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    Despenalización del aborto (II)

    La solidaridad virtual. Hay una solidaridad virtuosa y una solidaridad virtual. La primera es una solidaridad encarnada, que tiene a una persona concreta o grupo humano determinado como receptor. De parte de la persona solidaria, exige dar algo de lo que no sobra: típicamente tiempo o dinero, o ambos. Si es genuina se realiza de forma silenciosa, sin exhibiciones, minimizando las segundas intenciones.

    Y luego tenemos la solidaridad virtual. Hace tiempo quería alertar sobre esta creciente amenaza, pero fue el debate social en torno a la legalización/despenalización del aborto lo que me motiva a hacerlo ahora. En estos días muchas veces he escuchado decir cosas como: “Pero en el caso de una niñita pobre de 12 años violada por su padrastro y que engendra un hijo con malformaciones, ¿no te parece que ahí el aborto debiera estar despenalizado?”.

    Más allá de que el argumento es anacrónico porque la ley vigente desde 1938 ya despenaliza el aborto en caso de violaciones y de riesgos de salud, y plantea la posibilidad de la despenalización también en casos de angustia económica, no es en ese punto en que me quiero detener. Lo que me genera malestar y preocupación es la aplicación extendida e inconsciente de la solidaridad virtual. Quienes argumentan del modo que explicaba recién creen hacerlo por razones solidarias. Pero su solidaridad no tiene por destino ningún caso cercano que conozcan ni por el cual se desvivan, sino que es una construcción mental en base de retazos de hechos y episodios escuchados por ahí. Es solidarizarse con un hecho doloroso pero imaginario, lo que implica que la persona no se ve obligada a hacer nada por subsanar la situación dolorosa, pues no sabe dónde habita el benefactor de su sentimiento fraterno. Sin embargo, la solidaridad virtual permite justificar mediante una situación sensacionalista y extrema la aplicación generalizada de un determinado procedimiento, incluso reconocido como intrínsecamente malo. Y el hecho de que el aborto se aplicaría tanto para el caso de la pequeña niña violada como para aquella que ahorra para comprar un nuevo auto pasa así a volverse algo que no incomoda tanto.

    En el fondo, el mayor peligro de la solidaridad virtual es que hace a las personas sentirse bien consigo mismas haciendo poco o nada por los demás. De este modo, se ahoga el sano inconformismo, motor interno movilizador y transformador de las realidades sociales. Vivimos en un tiempo en que la gente se siente “socialmente comprometida” por votar a un determinado partido político cada cinco años. Y se erigen en portavoces oficiales de los pobres, justificando en su nombre y por su bien todo tipo de iniciativas. Mientras tanto, en el quinquenio que transcurre entre sufragio y sufragio, la pobreza y la marginación continúan creciendo de costado y reclaman más barro en los zapatos y menos sentimientos solidarios.

    Juan Pablo Tosar

    CI 4.422.955-7

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