N° 1984 - 30 de Agosto al 05 de Setiembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo abrevó en la corriente del primer tango clásico —el añejo de Firpo o Canaro— ni se alineó con los renovadores que siguieron la evolución de Julio de Caro. Fue diferente a todos y, sin embargo, un músico impar.
Una sola prueba: una noche de 1935, en un cabaré, al oírlo tocar por primera vez, Juan Carlos Cobián, nada menos, se levantó, aplaudió y exclamó: —¡Este es nuestro mejor intérprete de piano!
Según García Blaya, “combinó la cadencia rítmica del tango con una estructura armónica en apariencia sencilla pero llena de matices: en su esquema no existieron los solos instrumentales, salvo algunos contracantos de violín, mientras el piano mandaba y los bandoneones trabajaban la melodía en un rol esencialmente rítmico y milonguero”.
Carlos Cayetano di Sarli, que de él estoy escribiendo, pudo haber nacido en Montevideo pero el destino, casi a último momento, cambió el rumbo. Su padre, el inmigrante italiano Miguel di Sarli, viudo y con tres hijos, se radicó entre nosotros, volvió a casarse con la uruguaya Serafina Russomano, hermana del tenor Tito Russomano, y tuvo otros seis hijos; los primeros cuatro —Miguel, José, Nicolás y Domingo— aquí nacieron, pero los otros, Carlos y Roque, vieron la luz en Bahía Blanca, adonde el inquieto peregrino peninsular viajó para instalar la que fue una próspera armería.
Carlos di Sarli nació el 7 de enero de 1903 en la provincial ciudad sureña y su vida fue breve, creativa y compleja.
Un accidente dañó su vista a los 13 años y desde entonces debió usar esos lentes negros que le caracterizaron y que muchos malentendieron como una pretensión de divismo. No fue poca cosa: tal malentendido, asumido por el dueño del mítico café Germinal, hizo que Di Sarli, ya en Buenos Aires, no pudiese actuar allí.
Mucho antes, todavía niño, se enamoró de la música e hizo estudios completos: su primer maestro fue el párroco del colegio Don Bosco de Bahía Blanca y luego lo pulió Enrique Guzmán. Lo curioso es que ambos lo iniciaron en la música clásica y, más que por lo popular, querían que fuera capturado por Chopin, Beethoven y Bach. Pero fracasaron: el muchacho, rebelde y con apenas 16 años, junto a un amigo guitarrista, comenzó a tocar tangos en cafetines de los suburbios y la zona portuaria; a uno de ellos debió llevar el piano de su casa porque allí no había. Es en esa época que compone su primera obra, Meditación, a la que pondría letra José de Grandis y que nunca grabaría.
Después, el torrente: una gira por la Pampa y provincias como Córdoba, Mendoza, Salta y San Juan; el regreso a su ciudad natal, donde ya se sentía reconocido, y la formación de su primer conjunto; en 1923, el viaje crucial a Buenos Aires para tocar primero con Anselmo Aieta y luego con el violinista Juan Pedro Castillo y el trío de Alejandro Scarpino, hasta encontrarse, deslumbrado, con Osvaldo Fresedo, a quien admiraba, que mucho influyó en su estilo, al que dedicó Milonguero viejo y de quien fue pianista tres años, cuando decidió formar su primer sexteto, a fines de 1927. Hasta 1958 tuvo varias agrupaciones, estrenó con Tania Soy un arlequín, de Discépolo, al que, en sus inicios, supo pasar a partitura sus tangos —por ejemplo Yira, yira—, actuó en los principales escenarios y radios y grabó más de 150 composiciones en las más destacadas discográficas.
Y como autor tuvo una fineza poco común: Bahía Blanca, Verdemar, La capilla blanca, Corazón, Juan Porteño, Bien frappé y Nido Gaucho, entre otros tangos, certifican esta convicción.
Quizás su tiempo más glorioso, en la década de 1940, haya sido cuando tuvo como cantor a Roberto Rufino y dejaron en placa una versión inigualable de Tristeza marina.
Carlos di Sarli murió demasiado pronto, el 12 de enero de 1960, privando al tango de un aporte distinto, elegante, disfrutable, tanto para escuchar como para bailar.
Fue un hombre cálido, culto y profundamente melancólico, de pocos enojos que diluía en la música. Debió soportar que en un medio supersticioso como el porteño fuera tildado de “mufa”, así como Pugliese, sin pretenderlo, era llamado “medallita de la suerte”: aún se discute si fue por el uso de aquellos lentes oscuros o por rumores que esparció Julio Jorge Nelson, durante años su glosista y con quien terminó enemistado.
La única verdad inmortal es que fue un artista diferente, respetado, casi aristocrático en un mundo a veces vulgar, a quien nunca se llamó de otro modo que “don Carlos”, “señor” o “maestro”.