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    Dreamland

    Si hay algo que ha ingresado en mi vida para darme felicidad, es Netflix.

    Las series que nos ofrece son entretenidas, y las hay para todos los gustos. Históricas, políticas, románticas, de acción, policiales, y lo que se les ocurra.

    En lo personal, me he enganchado en los últimos días con una serie muy interesante, y me veo uno o dos capítulos por día, sin perderme detalle.

    Se trata deDreamland”, cuyo argumento se basa en un grupo de personalidades, gobernantes, empresarios, trabajadores, de un país indeterminado, llamado como la propia serie, pero que se ve pobre y digno. El enorme contingente de viajeros de Dream­land visita países ricos y poderosos en procura de atraer inversiones y negocios para lograr hacer progresar a la tierra que tanto aman.

    Todos los viajeros, sin excepción, aparecen diariamente en palacios gubernamentales, cámaras de comercio, instituciones públicas y privadas de los países desarrollados por los que van circulando, promoviendo negocios de gran interés.

    Todos ellos están impecablemente vestidos, uno casi ni los distingue de los anfitriones, con elegantes trajes oscuros, camisas blancas y corbatas lisas de colores vivos, rojas, celestes, azul marino. Las damas, por su parte, lucen vestidos sobrios y elegantes, y se destacan por la corrección de sus modales y civilizada gestualidad. Llegan y se van en enormes limusinas que los gobiernos o las instituciones anfitrionas ponen a su disposición, y pronuncian en todos lados conceptuosos y alentadores discursos y/o exposiciones.

    Son casi todos maduros, de cabelleras grises o blancas tersamente acicaladas, y tan solo los más jóvenes (o menos viejos) lucen atuendos más ligeros, y alguna camisa desabotonada bajo el nudo de la corbata, que no falta nunca, como por ejemplo la del líder y conductor de los sindicatos de Dreamland, que aparece una y otra vez en situaciones risueñas y amistosas con los líderes empresariales que también forman parte del grupo, demostrando la armonía y simbiosis existente en Dreamland entre patrones y trabajadores.

    Los actores con una participación más visible en esta serie están encabezados por el presidente de Dreamland, un veterano intérprete que encarna a un médico oncólogo y experiente político llamado Tabby Vazk, un ciudadano comprometido con la economía de su país pero también con la salud de su pueblo. En cada una de sus intervenciones, discursos y presentaciones, el presidente Tabby Vazk describe la brillante y auspiciosa situación de Dreamland, un país seguro y confiable, acogedor y amistoso, donde, según él mismo lo destaca, los inversores extranjeros pueden circular sin autos blindados ni guardaespaldas, porque nada les va a pasar en un sitio tan seguro y apacible, pero también, agrega siempre, libre de humo de tabaco y de marihuana, por más que haya una ley en Dreamland que despenalizó y liberó la venta y el consumo del cannabis, pero sin fecha cierta para su entrada en vigencia.

    En Dreamland, recomienda Tabby Vazk, se puede invertir sin riesgo ni desconfianza. La economía funciona a las mil maravillas, las empresas del Estado son rentables y confiables, y cuando apareció un déficit fiscal considerable, el experto en manejos presupuestales complejos, el vicepresidente de Dreamland, el Licenciado Rauly Sendit (que no forma parte de la delegación porque quedó al frente del gobierno en Dreamland) explicó urbi et orbi que ello se debe a la redistribución de los fondos públicos entre los más pobres y desamparados, evitando que, a diferencia de lo que ocurre en otros países de la región, “haya viejitos tirados en la calle”. Cuando el presidente Vazk cuenta esta anécdota (cosa que reitera en cada visita) se ha visto a duros y recios hombres de gobierno y de negocios de los países visitados dejar caer una lágrima de emoción.

    Otro notorio protagonista de esta serie, que lo acompaña desde hace años al presidente, es el ministro de Economía de Dreamland. Aquí también el rol es interpretado por un actor canoso pero de larga y versátil cabellera, y responde al nombre de Danny Astor. Este personaje toma la palabra siempre después de la exposición presidencial, y, respaldado por proyecciones de cifras en grandes pantallas, le asegura a la concurrencia que en Dreamland la presión fiscal es mínima, y que quien invierta en este país verá florecer sus inversiones sin riesgo alguno, viendo borbotar sus utilidades sin tener que soportar cargas fiscales abusivas o expropiatorias.

    En esta serie trabaja también el actor Vick Rosie, quien encarna al ministro de Obras Públicas de Dreamland, y a quien sus allegados llaman amistosamente “Eltoto”. Él procura conquistar a los inversores para invertir en unos cientos de vías férreas que complementen los más de 3.000 kilómetros que ya posee Dreamland. Apenas unos 300 kilómetros más, y así verán ustedes —les dijo a los inversores privados de uno de los países visitados— que por esas vías surcarán modernos trenes y por las autopistas circularán los modernos camiones, transformando en más riqueza los fondos que ustedes inviertan en Dreamland, esta promisoria y pacífica tierra, no solo rica en producciones, sino poseedora de un pueblo laborioso y sacrificado, que trabaja con denuedo en aras de su progreso.

    Para los que vemos la serie, estos episodios son un consuelo que nos distrae con tanta bonanza y felicidad en algún país del mundo, aunque sea de fantasía, porque cuando apagamos la tele nos encontramos con el cierre de Fanapel y del Molino Dolores, los homicidios y la violencia familiar, las rapiñas, los muertos por balas perdidas por los combates entre pandillas de narcos, los alejamientos de empresas extranjeras del sector lácteo o del automotor porque los sindicatos mandan más que los mandos gerenciales, las amenazas de más paros en la docencia, la quiebra de Alas Uruguay y el despilfarro de las “inversiones” del Fondes, el déficit de Ancap que no termina, el tarifazo de los entes del Estado, el aumento del desempleo, el tira y afloja de los fondos de los judiciales a los que el gobierno no les quiere pagar lo que la Justicia condenó a pagar, y hasta el robo de grúas de 120 toneladas en el puerto, en plena luz del día.

    Gracias, Netflix.