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    Ejercicios propagandísticos

    Sr. Director:

    Las distancias que deberemos recorrer para alcanzar el grado de sociedad integrada, trabajadora, educada, solidaria, se miden fácilmente en las prédicas partidarias electorales.

    Anotaremos algunos puntos, desde un observatorio aldeano.

    Asusta la extensión de las campañas electorales. Remarca una característica nacional sostenida durante dos siglos: las buenas gentes se entretienen confrontando en todas las áreas que las relacionan, sea deporte, agremiaciones, magistraturas, y, sobre todo, en la política. Desde luego, el país se salva por la gran calidad de otros sectores, ejemplo algunas ciencias, muchos emprendimientos que obligan al juego limpio, algunas figuras de las artes, algunos abnegados luchadores por la vida, las más de las veces olvidados por la historia.

    Resultados negativos: los dirigentes miden cada paso en función de la campaña. Los funcionarios del gobierno pierden tiempo, mucho tiempo, atajando penales, compareciendo en cámaras, explicando en la prensa. Es ambiente malsano.

    Alarman las dinastías políticas. La falta de conciencia en la base social, se ve en el detalle: anotemos apellidos sostenidos durante un siglo y medio, veremos siempre Batlle, Heber, Ramírez, Herrera, Saravia, y ya asoma la copia dentro del partido de gobierno con un apellido notorio. No tenemos monarquía, pero la sociedad necesita dinastías aristocráticas.

    La renovación etaria queda en otra vereda. El país la necesita, pero resulta imposible. Gentes trabajadoras, talentosas, la elite científica, huye de las querellas, se apartan de los partidos. Se apartan, o son apartados más o menos a empellones por quienes adquieren poder, así sea modestos funcionarios administrativos.

    Emergen gentes muy bien intencionadas quizá, pero lamentablemente ignorantes de la complejidad de una sociedad desigual, poco cultivada, en buena medida, absorbida por el pasatismo, el alcohol, y peleada totalmente con el esfuerzo impuesto en países civilizados: en países serios, la educación no se discute. Se hace y se renueva constantemente. El trabajo eficiente, asociado, produce placer y estimula a los ciudadanos. Los educadores no se agrupan para acusar y combatir, sino para dignificar su trabajo con sentido solidario.

    Los nuevos valores producen desencanto por ser portadores inconscientes de alguno de los males indicados. Fruto del desorden, consecuencia de la ignorancia de cosas elementales, mucha gente recibe con placer el discurso fácil, la promesa de arreglar todo rápido y rotundo. Hoy resplandece la improvisación de algunos jóvenes aspirantes. Un candidato promete erradicar “villas miseria” drásticamente, o reclama que funcionarios de alto nivel paguen de su bolsillo las pérdidas de empresas públicas o semipúblicas que fracasan. Una cosa pintoresca. Por un lado, el Estado gasta abundantemente para rescatar empresas fundidas, poco viables, y por otro, obligaría a pagar de su bolsillo a funcionarios poco culpables de las pérdidas de aquellas que cierran. Más bien, parece divertido carnaval.

    Otro candidato imagina una época feliz, antigua, que debemos reconstruir.

    “Uruguay tuvo un Estado de bienestar antes que Suecia”, dice una señora candidata.

    Tamaña afirmación es temeraria y perjudicial, alienta la idea de un pasado feliz, un tiempo bondadoso y gentil. Precisamente, los puebluchos miserables están descritos en la misma fecha en que se agotaba la vida de Batlle y Ordóñez, el presunto padre de la felicidad. Un magnífico documento presentado al gobierno en 1928 lo prueba, se trata de un libro dedicado al gobierno por un científico y trabajador social de alto nivel, el agrónomo Miguel Jaureguiberry. El problema es archiconocido, el libro “Orientaciones rurales y acción ministerial” tuvo el mérito de colocar la verdad en el centro de la esfera política, una verdad que había predicado en todo el territorio el mismo personaje, devoto servidor de la cultura en los campos.

    El problema, visto ahora, en 2014, es más comprensible aún: los integrantes del núcleo de la Mina, un grupo formado por diez o doce maestros, dirigido por Miguel Soler, año 1950, trabajó en medios muy pobres, llevando el primer esfuerzo conjunto, orgánico, apoyado por el Estado, para instalar cultura en los pagos a través de escuelas asociadas, ellas mismas víctimas de la soledad en los campos. Tal cultura incluía música, canto, periódicos, semillas, fertilizantes. Todo bien hasta que el Partido Nacional eliminó el programa, atendiendo razones de “alta política”, según palabras de un ministro, que desde luego, actuaba de buena fe, nadie pidió su procesamiento. Todavía la política no había bajado a los niveles del 2014.

