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    Discusiones tontas

    N° 2006 - 31 de Enero al 06 de Febrero de 2019

    Es tonta la discusión, que aún se alimenta, sobre si el tango nació en Montevideo o en Buenos Aires. Si es verdad que vio la luz, en un proceso lento, entreverado y con múltiples influencias hasta su forma definitiva, también lo es que no hay pruebas a la mano, de rigor documental, que aseguren el “aquí” o el “allá”. La cosa se ha zanjado por consenso, anotando en el certificado natal un sitio más amplio: las dos capitales del Río de la Plata.

    También es tonto el enojo que persiste entre algunos uruguayos, aferrados a la idea de una suerte de conspiración para dar prioridad a todo lo que ocurre en la Argentina y, como consecuencia, despreciar los aportes autóctonos. Es patético, más que absurdo, ignorar las razones por las cuales, se hable de lo que se hable acerca del tango, casi siempre el escenario ha sido el país de enfrente: sea por la mayor difusión, sea por la emigración al ámbito porteño de cientos de uruguayos más tarde creadores de prestigio de la música popular, sea porque allí brotó la mayoría de las obras que han perdurado a lo largo de una historia de dos siglos.

    Pero estas tonterías son enormes. Y causan la tentación —que no resisto— de analizarlas, con un único ejemplo, usando la desmemoria ajena.

    Enrique Saborido, el famoso autor de la música de La morocha, con letra de Villoldo, el primer tango en dar la vuelta al mundo, nació en Montevideo.

    Claro, como Aróztegui, como Eusebio Gobbi, como Canaro y tantos otros próceres, llegó niño a la gran ciudad del otro lado del río. Después de estudiar y formarse como músico y bailarín —esta, curiosidad que pocos recuerdan— compuso su tango más exitoso, no el más elaborado, y que tuvo más influencia instrumental en quienes vinieron atrás, en 1905. La mujer de Gobbi, la chilena Flora Rodríguez, hizo la primera grabación y más de mil placas fueron enviadas en un viaje de la fragata Sarmiento, cual obsequio a dejar en cada puerto donde amarró.

    ¿Por qué tantos uruguayos han olvidado que en 1907, el montevideano Saborido hizo Felicia precisamente en nuestra capital, adonde viajaba seguido para actuar en diversos escenarios, con un recitado —no llegó a ser letra porque su métrica no se corresponde con la melodía— de otro coterráneo, Carlos Mauricio Pacheco, celebrado autor de sainetes como Don Quijote de la Pampa, Los reos y Don Costa y compañía y obras dramáticas como Los disfrazados?

    Usted, lector, preguntará: ¿y cuál es la importancia de Felicia?

    Dejo paso a una voz más autorizada que la mía, la de Raúl Garello: —Es el antecedente más antiguo de un recurso técnico, la introducción en contratiempo con arpegios descendentes, una suerte de ostinatto inicial, que reaparecerá nada menos que en Gallo ciego, de Bardi, en A fuego lento, de Salgán y en Zum, de Piazzolla. Y yo mismo lo usé en mi tango Bien al mango.

    ¿Qué uruguayo común, que gusta del tango, recuerda Felicia? Bueno, y qué decir de su historia e importancia en la evolución de esta música.

    Saborido lo imaginó, y esa misma noche lo escribió, mientras veía bailar en un cabaré a su amigo Pacheco con su esposa Felicia Ilarregui. A la noche siguiente lo estrenó en un solo de piano.

    Este diálogo fue documentado por Irene Amuchástegui:

    —¡Qué lindo tango! —dijo la señora Ilarregui a Saborido.

    —Uno nuevo, de mi cosecha.

    —¿Cómo se llama?

    —Bueno… hasta ahora no tenía nombre. Pero, si usted acepta, la designaré madrina del tango. Entonces se llamará Felicia.

    —Qué honor, amigo Enrique… Con gusto.

    Según Oscar del Priore, “uno de los más bellos y originales tangos de la Guardia Vieja”.

    Tiene todo para la inmortalidad y sin embargo… Hasta el autor, procurando mejorar algo que ya era bueno, en 1927 modificó la marcación rítmica de dos por cuatro a cuatro acordes por compás y añadió una armonía de violín para la primera parte: esto hizo que, después de una placa anterior de Vicente Greco, además de la suya, hubiese varias grabaciones antológicas entre las que vale rescatar a Juan D’Arienzo y su orquesta, el cuarteto de Roberto Firpo, la orquesta de Francisco Canaro, el Quinteto Real de Horacio Salgán y el Sexteto Rítmico Moderno de Mariano Mores.

    Un dato que intuyo interesante para el cierre. El final del recitado escrito por Pacheco tiene mucho que ver con lo expresado al comienzo:

    Ya no tendré aquellos rojos / tintes de mi aurora, / aunque quizás se atesora / toda su luz en mis ojos./ Ya nunca veré mis playas / ni aspiraré de las lomas / los voluptuosos aromas / de mis flores uruguayas”.