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    Dos escenarios

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2207 - 5 al 11 de Enero de 2023

    A principios del siglo V se cernía sobre Atenas, así como sobre toda la Hélade, la amenaza de la conquista persa. Los reyes persas, que se autoproclamaban señores de “todos los hombres desde el amanecer hasta el ocaso”, ya habían ampliado sus fronteras asiáticas desde el Indo hasta Libia y desde Arabia hasta el Helesponto. Frente a un enemigo formidable con sus poderosas fuerzas navales y terrestres, los griegos lograron superar sus diferencias internas y unirse para rechazar a los persas. La lucha por la libertad y la independencia de toda la Hélade estuvo dirigida por Atenas y Esparta. Esquilo luchó y resultó herido en Maratón, donde el ejército ateniense infligió la primera derrota a los persas. En la misma batalla su hermano murió cuando, persiguiendo a los enemigos, intentó sujetar con la mano un barco persa que salía de la orilla. También Esquilo revistió en Salamina, donde la flota persa fue derrotada de modo ignominioso y estuvo en la batalla de Platea, donde en el 479 los persas sufrieron una derrota final.

    La tragedia Persas se representó en 472 como parte de una tetralogía, junto con otras dos tragedias: Phineas, Glaucus y el drama satírico Prometeo, creador del fuego. Aunque no había ninguna conexión temática ni anecdótica entre las piezas, esta serie le dio a Esquilo la victoria en el concurso de poetas y dramaturgos de ese año.

    Una característica importante de este drama es que no se basa en un mito, sino en un hecho histórico genuino. Es cierto que Esquilo no se fijó el objetivo de una reproducción detallada de los hechos históricos, lo que pudo haber hecho porque estuvo allí. Esquilo explica la derrota de los persas en Persas por el mecanismo habitual de la supuestamente justa retribución divina: el desmedido amor al poder y el inmenso orgullo del rey persa Jerjes nunca podrían ser premiados, y para recordar este mal uso de la libertad los dioses enviaron a la lívida Ate, figura que llegó a tener fuerte protagonismo en el destino de las figuras heroicas y también en la suerte varia de los hombres comunes; los griegos supieron respetarla desde tiempos muy antiguos, legendarios a juzgar por lo que testimonia repetidamente Homero, quien cuenta que en su misión llevó tanto a los dioses como a los hombres a acciones precipitadas y al consiguiente sufrimiento. Esquilo afirma que la tarea predilecta de esta oportuna diosa consiste en vengar las malas acciones e infligirle proporcionales castigos a los ofensores y a su larga posteridad. Y es por eso que Jerjes perdió la decisiva batalla que sería el principio de la decadencia de su imperio, retando al orden mundial establecido: condujo a los persas a la Hélade, convirtió el mar en tierra seca y ató con cadenas el libre Helesponto.

    Para administrar justicia, los dioses eligieron a los griegos y determinaron que Salamina fuera el primer lugar de retribución. Fuera del escenario, en el puro teatro de operaciones de la guerra ocurrió que, en efecto, su enorme ejército viajó al estrecho de los Dardanelos (Helesponto), que separaba Asia de Europa. Para llevar rápidamente a su ejército a Grecia, ordenó la construcción de un impresionante puente de barcazas a través del estrecho de 1,2 kilómetros para que el ejército pudiera cruzar más rápidamente al territorio enemigo. Toda una osadía podría haber sido una proeza de no mediar una despiadada tormenta de vientos huracanados, de olas muy altas, de lluvia incesante que al cabo de unas pocas horas destruyó el puente y ahogó a varios de sus valerosos soldados. Enfurecido con el mar, Jerjes ordenó a sus soldados que lo castigaran azotándolo con cadenas 300 veces y pinchándolo con hierros al rojo vivo. También se arrojaron esposas al agua para simbolizar la sumisión del mar a su autoridad. Finalmente, ordenó la decapitación de los ingenieros detrás de la construcción del puente.

    Dice Heródoto que Jerjes no se amilanó por el fracaso ni retrocedió ante su propia furia, pues luego de este castigo ejemplar al mar mandó que más de 600 barcos fueran atados con cuerdas de papiro y lino, para finalmente cerrar la brecha entre los continentes. El cruce del estrecho llevó al ejército de Jerjes siete días y noches, aunque todo fue en vano: los persas sufrieron una trágica, abrumadora derrota.

    Esquilo se introduce tras las líneas persas para entender la asunción de ese terrible fracaso.