 frente a 0.386). Es más rico pero no reparte la riqueza mucho mejor. Y aunque esto dice cosas sobre cómo operan esos países en términos de riqueza y su distribución, sigue sin explicar por qué tienen tasas de criminalidad tan distintas (España tiene una de las tasas mas bajas de la Unión Europea).

    Quizá por eso convenga mirar también el Indice de Desarrollo Humano, que mide el avance conseguido por lo países en términos de disfrute de una vida larga y saludable, acceso a la educación y un nivel de vida digno. Siguiendo con los ejemplos de España y Uruguay, en ese índice se ubican respectivamente en los lugares 27 (IDH muy alto) y 54 (IDH alto).

    A bote pronto, surge que España es un país más rico que, pese a ser bastante malo redistribuyendo su riqueza, logra satisfacer de manera más adecuada el desarrollo humano de sus ciudadanos. Lo hace con unos servicios que, al tiempo que disuaden al potencial criminal con la amenaza de un castigo (la policía española tiene una tasa de resolución de crímenes de más del 90%), tienden a eliminar los incentivos para delinquier, proporcionando una salud y una educación públicas universales, así como unos salarios (estancados y con una elevada tasa de paro, es verdad) que aunque a la clase media le puedan parecer malos, a quienes están mas abajo le pueden resultar una opción mejor que el delito.

    Harina de otro costal es el juicio moral que se haga la sociedad sobre los delincuentes o sobre si el crimen tiene múltiples orígenes, algunos de ellos mas patológicos que sociales. Y también sobre si las experiencias de un país son trasladables a otro de manera mecánica. En todo caso, nunca es malo poner ojo en las políticas que llevan a cabo los países que tienen tasas de delito mucho más bajas que las propias.

    Que dada su extracción social y económica, Ricardo haya puesto en la balanza el tema de los incentivos no es un asunto menor. Quizá él no lo sepa, pero en su balance está incluyendo los resultados de vivir en un país con una policía efectiva, una salud pública de cobertura total y una educación pública que pese a todo, funciona. Un país que pese a estar a la cola de la Unión Europea en un montón de aspectos, logra proporcionarle una vida que Ricardo percibe como más digna que la suya previa, como delincuente.

    Así como es claro que hace falta una policía efectiva, también es claro que no se puede resolver el asunto desde un punto de vista meramente punitivo, tal como parecen probar los datos de Estados Unidos, un país rico y muy desigual, con una tasa de criminalidad alta a pesar de sus largas penas (y de tener pena de muerte en algunos estados). Quizá sea en ese cruce entre efectividad policial, servicios públicos de calidad y unos ingresos que garanticen una vida digna al ciudadano, donde se instala el nudo de la falta de incentivos para delinquir. Y que, como ocurre con cualquier cosa que tenga tres patas, cuando falla una de ellas se cae la estructura.

    ?? V de Vendetta

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