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    Derechos de conquista

    Columnista de Búsqueda

    N° 1787 - 23 al 29 de Octubre de 2014

    La conquista amorosa, como su congénere la guerra, se sirve tanto de la fuerza como de la astucia. Hay, sin embargo, conquistas tramposas o desiguales que se valen de sortilegios fantásticos o de encantamientos arbitrarios: Paris dio cuenta de la virtud de la amantísima esposa de Menelao merced a un pacto contraído con Venus, diosa de los vínculos irresistibles; Tristán violó su juramento de vasallo porque bebió una fatal pócima que lo hizo rendirse a los brazos prohibidos de Isolda; Francesca, la de Rímini, cayó en los labios de Paolo Malatesta porque la novela de Chrétien de Troyes está tan bien escrita que cuando describe el beso con que se cruzan la reina Guenièvre y Lancelot parece que estuvieran invitando al mundo a besarse, a no separarse jamás del abrazo que funde y de la pasión que suelda. Hay conquistas, en cambio, que son leales: la que tensa a Eneas en la mesa de Dido, la que sintió Eloísa por su profesor Abelardo, la que Anna padeció en la mirada del Conde Alekséi Vronsky en la estación de trenes de Moscú, la que infructuosamente ensaya Marcel en el corazón disperso y puro de Albertine, la que en su retorcimiento ejerce con suceso Leopold Bloom la fresca madrugada del 17 de junio de de 1904 en la carne sentimental y en la memoria turbada y agradecida de la desvelada Molly.

    De todas las variedades de conquista —incluyendo las hazañas reales o inventadas del veneciano Casanova y los saltos de alcoba de Don Giovanni en todas sus versiones o las filosas anécdotas del Beau Brummel— la que invariablemente me impresiona y me produce mayor admiración (casi envidia), es la que muestra la rendición incondicional de Lady Ana ante los repugnantes argumentos y la inventiva genial de Ricardo, Duque de Gloster.

    Este perverso asesinó al príncipe de Gales, esposo de Ana. Al momento que ella está velando en llantos a su amado, Ricardo le tiende sus redes con una insolencia que si no fuera tan divertida horrorizaría por su lóbrego patetismo. Cuando la ve llorando ante el féretro le dice: “¡Dulce santa, por caridad, no estéis tan malhumorada!”. A lo que Ana, con toda lógica y con toda indignación le responde: “¡Horrible demonio, en nombre de Dios, vete y no nos conturbes jamás! ¡Porque has hecho tu infierno de esta dichosa tierra, llenándola de imprecaciones y gritos de maldición! ¡Si gozas al contemplar tus viles acciones, ve aquí el modelo de tus carnicerías. (…)¡Oh Dios, que has formado esta sangre, venga su muerte! ¡Oh tierra, que has bebido esta sangre, venga su muerte! ¡Cielos, destruid con centellas al criminal; o bien, tierra, abre tu boca profunda y trágale vivo, como devoras la sangre de este buen rey, a quien asesinó su brazo, guiado por el infierno!

    GLOSTER.- Señora, ignoráis las reglas de caridad, que exigen devolver bien por mal y bendecir a los que nos maldicen.

    Ana, enseguida, lo insulta, lo contrasta con su deformidad física y moral y también lo escupe. Pero Ricardo, inmutable y cínico, va en dirección de su imposible trofeo. Dice Ana: ¡Permite, monstruo infecto de hombre, que te maldiga en esta ocasión por tantos crímenes comprobados! (…)- ¡Infame asesino, cuyo odio no puede concebirse, para ti no hay otra excusa sino que te ahorques. (…) Conque ¿no mataste al rey?

    GLOSTER.- Os lo concedo.

    ANA.- ¿Me lo concedes, puercoespín? ¡Entonces, que Dios te conceda también que seas condenado por esta acción maldita! ¡Oh! Era gentil, dulce y virtuoso.

    GLOSTER.- ¡El elegido para el Rey del cielo, que lo conserve!

    ANA.- ¡Está en el cielo adonde tú no iras nunca!

    GLOSTER.- ¡Que me agradezca, pues, el haberle enviado! ¡Había nacido para esa mansión más que para la tierra!

    ANA.- ¡Y tú no has nacido para otra sino para el infierno!

    GLOSTER.- O para un lugar bien distinto, si queréis que os lo diga.

    ANA.- ¡Algún calabozo!

    GLOSTER.- Para el lecho de vuestra alcoba.

    ANA.- ¡Que el insomnio habite la alcoba donde reposes!

    GLOSTER.- Así será, señora, hasta que repose con vos.

    Aunque parezca increíble, tamaño desparpajo obtiene su premio. Ella va a sus dolientes aposentos tras muchos llantos y no pocos insultos, y lo invita a Ricardo a unirse deliciosamente en el lecho. En la ocasión él celebra su triunfo con impar ironía: “¿Se ha hecho nunca de este modo el amor a una mujer? ¿Se ha ganado nunca de este modo el amor de una mujer? ¡Lo obtendré, pero no he de guardarla mucho tiempo! ¡Cómo! ¡Yo, que he matado a su esposo y a su padre, logro atraparla en momento del odio más implacable de su corazón, con maldiciones en su boca, lágrimas en sus ojos y en presencia del objeto sangriento de su venganza, teniendo a Dios y a su conciencia y a ese ataúd contra mí! ¡Y yo, sin amigos que amparen mi causa, a no ser el diablo en persona y algunas miradas de soslayo! ¡Y aún la conquisto! ¡El universo contra la nada!”

    Nunca cesará de asombrarme el arte infinito de Shakespeare; en su voz todo es posible, y por serlo, resulta verdadero.