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    El 8M son tus hijas

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2114 - 11 al 17 de Marzo de 2021

    Los 8 de marzo no siempre fueron así. Fueron los movimientos de mujeres, en Uruguay y en el mundo, que recuperaron la fecha para visibilizarla como un día de lucha, un día por los derechos de las mujeres y disidencias. Es precisamente esto lo que la hace tan fuerte: que en apenas siete años la fecha pasó de ser para regalar flores y decir “¡feliz día!” a convertirse en uno de los eventos de mayor convocatoria social a escala global.

    Este año, la decisión de cómo organizarse no fue fácil. En un contexto de pandemia, las organizaciones tomaron estrategias diversas, y algunas prefirieron no convocar a una marcha por la principal avenida de Montevideo. Así, las mujeres se reunieron en forma descentralizada a lo largo de la jornada, en calles y plazas de barrios de los distintos departamentos del país. De algún modo, el contexto sanitario favoreció la territorialización del movimiento, algo que desde hace tiempo se venía percibiendo como una necesidad.

    A lo largo del día, se encontraron cientos de miles de mujeres de todas las edades, etnias y orientación sexual, empleadas y desempleadas, disidentes, víctimas de violencia machista, músicas, actrices, trabajadoras sexuales, estudiantes y docentes, madres, tías, hijas, sobrinas, primas y tantas otras. Todas se hicieron un momento para reunirse y conversar, porque saberse parte de un grupo tan grande significa una contención enorme. Eso es precisamente tomar conciencia de la dimensión política del feminismo: darse cuenta de que los problemas no son personales sino estructurales.

    Por supuesto, también faltaron muchas: las privadas de libertad, las manicomializadas, las que desaparecen para ser explotadas sexualmente, las víctimas de trata, las que por problemas de salud no pueden salir, las que no pudieron hacer paro y tuvieron que ir a trabajar, las que prefirieron cuidarse por la pandemia y acompañar por redes o conversando sobre el tema en sus entornos cotidianos. Finalmente, faltaron las que nunca fueron a la marcha, las que no están de acuerdo con las demandas realizadas y a las que el feminismo “no las representa”. Sin embargo, también ellas son el 8M.

    Porque el Día Internacional de la Mujer es mucho más que un recorrido por la avenida 18 de Julio. Lo que les ha permitido a las mujeres tomar las calles del mundo entero es dejar en evidencia la potencia del movimiento. Esa potencia es la que empuja, día tras día, para que las mujeres tengan más y mejor acceso al mercado de trabajo, a la educación, a una vida digna y libre de violencias y abuso, a salud, vivienda y alimento. Y eso no beneficia solamente a las que marchan, beneficia también a las que están en contra, a sus hijas y a la sociedad toda.

    La pandemia por Covid-19 dejó en evidencia y profundizó las desigualdades que enfrentan las mujeres en todo el mundo, tanto las pertenecientes a clases socioeconómicas bajas como las de clases privilegiadas. El confinamiento, el teletrabajo y la suspensión de clases agravaron las situaciones de violencia doméstica; las necesidades de cuidados aumentaron y recayeron principalmente en las mujeres; el virus aumentó el riesgo del personal de salud, que es en su gran mayoría femenino (85% del personal de enfermería en Uruguay es femenino); la crisis empeoró el acceso y calidad del empleo para las mujeres, agudizando la precarización (empleos a tiempo parcial, informales o con vulnerabilidades en términos de derecho a un empleo seguro y saludable), y aquellas que tuvieron que trabajar desde sus casas, lo tuvieron que hacer al mismo tiempo que se encargaban de la limpieza, cocina y cuidados.

    La pandemia generó también un recrudecimiento del sexismo y la discriminación a escala internacional (por ejemplo, el gobierno de Malasia aconsejó a las mujeres “reír tímidamente o hablar con un tono dulce” para mantener la armonía en el hogar y evitar las discusiones con sus maridos; algo similar se promovió, por ejemplo, en Chile, desde algunas iglesias evangélicas).

    Es por todas estas cosas que, a pesar del Covid, las mujeres se calzaron el tapabocas violeta y este 8 de marzo volvieron a salir a las calles, a gritar juntas para exigir al Estado y a la sociedad un compromiso real con la igualdad, para que todas puedan tener una vida digna. Y, como ponía uno de los carteles en la marcha, para “que la justicia no se hunda en el océano de la impunidad”.