    ¿Puede ignorar ese cuadro no tan distante, un académico uruguayo, candidato a la Presidencia del país además? ¿Qué clase de Estado de bienestar había sido fundado en el país, a la vista de dos pinturas tan expresivas, separadas en solo 20 años una de otra? Un libro reciente de un exmaestro, “De las sierras al mar”, ilustra el proceso de 1950; el maestro Raúl Olivera Silva hace un relato sencillo, sin pretensiones literarias.

    El país avanzó mucho en los últimos años, pero la desintegración social, la debilidad institucional, la falta de una burocracia eficiente y calificada, constituyen males enraizados muy profundamente. No los acabará un solo gobierno, tal vez no los resuelva un solo partido, sino el acuerdo de todos.

    No habrá soluciones profundas sin reordenar todo, los tres Poderes del Estado, y las instituciones intermedias.

    Otro candidato joven, administrador de una empresa del Estado con evidente objetivo promocional, prueba ambiciones personales acrecidas en proporción inversa a la maduración intelectual, al estudio tenaz, metódico, a la formación de equipos, indispensables en cualquier ámbito científico, pero desterrado por políticos apresurados.

    El país trabaja, una parte considerable del gobierno trabaja, el país en su conjunto mejora, empresas privadas juegan un rol esencial en la implantación de tecnologías, en capacitación de personal, en equipamiento, pero no alcanza.

    No podemos analizar todo lo posible, todo lo indispensable. Limitamos estas observaciones a marcar riesgos peligrosos, muy negativos, de esta campaña electoral, que lejos de ilustrar al soberano, intenta confundirlo, marearlo, para volver a colocarle viejos yugos, con camisetas viejas o nuevas.

    Anotaremos algunos datos de la vida actual.

    I- No habrá estado salvador, intervencionista a rajatabla, capaz de salvar al país. Ni siquiera un Instituto protegido generosamente, caso Instituto Nacional de Colonización, está en condiciones de implantar tecnología, equipamiento, estructura material en el campo, tampoco de ordenar eficientemente sus bienes. Sus 400.000 hectáreas seguramente no pueden lograr rendimientos parecidos siquiera al de empresas particulares bien tecnificadas. Se producen paradojas: un adquirente de campo tal vez ya no deba nada al Instituto, está en gestión de desalojo por razones aparentemente baladíes. Puede resultar en despojo liso y llano. Se trata de un productor eficiente.

    II- El latifundio, creado, explotado y “organizado” en papeles por la elite urbana, beneficiaria de la misma elite, solo cambiará por muy fuerte inversión privada. El Estado no cuenta con recursos financieros ni personal calificado para recuperar las tierras más pobres del país, aquellas de serranías crudas o de basalto, las que albergan a la mayoría de los latifundios. El mal es más grave aún: la población joven sigue atraída por la vida urbana. Hoy, se ven experiencias admirables: jóvenes familias reincorporadas al país, tras larga residencia en Europa, trabajan disciplinadamente en pequeños predios, obteniendo éxito en cría natural de aves, de cerdos, y prestando servicios, lo hacen a partir de aprendizajes formidables durante el tiempo de extranjería. Desde luego, no reclaman apoyos del Estado. Trajeron pequeños ahorros, labura toda la familia en forma compacta.

    III. Una referencia final al área política.

    Hemos mejorado notablemente en los comienzos de este tercer siglo de vida del pueblo oriental, pero solo la ilustración serena de los ciudadanos asegurará el futuro. Sin hacer balance sobre el gobierno actual, saltan a la vista algunas defecciones alarmantes. Primero, la posición egocéntrica del señor presidente, no formando equipos, o formando equipos con propósitos definidos de competencia, hablando de todo y sobre todo, preocupado excesivamente por asegurar su prestigio personal. Pierde autoridad real siempre. En segundo lugar, parece consolidarse el pacto de dos sectores del Frente, muy entrenados en el militantismo, muy apegados a la movilización permanente, capacitados para imponer líneas partidarias en corporaciones gremiales, deportivas, docentes. La parte mayoritaria de la sociedad queda en situación de rehén de tal militantismo. Minorías militantes adquieren poder burocrático desmesurado.

    Estos dos aspectos político-partidarios merecen, en la opinión de un simple observador, un llamado de atención a todos los ciudadanos, y en particular a los militantes de los dos sectores partidarios mencionados, para elevar la mira. Un enorme capital acumulado laboriosamente durante dos siglos puede ser hipotecado. El país ha sido derrotado muchas veces en su agitada historia de pujas menores. Por algo somos y hemos sido incapaces de poblar el territorio durante dos siglos. Males viejos, arraigados, no se curan con aspirinas, ni con parches. Como anotaba Quijano, el país se acostumbró al engaño, necesitaba el engaño, pero lo decía en 1970. Hemos avanzado bastante desde entonces.

    Silos Piedra Cueva Azpiroz