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Buenos Aires, 1963. Subo la escalera de una casa de altos en Tucumán 676 y entro a un salón donde hay quince o veinte mesas redondas para cuatro o cinco personas. En total, menos de cien personas. El espectáculo que comenzará en unos minutos exige consumición así que las mesas han sido previamente llenadas de bebida y predomina el whisky Criadores. Me toca una mesa de la segunda fila. Apenas seis o siete metros separan mi mesa de la tarima para los músicos. Aparece Astor Piazzolla con su quinteto: Osvaldo Manzi (piano), Quicho Díaz (contrabajo), Antonio Agri (violín) y Jorge López Ruiz (guitarra eléctrica). Un silencio eclesial inunda el lugar. Arranca la música; miro hacia los costados y hacia atrás y veo a varios hombres como en trance, escuchando con los ojos cerrados. Más que un concierto parece una misa con una platea de acólitos.
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Montevideo, 1980. El Centro de Artes y Letras de Punta del Este trae al Teatro Solís a Astor Piazzolla acompañado por los Solistas de Punta del Este bajo la dirección de Dante Magnone Falleri. Hacen la Suite del Este para bandoneón y orquesta, compuesta por encargo del referido Centro, que habían estrenado pocos días antes en la Catedral de Maldonado. Después del concierto, Vera Heller, presidenta del Centro, ofrece una cena en su casa. En un extremo del living comedor está Piazzolla con algunos de sus músicos. Me acerco y me presento. Se corre, hace lugar y me invita a sentarme. Empezamos a charlar de música, de todo tipo de música. La charla dura apenas cinco o diez minutos hasta que la dueña de casa invita a pasar al comedor a servirse. Me levanto para liberarlo y entonces me dice: “No, pibe, quedate que se ve que vos entendés y la charla está buena”. Como atontado por lo que acabo de escuchar, me siento nuevamente. Pero entonces viene una señora, le tiende la mano y se lo lleva al comedor.