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El Estado me hace una encuesta. El Amo pregunta. El Patrón, el Gran Jefe, el Dueño. Me envía sus espías. Tocan el timbre un día, de sopetón. La primera vez me negué a contestar y pronto me informaron que iba a ser multada con unas cuantas unidades reajustables.
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Así que esta vez hago pasar a la persona, con docilidad. Se sienta en el sofá de mi casa y empieza el cuestionario. En ningún momento se me dice si debo decir la verdad o no —¿hablo bajo juramento?— o si tengo la opción “no sabe, no contesta”.
Normalmente, las estadísticas sobre Uruguay me resultan disparatadas. Sugieren que Uruguay es maravilloso, democrático, transparente, que en comparación con tantos otros países es un excelente lugar para vivir, el más seguro, el más igualitario, el más sano.
A veces pienso que los encuestados mienten, o los encuestadores, o ambos. He escuchado que Uruguay sale tan bien parado en las estadísticas porque lo que nos rodea es aterrador, entonces nuestra corrupción resulta un juego de niños.
Con mis respuestas, el Amo hará sus estadísticas. Supongo que puedo inventar, pero no lo hago.
Pronto me preguntan si he trabajado al menos una hora en la última semana en forma remunerada. Si yo fuera una persona pobre y estuviera buscando desesperadamente trabajo, jamás consideraría que trabajar una hora a la semana iba a cambiar mi vida. Pero para quien elabora la encuesta parece que sí. ¡Una hora semanal es un buen trabajo!
Luego me preguntan si mi casa tiene suelo de tierra, de hormigón, si mi techo es de lata, si tengo un wáter compartido. Parecería, cuando contesto, que soy una afortunada. Con esa pregunta el Amo me está recordando que hay gente que vive infinitamente peor que yo. ¿De qué me quejo?
Cuando contesto que tengo casa propia, casi me siento una privilegiada mosca blanca en la negrura de la miserable humanidad.
Pero debo aclarar al encuestador que compré mi casa con ayuda del Amo. No desean saber si lo hice por mi capacidad de ahorro, con mi pluriempleo, con mi esfuerzo. Oh, no… Eso es trivial.
Así que no constará en las estadísticas que soy propietaria porque usé mi salario en ello, tras renuncias al consumo, tras muchas horas de trabajo. El Amo quiere escuchar que él lo hizo posible.
¿Ha oído hablar del sistema nacional de cuidados? Me toman por imbécil. Contesto que sí, pero agrego algo que no está previsto en la encuesta: ¡Ese sistema nunca será para mí, el Estado no me cuida, solo espera que le pague impuestos!
Y finalmente me inquieren cuánto gano. Me niego a decirlo. La cifra sería una mentira, porque parte de ese dinero se va presto para la DGI y otros tributos diversos.
Al día siguiente, me llaman por teléfono. Un esbirro del Amo. Me rezonga por no haber dicho cuánto gano.
Me defiendo: no me pueden hacer decir algo que no quiero. El hombre ironiza: Si el Estado quiere saber cuánto gana puede hacerlo.
Le corto en la oreja. Si el Estado ya lo sabe todo, ¿para qué gasta en encuestas?