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Pero no me pierdo nada que tenga que ver con el coronavirus.
Me imagino que a muchos de ustedes les pasa lo mismo, así que no voy a entrar en muchos detalles. Para qué les voy a contar lo que ya saben…
Pero he orientado mi información de hoy al tema más apasionante de estos tiempos que corren (tan lentamente, pero corren): la vacuna contra el bicho.
Hace unas semanas, cuando andaba con la bilis alta, comenté en esta columna que no entendía por qué miércoles los chinos, los gringos, los tanos, los franchutes, los gallegos, en vez de anunciar que estaban en la carrera desenfrenada para descubrir la vacuna, y que ya estaban ahí, que casi la habían encontrado, no se juntaban y sumaban los cerebros y los esfuerzos en vez de competir. Pero se ve que así no funciona el mundo.
Por eso puedo adelantarles algunas investigaciones que vienen bien perfiladas para salvar el planeta del ataque de la pandemia de la coronita maldita.
Por ejemplo, científicos de la Universidad Lumumba Forever del Congo, encabezados por el epidemiólogo Kandongo Matabichembe, analizan un compuesto químico de hierbas de passiflora cucurbitácea, hervidas en sopa de tortuga alimentada con hidroxicloroquina al 20%, sazonada con granos de pimienta (negra, claro), que ya ha sido experimentado en primates catarrinos previamente infectados con el coronavirus. Si bien la mortandad todavía es alta (97%), se les ha extraído sangre a los sobrevivientes, la que viene siendo analizada con el fin de inocularla en humanos que han dado positivo para curarlos, y con la sangre de estos hacer la vacuna, aunque las autoridades sanitarias del Congo aún no han dado los permisos pertinentes.
Por su lado, en Wuhan (China), donde todo parece que empezó —aunque el gobierno norteamericano todavía no ha culminado sus investigaciones de inteligencia para acusar al gobierno chino ante la Corte Internacional de la Haya—, un grupo de hombres de ciencia —y mujeres de ciencia también, claro—, encabezados por el infectólogo Chin Pun Fuela, estudian la posibilidad de crear una vacuna consistente en devolver el coronavirus de los humanos a los animales. Utilizando cadáveres de chinitos mueltos pol infección del Covid-19, estos valientes científicos trabajan en la morgue de Wuhan procurando devolver el coronavirus de regreso a los murciélagos. A estos animalitos se les alimenta con nutrientes vitaminizados y además se les inyecta el ADN de los humanos que murieron infectados, procurando crear así una superraza de murciélagos positivos del virus pero inmunizados, de manera que la gente pueda seguir tomando sopa de murciélago, o comerse unos murciélagos a la parrilla, sin correr el riesgo de infectarse.
En los Estados Unidos, el Institute for Quick Solutions de la Universidad de Delaware, financiado por el Partido Republicano, analiza la creación urgente de una vacuna que permita que la pandemia termine antes de las elecciones de noviembre. El presidente Trump ha ofrecido al grupo de trabajo que analiza distintos compuestos químicos destinados a curar cuanto antes esta porquería que mata a tanta gente la posibilidad de comprarles el Premio Nobel de Medicina 2020, para lo cual ha entablado conversaciones con el Comité del Instituto Karolinska de Suecia, a ver cuánto le cobrarían por otorgarle el premio a sus científicos antes de las elecciones, aunque la vacuna no estuviera todavía en condiciones de ser inoculada masivamente.
Por su parte los italianos, que han sido duramente golpeados por la pandemia, tienen varios grupos de científicos trabajando en procura de la bendita vacuna.
En Milán hay uno de esos grupos, que trabaja en el Instituto Epidemiológico Lombardo, en extenuantes jornadas de investigación, que culminan diariamente en la cantina del instituto, donde los investigadores se reúnen en ateneo para discutir la marcha de los trabajos, mientras comen unos tallarines al pesto regados con unas copas de Sforzato di Valtelina, una variedad de uva Nebbiolo muy apreciada en esta región. A veces terminan la jornada conversando vía Zoom con sus colegas del Laboratorio Toscano de Investigaciones Avanzadas, mientras estos, desde su sede en Florencia, están reunidos en la cantina del instituto, descansando de otra jornada de intensa labor científica. Tras las novedades sobre el avance de la marcha en pos de la vacuna contra el Covid-19, los colegas toscanos les comentan que acaban de comer un Lardo di Colonnata generosamente regado con un Brunello di Montalcino, matándolos de envidia a los pobres colegas de la Lombardía que apenas comieron unos tallarines. Se estima que en Italia la vacuna podría estar lista para el 2025 como muy temprano.
En España, en cambio, la orientación científica en procura de la vacuna está fuertemente teñida por la convulsionada realidad política de la Madre Patria. Cuando un laboratorio dirigido por un especialista renombrado, que se sabe que es partidario del gobierno, el portavoz del Partido Popular hace declaraciones diciendo que lo que el gobierno procura es desarrollar la vacuna para proteger a los votantes de Sánchez, y que sin duda, cuando la descubran, será destinada a las regiones donde predominan los partidarios de la coalición socialista-comunista. Cuando los avances técnicos y científicos provienen de algún grupo comandado por un especialista, de quien se sabe que tiene simpatías por la oposición, sale el portavoz del gobierno a decir que se prepara una vacuna para inocular a los adherentes al PP, de manera que sigan muriendo socialistas, única manera de ganar las próximas elecciones. Ni que hablar que, mientras tanto, los catalanes dicen que ellos descubrirán antes la vacuna, pero que se usará exclusivamente en Cataluña.
Suerte que en Uruguay dependemos de que la vacuna la descubran otros. Que si no esta música española sonaría de una manera muy similar en nuestros oídos.