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    Distinta vara para medir y pegar

    Cuando voy a trabajar y atravieso Giannattasio, veo por la ventanilla incesantes muros pintados de amarillo y negro, metáforas del tipo “carbón y oro” y declaraciones de amor que otrora solo inspiraran la patria o Dios. Qué adoración.

    Días atrás Peñarol estuvo de cumpleaños. Mientras mirábamos embobados el eclipse, masas violentas invadieron Pocitos.

    Los vecinos aterrados llamaron a la Policía. Las líneas “colapsaron”. Los hinchas tomaron piedras de volquetas y las incrustaron en casas, ventanas, coches, comercios, semáforos y toda suerte de patrimonio público. No me hubiera gustado estar en el asiento del acompañante del auto en cuyo techo durante diez minutos cuatro desaforados estuvieron saltando.

    Ahora que tenemos una Policía vestida de primer mundo, con sus escudos, sus cascos, sus chalecos, sus cámaras ocultas en la ropa que filman en alta tecnología el delito del desacatado, era de esperar que al día siguiente quienes sembraron el terror en el barrio más densamente poblado de la ciudad estuvieran presos.

    No fue así. La nube de barras bravas se disolvió con el eclipse. No hubo pruebas según la Justicia y así los destructores de la propiedad pública y privada se volvieron a sus barrios con una sonrisa en sus labios. Impunes.

    Al día siguiente, sin embargo, en los medios, el “gran delito” continuaba siendo la ocupación del Codicen y la intrusión de grupos radicales en los reclamos estudiantiles y docentes.

    El Ministerio del Interior, fiel a su estilo tecnológico, preparó un video donde, como en un manual de instrucciones, un policía explicaba la acción del cuerpo aquella discutida noche. Un video editado, producido, meditado, guionado.

    Me pregunto si los jóvenes lastimados que vivieron aquellas horas impúdicas han producido un video con su versión, aunque un poco más casero. Busco. Hay algo en Youtube. Muy poco.

    La respuesta oficial sería que no hubo estudiantes atacados por la Policía, por lo cual nadie tendría nada para filmar con sus celulares.

    ¿Podría yo defender mi celular frente a un pavoroso gigante munido de escudo, palo y con cabeza acrílica de extraterrestre? No. Ese ejército preparado para la lucha contra el narcotráfico debió dar mucho miedo a un apiñado conjunto de estudiantes y docentes, con sus camperas baratas, su ropita de fuste, con sus celulares temblando en la mano.

    Para el Poder, el gobierno, los medios sensacionalistas, encontrar el Mal en esos estudiantes y “acompañantes” ha sido imprescindible para borrar lo que realmente es deprimente: una educación pública herida por la mala gestión, por los sueldos miserables, por la falta de inversión.

    Pero, en cambio, la violencia que se cernió vestida de amarillo y negro sobre Pocitos, pasó de largo.

    Para el Poder, las barras bravas, los pastabase, son resultado de la crisis del 2002. Víctimas de la miseria. No hubo palos para Peñarol.

    Los palos del Poder están reservados para jóvenes no frenteamplistas. Cuánto odio. ¿Seguimos la ruta de Venezuela?