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    Donde las águilas se atreven

    “Quemar los días” o las memorias de James Salter

    Emociona hasta las lágrimas. Es la autobiografía del norteamericano James Salter (Nueva York, 1925) y tiene la fuerza, la sensibilidad y la épica de una gran novela. Qué digo: de una impresionante novela. Toda una vida, desde sus inicios juveniles en la academia militar de West Point y sus vertiginosas experiencias como piloto de combate en la Guerra de Corea, hasta su decisión de convertirse en un escritor. El mundo desde las nubes, los despegues al amanecer con temperaturas bajo cero y los aterrizajes al atardecer, la vuelta a casa, que forzosamente es más cálida. Los ríos como arterias azules y verdes, los campos cuadriculados. Las batallas contra los Migs, que se resolvían a una velocidad difícil de precisar en un tablero de mandos. El respeto entre los enemigos, una vieja tradición de las fuerzas aéreas. El olor a la gasolina, a la euforia y el miedo. El cielo y las aguas, que por la noche tienen el mismo color. Las horas de espera en los hangares, las bromas con los otros pilotos, la camaradería y también la envidia. París, Roma y Londres a pie, en automóvil junto a una hermosa mujer cuyo pelo se mece al viento como el de Isadora Duncan. La casa de sus amigos escritores después de la cena, cuando la sobremesa es ganada por la evocación de tormentas en la literatura, coñac, cigarros y miradas furtivas. Noches claras y también oscuras. Oficiales caídos, mujeres que esperan. Lo que la memoria le ha llamado a plasmar con un furibundo espíritu romántico y una escritura seductora, poética, envolvente. Es la enorme catedral que construyó un hombre, que a su vez agradece a todos quienes le acompañaron en los andamios, en cada piedra colocada, en cada artesonado, en cada vitral de sus recuerdos.

    Algunos merecen ser nombrados. Ases del aire como el piloto Amell, que en su último aterrizaje, una tarde en Michigan, debió improvisar una maniobra arriesgada para evitar el choque contra otros aviones que despegaban. Dio una vuelta de campana con su aparato al costado de la pista y murió.

    Como White, un atleta que hacía todo bien, uno de los mejores combatientes del escuadrón, luego convertido en astronauta gracias a sus extraordinarias aptitudes. Murió en un accidente ocurrido en la plataforma de Cabo Cañaveral en 1967. “Quedó reducido a cenizas”, apunta Salter.

    Como el intrépido Philip Colman, piloto de caza con varias medallas, experto en derribar Migs, que entre tantas proezas de disparos, fintas a las otros aparatos y explosiones en el aire, efectuó un aterrizaje forzoso sobre las vías del tren y se deslizó por ellas como dice el manual, pero le agregó la elegancia de un esquiador, de un estilista. Escuchamos el sonido del metal contra el metal que se va perdiendo en notas agudas y vemos su rostro en la cabina, imperturbable detrás de los sucios lentes de aviador.

    Una legión de tipos curtidos al bronce, que saben lo que es girar bruscamente a la velocidad del sonido por encima de las nubes y abrirle un boquete al enemigo. O de pronto sentir un calor insoportable en todo el cuerpo porque te han dado alcance y tu cabina está al rojo vivo, que paradójicamente tiene el color de llamas blancas, un espectáculo para ser contemplado por otros ojos y desde muy lejos. Pilotos que son mucho más que una campera de cuero y lentes Ray-Ban.

    El propio Salter revive un aterrizaje forzoso efectuado con la mayor dignidad posible en las cercanías del pueblo Great Barrington, Massachusetts. La noche cerrada, el vuelo cada vez más bajo y las casas cada vez más cercanas, el sonido de los árboles al rozar el fuselaje del avión, el impacto contra una chimenea, el desprendimiento de un ala y la mirada de asombro de los habitantes de la casa que quedó sin techo cuando fueron al encuentro del piloto magullado. En sueños posteriores, dice Salter, el ala se desprendería incontables veces.

    El escritor se pone de pie y escribe maravillosas líneas en recuerdo a todos sus viejos camaradas, porque más allá de desentrañar qué es la amistad, en estas páginas la literatura los ha convertido en sus amigos: el que cayó en picado a bordo de un P-51; el que se estrelló contra una fosa de coral; el que perdió un ala como un pájaro herido; el que desapareció de todos los radares como si lo hubiese tragado la tierra.

    Quemar los días es lo que algunos definirían como una auténtica tragedia americana. No habla de banderas ni de países. No habla de política. No saca conclusiones ejemplares. Habla de heroicismo, pérdidas y fatalidades en hombres concretos. Una escritura que mantiene el ritmo de una lluvia pertinaz, constante, con las múltiples variaciones y dibujos que forman las gotas al deslizarse por el vidrio de una ventana. La literatura como imagen y también como música.

    Un buen día Salter decidió abandonar la insoportable levedad de las alturas y concentrarse en la tierra. Tenía claro que deseaba cambiar su vida y hacer otra cosa, y presentó renuncia como militar. El superior de turno se la aceptó y tiró de mala gana la hoja con la firma en una bandeja. Otro expediente de deshonra. Otro soldado arrepentido. Así comenzó una nueva vida como escritor, con pasos ligeros y dubitativos al salir del edificio castrense y perderse por las calles sin un pensamiento concreto, como si a partir de esa ensoñación sin rumbo ya se configurara una forma de escritura.

    Antes de ser cuentista (“Anochecer”, “La última noche”) y novelista (“Años luz”, “En solitario” y “Juego y distracción”, entre otras), Salter fue guionista. En compañía de productores independientes que buscaban financiación para películas de autor, recorrió el viejo continente. Vivió en Roma y en París, ciudad a la que vuelve una y otra vez en su memoria y que, según un amigo de Salter, tiene tramos que se pueden recorrer sin que las calles dejen de tener nombres de escritores y poetas.

    Fue amigo del novelista Irwin Shaw y del productor Christopher Mankiewicz (sobrino de Herman e hijo de Joseph). Conoció a Vanessa Redgrave, Laura Betti, Federico Fellini, Roman Polanski y Sharon Tate, para hacer la lista corta. Y las historias que cuenta de esta gente son tan apasionantes como las de sus compañeros aviadores. Es la pluma de un artista capaz de transformar un momento etéreo en imágenes talladas a cincel. No habla de su esposa y apenas de una de sus hijas, que murió en un accidente. Los silencios y las elipsis también son significativos.

    En la solapa del libro abundan los elogios del tipo “obra maestra”, “escritor extraordinario”, lo “que todo el mundo debería leer antes de morir” y cosas por el estilo. Casi siempre son argucias editoriales y exageraciones. No en este caso.

    “Quemar los días”, de James Salter. Salamandra, 2013, 446 páginas, $ 480.