N° 1815 - 14 al 20 de Mayo de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáBajo el título El extraño caso de la señorita V, la temprana Virginia Adelina Stephens escribe uno de los cuentos que anticipan lo que serán sus obras mayores. Si bien es una exigua pieza de apenas dos páginas esta que data de aquel memorable verano de 1906 en la que disparó la euforia de su creación literaria, se trata de un esbozo casi perfecto o directamente perfecto del juego de transparencias que será característico en su discurso más maduro, más meditado, más deliberado. Hasta el momento Virginia había flirteado con la idea de escribir cuentos, pero siempre la pasión por discutir o por hacer patente sus ya irreductibles convicciones entorpecía su propósito o acababa por distraerla en productos inorgánicos, dispersos, sin una básica unidad comunicativa y expresiva.
Se ve que por esta época aquella joven de veinticuatro años que ya insinuaba soledades sin cura y angustias desmedidas, pero que también rendía tributo a la buena educación positivista que había recibido en su alocada casa de intelectuales de clase alta, tenía más interés por asuntos genéricamente conceptuales y polémicos, más ligados a la observación social que a la indagación psicológica.
Virginia Woolf pasará a la historia con legítimo título no tanto por sus ideas, sino por las regiones profundas que su alma ha conseguido entrever, por revelar mediante imágenes o silencios intencionados o ritmos narrativos ciertas zonas secretas o laterales o inesperadas de la sensibilidad femenina y de la relación desconcertante entre la verdad de los sentimientos y la ruda verdad de este mundo.
Este cuento que hoy quiero recomendar juega con esos elementos, los sugiere; pero a la vez se descansa en la reflexión, en la consideración de un asunto —el anonimato, la falta de un lugar en el mundo como resultado de la indiferencia ambiente— que observa como signo destacado de los nuevos tiempos. Los afortunados lectores de Orlando no tendrán esfuerzo en reconocer en este texto el lejano punto de partida del aliento de crasa multitud anónima, de masa, que se respira en los últimos capítulos de esa novela.
De la señorita V nadie sabe nada porque a nadie le importa, porque no significa exactamente nada para nadie. La inexistencia no es una cuestión ligada a la biología sino que en todo punto es de índole social: se es en la medida en que se es para otro; no hay ser en sí sino ser en la conciencia que nos devuelve el otro. Cuando habla de la señorita V, la narradora nos dice que una historia así, de inexistencia, “solo es posible en Londres”. No así en el campo, concluye con toda mala fe hacia sus contemporáneos y vecinos, donde la vida tiene otro relieve, donde el ser se levanta por sobre el paisaje de la naturaleza y no pierde, como ocurre en la gran urbe, entre la vasta aglomeración de seres apurados y sin rostro. La señorita V “en el campo podría haber sido la mujer del carnicero o el cartero o del Pastor; pero en una ciudad tan civilizada el civismo de la vida humana se reduce al mínimo espacio posible. En la ciudad el carnicero distribuye su carne por el vecindario; el cartero echa sus cartas en el buzón, y se sabe que la mujer del Pastor arroja misivas pastorales en la misma y conveniente ranura: no hay que perder un momento, dicen todos. Y así, aunque nadie come la carne, lee las cartas, ni obedece las observaciones del Pastor, los demás no se enteran. Hasta que un buen día estos ciudadanos deciden tácitamente que se atenderá más al número 16 o al número 23. Se lo saltan en sus rondas, y la señorita J, o señorita V, queda fuera de la cadena de la vida humana y olvidada de todos para siempre. La facilidad con que semejante destino puede acontecer a cualquiera indica que es realmente imprescindible hacerse valer para no ser pasado por alto. ¿Cómo podría nadie volver a la vida si el carnicero, el cartero y el policía decidiesen ignorarlo?”
El obispo Berkeley unos siglos antes había enseñado que el ser externo a la conciencia es una ilusión, que aquello que llamamos conocimiento de algo es puramente conocimiento de nuestra idea; ser, dijo, es ser percibido.