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    Dramas de la vida pandemiana

    No es broma

    Como todo buen abuelo, Fortunato sabe que estos son tiempos de colaboración, ayuda y buena disposición en la familia. Por eso, cuando uno de sus hijos le recordó que dejaba el seguro de paro parcial y volvía al trabajo, supo que debería ocuparse de la jornada de sus nietos Julieta, de 9 años, y Pablito, de 14, porque la mamá de los niños también trabaja. O sea, entre otras cosas, le tocaría supervisar y entretener durante la jornada a dos alumnos respectivamente de tercero de escuela y segundo de liceo. Y solito, porque si bien Fortunato está jubilado su esposa trabaja ocho horas fuera de casa.

    Los niños fueron cariñosamente depositados por sus progenitores a las ocho de la mañana, y a las ocho y media la abuela, antes de salir para el trabajo, les había preparado un rico desayuno.

    Minutos después Fortunato intentó conectarles a los niños las computadoras portátiles que cada uno había traído, pero, como suele ocurrirle, se enredó en numerosos “enter”, “insert”, “delete” y “display”. Mascullaba en voz baja su frustración, cuando Pablito le dijo: “Dejá, Abue, que yo las conecto”, y en dos minutos las dos pantallas florecieron resplandecientes esperando el contacto con sus jóvenes usuarios.

    —Yo hoy arranco con el profe de matemáticas, pero es flor de boludo con los datos del Zoom, siempre se demora en aparecer, pero ya estoy acostumbrado —dijo Pablito, a quien Fortunato le pidió que no dijera esas palabras feas delante de su hermanita.

    —Abue, eso que él dijo no es nada con lo que dice en casa —comentó la niña—, a mí todo el tiempo me dice boluda, y me manda a la mierda…

    —¡Bueno, nena, déjalo por ahí! –cortó en seco Fortunato, apreciando que Julieta ya estaba conectada por Zoom con su maestra de tercer grado—. ¿Vas entendiendo bien lo que ella te dice? —agregó solícito Fortunato.

    —Sí —replicó la niña—, pero no me hables más porque, si no, no entiendo lo que ella me está diciendo —sentenció la pequeña.

    Fortunato entendió que debía dejarlos solos a los peques, viendo que se manejaban con bastante soltura, y se sentó en su famoso sillón, pero esta vez, como era de mañana, se dedicó a leer el diario.

    En eso la ve pasar a Julieta rumbo a la cocina.

    —¿Dónde vas, nena? —inquirió el abuelo, a lo que la pequeña le dijo que iba a buscar las galletitas que habían quedado del desayuno—. ¿Y podés comer galletitas en clase? —preguntó curioso, a lo que la nieta le respondió que siempre comía galletitas en clase, y que la maestra también comía durante la clase, y a veces además se tomaba una coca a media mañana.

    El diálogo fue interrumpido por Pablito, que a voz en cuello le preguntó al abuelo si lo podía ayudar.

    —¡Claro! –replicó, Fortunato—, ¿qué precisás?

    —Abue, estoy trancado con el teorema de Bolzano, tengo que resolver un problema, y no me acuerdo bien si lo de la raíz en el intervalo era cuando la función de los extremos era entre signos iguales o distintos… ¿Cómo era?

    Fortunato solo conocía al Tito Bolzano, que había sido compañero de trabajo de él hacía mil años, y que hacía unos asados de maravilla, y jugaba al truco como un campeón, pero estimaba que no tenía nada que ver con Bernard Johann Placidus Bolzano, un matemático checo del siglo XIX que le saltó en Wikipedia cuando conectó su tablet y arrancó para ayudar al nieto.

    En eso Pablito le dijo: “Dejá, Abue, ya lo encontré, pero ahora estoy complicado con el teorema de Rolle, porque no sé si la función F es continua o no en el intervalo cerrado a.b. y diferenciable en el intervalo abierto”.

    Fortunato se tomó la cabeza con las manos, porque sentía que su tierno nietito le estaba hablando en chino, por más que el teorema pertenecía a Michel Rolle, un matemático francés del siglo XVIII.

    Pero no fue necesario volver a zambullirse en Wikipedia. Pablito dijo que el profesor les había dado media hora para resolver los problemas y además tomarse un recreo de diez minutos. Lo vio al nieto muy activo con el teclado y el mouse y le preguntó si estaba trabajando en la solución.

    —No, Abue, ahora arranqué primero con el recreo, y estoy en un videojuego con unos amigos, derribando naves enemigas, ¡está buenísimo, mirá!

    Pero Fortunato no pudo ir a mirar nada, porque Julieta arrancó a llorar, y él corrió junto a ella a preguntarle qué le pasaba.

    Julieta le contó entonces que su compañerita de clase Fabiana le había dicho en pleno Zoom de la clase que era una torpe porque había sacado diez faltas en el dictado y se había atrasado en entregar una redacción. La maestra la había rezongado a Fabiana, pero Marcelo, otro de sus compañeritos, había gritado que Fabiana tenía razón, y todos se habían reído de ella.

    Fortunato la consoló y le trajo un vasito de coca y más galletitas, que la niña deglutió entre sollozos, lo que él aprovechó para preguntarle a Pablito cómo iba con los teoremas, pero el adolescente estaba enganchado en el videojuego hacía ya 20 minutos, por lo que le gritó que dejara de jugar y se pusiera a trabajar con los deberes de la clase.

    Julieta seguía llorando, y Pablito seguía jugando, y Fortunato agradeció que vivía en una planta baja porque, si no, estaría considerando en tirarse al vacío desde una ventana.

    En eso llegó la esposa, que siempre venía a almorzar a su casa, y puso un poco de orden en aquel caos pandémico.

    La ayudó a Julieta a retomar la calma y a Pablito a retomar sus obligaciones académicas, y les prometió arroz con leche para el postre después del almuerzo.

    Y Fortunato supo que esa noche, a diferencia de tantas otras, no se sentaría en su sillón después de la cena para ver el informativo de cierre. Se iría directamente a la cama, a dormir como un lirón.

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