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    Diálogo de revoluciones

    Columnista de Búsqueda

    N° 2066 - 02 al 08 de Abril de 2020

    El Ensayo de las revoluciones (Londres, 1797) es el primer trabajo publicado por Chateaubriand. Fue escrito en Londres, donde apareció en 1797. La idea general del libro es que la Revolución francesa no es una experiencia absolutamente nueva en la historia de la humanidad y que presenta analogías singulares con la historia de los pueblos antiguos. De su vasto plan publicó solo dos libros, el primero dedicado a las revoluciones republicanas de Grecia, el segundo a Filipo y Alejandro.

    No hay nada sorprendente en esta curiosidad de Chateaubriand por la revolución y tampoco en su interés de redescubrir su base histórica y filosófica a través de los siglos. Desde su regreso de Estados Unidos no solo había sido testigo sino actor de la gran tragedia que se estaba desplegando en ese momento. Alistado entre los emigrantes y en el ejército de los príncipes —séptima compañía bretona— vistió con orgullo el color azul real con sus solapas de armiño embistiendo contra los soliviantados revolucionarios que se atrevieron a tocar el orden multisecular que era su mundo y sobre el que pretendía construir su existencia. Sobre esta parte más o menos heroica de su vida, sobre este fuego de restauración y de personal arrojo patriótico, se distrae bastante, tal vez demasiado, en sus Memorias de ultratumba.

    El alegato sobre el daño de las revoluciones pasó casi completamente inadvertido en Francia; allí apenas sabemos nada sobre el libro, excepto un artículo que es, además, digno de elogio de un republicano francés; pero hizo sí un poco de ruido en la crítica inglesa y en el mundo de la emigración. En 1812 bonapartistas enojados exhumaron el Ensayo para atacar a Chateaubriand y oponerse a sus críticas. Después de haber sido incapaz de reimprimir su libro libremente y en su totalidad, debió esperar a la edición de sus Obras Completas, en 1826, para presentarlo completo, y todavía añadirle un párrafo crítico con notas en las que se reprochó a sí mismo con una vivacidad a veces impaciente. Veamos: “¿Qué pretendí probar en el Ensayo? Que no hay nada nuevo bajo el sol y que encontramos en las revoluciones antiguas y modernas los personajes y las características principales de la Revolución francesa. Sentimos cuánto de esta idea, llevada demasiado lejos, debe haber producido reconciliaciones forzadas, ridículas o extrañas”. Está claro que la idea del círculo en el que gira perpetuamente la humanidad es mucho más cercana a la idea cristiana que la idea racionalista de un progreso recto como se imaginó desde el siglo XVIII.

    Hay que entender que esta pieza juvenil es mucho más un libro de dudas que un libro de verdadera negación o de combate, como tal vez quiso serlo. Además de gastar muchas páginas donde la fuerte influencia de las doctrinas enciclopédicas se extiende de manera bastante ingenua sobre largos tramos del discurso, hay otras —y estas son las más notables— de una inspiración completamente diferente, de un ardor y un entusiasmo animados por los sentimientos religiosos, a los que atribuye buena parte de los méritos del gran pasado que en su ensueño pretende conservar. Estas últimas páginas deben ser leídas como lo que son, es decir, como los primeros bosquejos de su obra magna El genio del cristianismo, ese perfectísimo esfuerzo intelectual que en un estilo holgado y pletórico de recursos plásticos busca diferenciar y jerarquizar las pautas centrales y originarias de nuestra civilización.

    Historiador, periodista, panfletista de temer, memorialista profesional, Chateaubriand persigue continuamente, desde este trabajo de 1797 hasta las invictas Memorias de ultratumba, una reflexión sobre las formas de gobierno, la libertad, la evolución de las sociedades y las ideas. Enemigo del absolutismo, del despotismo de cualquier signo, partidario de un sistema representativo y de la libertad de expresión, este monárquico esperó un futuro republicano moderado y un rey legítimo que encarnara la tradición. Pero fue más lejos y más hondo en sus consideraciones: más allá de los sistemas políticos estableció que el cristianismo sigue siendo el apoyo supremo, la esperanza de la causa de la libertad y de la buena convivencia en las sociedades. Ante el progreso tecnológico que determina el advenimiento de una sociedad puramente material, frente a la disolución del antiguo orden europeo, solo el cristianismo, pensó, puede regenerar la sociedad, dar a luz al futuro.