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Tango, milonga, bolero, son, cha cha cha y otros géneros populares latinoamericanos se reunieron en la carrasposa garganta de Diego Ramón Jiménez Salazar el lunes 24 en el Auditorio Nacional del Sodre. “El Cigala” no necesita cantar temas propios. Sus personalísimas versiones son creaciones rotundas. Pone cuerpo y alma al servicio de su cante jondo y la canción muta radicalmente al pasar por su humanidad, y se vuelve nueva.
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Piano, contrabajo y una percusión híbrida ofrecieron un marco instrumental austero, una orquestación clásica del jazz a la que se sumó, de a ratos, la ondulante guitarra del valenciano Diego García —habitual socio de Andrés Calamaro en sus aventuras ibéricas—, quien se movió como un dorado en ese río manso que es la milonga pampeana y electrificó el aire con esa sonoridad hawaiana que da la palanca de trémolo, mientras El Cigala soltaba su duende sobre los versos del Martín Fierro.
Pero hubo más ingredientes en el cóctel, porque estos tremendos músicos transportan el dos por cuatro típico del tango —protagonista de la primera mitad del recital organizado por el Jazz Tour— a estructuras rítmicas más complejas, propias de los estilos caribeños. El precio a pagar por el artista en esta arriesgada empresa es la dificultad en el fraseo de algunos temas, a causa del insalvable desfase métrico; también paga la gente al intentar acompañar con palmas algunos clásicos, empresa que resultó imposible para el público uruguayo.
Luego de un tema instrumental a modo de prólogo, que hizo saber a los más de 1.500 presentes que la noche sería cosa seria, apareció el cantaor por un costado, vestido de traje oscuro y mocasines, como un guapo del 900. Sin decir agua va, hundió la primera daga: “Garganta con arena”. Las cartas estaban echadas. El gitano empezaba su concierto con un extenso repaso de “Cigala & Tango” —su último disco— y prepoteando al sonidista.
“Gracias por estar esta noche aquí conmigo y que Dios os bendiga”, saludó, y mientras la audiencia aplaudía, se retiró unos centímetros del micrófono y pegó un grito a un asistente tras bambalinas. Por más que vestía como un malevo, durante “Las cuarenta”, “El día que me quieras”, “Soledad” y “Nostalgias”, El Cigala hizo gala del plancha que lleva dentro. Y mejor no lo podría haber hecho.
A los gritos, con mala cara y gestos de divo, exigió más volumen y menos reverb en su auricular de retorno. Lo hacía entre verso y verso, mientras interpretaba los clásicos arrabaleros y le sonreía al público. Entre un tema y otro salía de escena, parecía que iba a trompear a alguien, y volvía elegante, con su vaso lleno de un trago anaranjado, con el tema ya iniciado, justo a tiempo para tomar el micrófono e iniciar los versos, como si nada. Aquel exceso típico de estrella no dejaba de ser entretenido. El Cigala ostenta un timing perfecto hasta en medio de un berrinche. Claro, a costa del pobre sonidista, que pasó las de Caín ajustando las perillas. Tan “sordo” estaba el vocalista en los primeros temas, que desafinó en más de un remate. Y el sonido hacia la sala también tuvo un comienzo desprolijo, pese a la excelente acústica del auditorio: demasiada reverberancia y una estática fastidiosa que embarullaba el silencio.
La primera sonrisa franca del flamenco, en “Tomo y obligo”, sobre el piano del catalán Jaime Calabuch —tan enorme musicalmente como en su anatomía— fue la señal de que ya no había problemas. Allí se produjo ese mágico instante en que el artista entra en calor y todo se incendia.
De inmediato regalaron una inolvidable versión de “Niebla del Riachuelo”, guiada por el contrabajo del cubano Yelsy Heredia, a juicio de este cronista el momento más inspirado de la noche, seguida de “Naranjo en flor” y “Los mareados”, que la chirriante guitarra de García hizo sonar como si pertenecieran a la banda sonora de una película de Quentin Tarantino.
Con “Historia de un amor” e “Inolvidable”, auténticos standard caribeños, El Cigala comenzó la segunda mitad, que alcanzó el cenit en “Vete de mí”, el tema que le valió la fama mundial y que le cala tan hondo hoy como cuando lo grabó hace una década, en su opus “Lágrimas negras”, junto a Bebo Valdés. No faltaron otros clásicos cubanos y mexicanos reunidos en aquella obra maestra, como “Veinte años”, “Corazón loco”, “Se me olvidó que te olvidé” y ese himno popular centroamericano que da nombre al disco y que en este caso se estiró con los solos de todos los músicos y permitió lucirse al percusionista Isidro Suárez antes de que el público explotara en una ovación.
El cantante complació los pedidos con “La bien pagá”, única excepción ibérica de la noche, y regaló una versión salsera de “Dos gardenias”, mechada con “Gracias a la vida”, en la que Calabuch arrancó aplausos con cada nota, mientras que Heredia, encendido, cantaba el estribillo a modo de mantra.
Después de improvisar una bulería al borde del escenario en el segundo bis, el gitano rústico y su banda cerraron, con “Amar y vivir”, del mexicano Vicente Fernández, un concierto inspiradísimo que emocionó desde la primera fila hasta al técnico de iluminación que trabaja en las pasarelas del cielo raso.