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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas ventas abiertas al desarrollo. Como no podía ser de otra manera, todos los medios de prensa uruguayos se hicieron eco de la muerte del talentoso escritor uruguayo Eduardo Hughes Galeano. Como lector de Búsqueda, estribo en el artículo de Silvana Tanzi y en la carta a los lectores de Gustavo Hernández Baratta de la última edición del semanario, para aportar vivencias y reflexiones respecto del desaparecido autor y de su legado ideológico.
Nos dice Silvana Tanzi que el escritor era “integrante del ala menos pudiente de una familia adinerada”. Sin pretender corregir esta ubicación, decir que el autor es tataranieto de Ricardo B. Hughes, prestigioso terrateniente del siglo XIX, cofundador y segundo presidente de la Asociación Rural del Uruguay e iniciador de una familia perteneciente a ese grupo de las seiscientas dueñas de la tierra en Uruguay, corazón de la oligarquía criolla y contra las que se alzó el MLN en los años ‘60.
Es que realmente, si queremos llevar la expresión de Tanzi a términos socio políticos, deberíamos decir que Eduardo Hughes perteneció a esos sectores sociales de origen oligárquico, que tempranamente acusaron recibo de la decadencia de su poder económico y político. Sigue la articulista contándonos como el británico, patricio y paquete “Hughes” dio lugar primeramente a un acriollado “Gius”, para luego desaparecer del todo en la denominación literaria con la que se conoce al autor.
Cantera inagotable de talentos valiosos al servicio de radicalismos, resentimientos y apoyo a revoluciones armadas, cuando no directamente de protagonistas de la vía violenta, resultaron ser estos sectores decadentes de la oligarquía nacional. Y por si alguno lo duda, que se detenga un poco a repasar el nomenclátor del sesentismo yorugua.
Un primer elemento que lo explica, resulta advertir que crecer en el seno de una familia con dificultades para llegar a fin de mes, escuchando un día sí y otro también las glorias pasadas, constituye un almácigo de resentimiento. Ante la imposible tarea de poder “repintar los blasones”, el atajo que se encuentra más a la mano es colocarse en las antípodas y repudiar todo lo que, una vez agotado el tesoro, no suele ser más que un conjunto muy vulnerable de tradiciones y frivolidades.
El problema es que el camino no termina allí, sino que allí es solamente por donde comienza, para culminar buscando los responsables de la desgracia, victimizándose uno mismo y, al hacerlo, definir a la nación y al continente como una gigantesca víctima de los otros, de las grandes naciones hegemónicas, del transcurso de los siglos, de los procesos de conquista y de todo lo que esté en la vuelta siempre que sea europeo o made in USA (tanto que hasta el Pato Donald y la Big Mac caen en la volteada).
Un enorme macanazo a la luz de vastas regiones (China Comunista, Vietnam, Chile, etc.) que comienzan a conocer el desarrollo económico abriendo su venas, sus arterias y su sistema nervioso central al comercio con las potencias capitalistas occidentales. Un enorme macanazo a la luz del estancamiento que provocó la cauterización proteccionista. Un enorme macanazo cuando los todavía defensores de la solución cubana pregonan (yo diría, confiesan) que la imposibilidad de comerciar con el “imperio yanqui” es la causa que justifica el fracaso social y la parálisis económica. Un enorme macanazo por el que muchos, luego de abrevar en él, agarraron “los fierros” condenándose a sí mismos y a todos aquéllos a quienes embarcaron en la aventura violentista.
Un segundo elemento que nos arroja luz a partir del origen oligárquico decadente proviene del concepto mismo de “oligarquía”, la que suele definirse, como aquel sector de la alta burguesía que, poder político mediante, conduce y lidera el destino de una nación. La oligarquía decadente perdió las posibilidades de conducir a su nación desde la óptica de sus intereses de largo plazo, pero en sus integrantes permanece desde su raíz cultural la vocación directriz. Esto hace que el resentimiento en el seno de la oligarquía decadente no se agote en la contemplación del mero fracaso individual y necesite de una comparsa dispuesta a todo, que le permita recuperar la práctica de esa irrenunciable vocación de liderazgo. Liderazgo para ejercer en el ámbito político, a través de la toma del poder y en el ámbito intelectual a través de la penetración cultural y el adoctrinamiento ideológico.
Finalmente, comparto el análisis de Gustavo Hernández Baratta, en su carta a los lectores. Comento simplemente que no podemos olvidar que “Las venas abiertas de América Latina”, como bien lo documenta Silvana Tanzi, ha sido un éxito editorial de enorme facturación y desde 1971 no para de venderse. No caigamos en el mismo error de Eduardo Hughes; no busquemos culpables. Él sólo escribió el libro. Fuimos los perfectos idiotas latinoamericanos los que lo convertimos durante décadas en nuestro libro de cabecera y en el Antiguo Testamento de otro gran macanazo que permanece lejos aún de ser superado en Sud América: la “Teoría de la Dependencia”.
Juan Pedro Arocena
CI 1.246.439-7