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    El “Flaco” Martínez

    Días atrás conversaba con un grupo de amigos, gente bien informada e inquieta. Hablábamos del caso “Fata” Delgado-Teatro Solís. Las opiniones estaban divididas entre los que sostenían que el Solís debe albergar cualquier clase de espectáculo y los que pensamos que el Solís es un ámbito para teatro, música clásica y ópera, mientras que los espectáculos populares deben dirigirse a otras salas, como la Zitarrosa o el Teatro de Verano.

    Dije entonces: “Eso es lo que quería y pensaba el ‘Flaco’ Martínez”, ante lo cual el desconcierto del grupo fue total. ¿Quién era el “Flaco” Martínez?, preguntaron todos.

    Les recordé que en el foyer del teatro, antes de su remodelación en tiempos del intendente Mariano Arana, había un busto que recordaba a Juan Miguel Martínez, con una leyenda en la placa del pedestal que recordaba su gestión al frente de la comisión que había reunido los fondos para la construcción del teatro, a mediados del siglo XIX. Nadie sabía quién había sido ese personaje.

    Les conté la peripecia de ese busto recordatorio, que es bastante original y profundamente injusta.

    Cuando se reabrió el teatro remodelado, en el foyer no se reubicó el busto del “Flaco” Martínez. Recordarán ustedes que el ala donde se ubicaba el Museo de Historia Natural, sobre Bartolomé Mitre, estuvo un tiempo en obra, y en ese lugar se instalaron unas boleterías provisorias. Un día, haciendo cola para sacar unas entradas, observé que un par de operarios estaban colgando un cartel en una de las paredes. Como no llegaban a la altura del clavo, uno de ellos se paró arriba de un objeto de la altura de un banquito y logró su propósito. Cuando bajé la vista, confirmé que el “banquito” eran el busto y el pedestal del “Flaco” Martínez, acostados y arrimados contra la pared. Me dio mucho fastidio, como se podrán imaginar.

    Después, en esa ala se edificó el coqueto Café Allegro, al que un día asistí para tomar un café. Cuando fui al baño, escaleras abajo, descubrí que el busto y el pedestal se habían reunido, y al “Flaco” Martínez lo habían reinstalado… solo que en un sótano, al lado de los servicios higiénicos.

    Juan Miguel Martínez fue un empresario poderoso, hombre de negocios, pero con inquietudes culturales. Encabezó un grupo de comerciantes y estancieros que crearon una sociedad anónima que emitió acciones, y en un Uruguay que había salido hacía pocos años de la Guerra Grande, logró que se construyera un teatro de estilo neoclásico, que se inauguró el 25 de agosto de 1856, con la ópera de Verdi Ernani bajo la dirección del maestro Luigi Preti-Bonatti. Pensemos que el Teatro Colón de Buenos Aires se inauguró recién en 1908.

    Lo que mis amigos tampoco tenían claro es que el Solís no fue siempre “de la Intendencia”, sino que fue un emprendimiento privado, que pasó al dominio público recién en la década de 1930.

    Fue fruto de la iniciativa privada, del entusiasmo, la voluntad y el dinero de varios empresarios encabezados por el “Flaco” Martínez, cuyo busto con la plaqueta recordatoria debería alejarse de la zona de los servicios higiénicos del café de al lado y regresar al sitial de honor en el foyer, en el que estuvo hasta la remodelación.

    Ignoro si la coincidencia de apellidos entre este entusiasta emprendedor del siglo XIX y el actual intendente podría determinar que el actual jefe comunal fuera descendiente del promotor de tan señalado emprendimiento.

    Lo sea o no lo sea, seguramente al intendente actual le costaría muy poco reivindicar al “Flaco” Martínez, reubicando su busto recordatorio en el foyer del teatro, donde lo habían puesto quienes le rindieron en su momento el justo homenaje a su gestión.

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