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Entre 1964 y 1966, cuando en Uruguay había un segundo gobierno colegiado blanco que enfrentaba grandes problemas económicos y de gobernabilidad, y mientras el continente se radicalizaba entre el comunismo y las teorías militares que alentaban las dictaduras en plena “Guerra Fría”, la Embajada de Estados Unidos en Montevideo cumplió un rol protagónico en la disuasión y contención de las “reiteradas amenazas de golpe de Estado”. Esto se debió, entre otras cosas, a “la convicción” que tenían los diplomáticos norteamericanos de que no habían en el país “golpistas aceptables”.
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De acuerdo a una investigación realizada por la historiadora Clara Aldrighi y que será publicada en las próximas horas, la misión diplomática del país norteamericano consideraba que “los militares con voluntad golpista carecían de talento”, y que “los civiles que les apoyarían (carecían) de confiabilidad política”.
La información fue extraída de los 138 documentos inéditos del Departamento de Estado, desclasificados y recopilados en el libro “Estados Unidos y Uruguay 1964-1966. La diplomacia de la Guerra Fría”, que registra conversaciones reservadas entre políticos uruguayos y diplomáticos estadounidenses en los años previos al golpe de Estado de 1973.
En uno de los despachos diplomáticos, fechado el 5 de diciembre de 1964, el entonces embajador norteamericano Wymberley Coerr opinó: “No hay golpistas aceptables a la vista”.
“Por lo tanto, cualquier golpe sería prematuro y arriesgado”, agregó.
Ese mismo año, un “mensaje conjunto de los agregados militares” norteamericanos consideró que existía una “muy pequeña posibilidad” de que existiera un golpe de Estado planificado por las Fuerzas Armadas, cuyos integrantes fueron calificados como “pasivos de naturaleza y espíritu”
“Varios documentos publicados en este libro comprueban que los embajadores Coerr y Henry Hoyt y el conjunto del Country Team se movilizaron resueltamente para desalentar las conspiraciones golpistas”. En particular, “influyeron sobre sus posibles protagonistas” y urgieron “a los partidos Nacional y Colorado” a “gobernar con responsabilidad”, indica la escritora.
El libro se centra en los procesos que protagonizaron las relaciones bilaterales de la época y evidencia la frecuente consulta de esos diplomáticos con los principales políticos de la época, entre ellos los ex presidentes (en ese entonces diputados) Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle, Zelmar Michelini, Alberto y Mario Heber, entre otros actores de relevancia.
Buena parte de los cables revelan que la Embajada de Estados Unidos influyó a la hora de disuadir los “constantes intentos” de “intervención de (el régimen militar de) Brasil en asuntos internos” y que no veía con buenos ojos la “promoción” que desde el país norteño se hacía de un golpe. También se relatan las posturas del gobierno uruguayo ante el enfrentamiento con Cuba y las presiones de Estados Unidos para que ese país rompiera relaciones diplomáticas con la isla. Además, se hace alusión a los constantes intentos de Estados Unidos por construir un “consenso” entre los políticos uruguayos respecto a una reforma constitucional para transformar el “excéntrico” gobierno colegiado —”que impedía gobernar con eficacia”— en un régimen presidencialista.
“Conversadores”.
En varios cables diplomáticos enviados desde la Embajada en Montevideo, los funcionarios del gobierno de Estados Unidos analizaron la situación política, social y económica de la época.
En un documento del 28 de agosto de 1965, los diplomáticos explicitan su relacionamiento con políticos de todas las fracciones y aseguran que “el problema de la Embajada” no era “depender de un pequeño número de contactos, sino más bien el de seleccionar de los muchos posibles los más valiosos, y cuidar que estén atendidas las más significativas facciones”. Además, califican a Uruguay como “una nación de conversadores”.
“Mantenemos contactos bastante equivalentes con las distintas fracciones de los dos mayores partidos políticos. Todas son receptivas a nuestros pedidos de información, tanto por sus amistosas relaciones con la Embajada, como por el hecho de que Uruguay tiende a ser una nación de conversadores”, escribieron.