Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA fines de 2009, poco antes de la segunda vuelta electoral, uno de los contendientes a la Presidencia de la República, el Dr. Luis Alberto Lacalle —a la postre amplio perdedor ante el actual presidente— propuso, entre otras originales iniciativas, instalar baterías de sanitarios en los asentamientos irregulares para que los precarios habitantes de esos núcleos pudiesen higienizarse con cierto confort y regularidad, mientras se construían viviendas para mitigar la penuria en que viven esos conciudadanos.
Me apresuro a confesar, para evitar suspicacias, que en mi ya larga vida cívica he votado exclusivamente a dos partidos: el Partido Demócrata Cristiano y la Unión Cívica.
La intelligentzia y la izquierda vernáculas, con perdón de la redundancia, descalificaron por completo aquella iniciativa del Dr. Lacalle de instalar baños públicos en los asentamientos, ridiculizaron la propuesta y zahirieron al proponente con sarcasmos de grueso calibre. Por supuesto, apelaron a la fácil referencia del origen social del ex presidente y apretando el herrumbrado resorte del clasismo, concluyeron que la propuesta respondía a la ofensa que los aromas del cantegril, el basural y el carrito del hurgador, producían en la refinada pituitaria del proponente.
Fue eficaz, la crítica. Sumada a la despiadada reacción que suscitó aquella metáfora de la motosierra para talar el gasto del Estado, le costó a Lacalle miles de votos y acaso el balotaje, ganado con luz por Mujica en base a propuestas de macarrónicos contenidos demagógicos y populistas.
Cinco años después, estos últimos días, nada menos que el papa Francisco, epítome del humanismo cristiano y la solidaridad social, un hombre que no solo intenta cambiar a la Iglesia católica sino a todo Occidente y acaso al mundo entero, que aconseja a religiosos y laicos (Cf. su encíclica Evangelii Gaudium) que salgamos de la comodidad de nuestras casas y nos embarremos los pies caminando por los barrios menos favorecidos, este santo posmoderno que adoptó no solo el nombre sino la actitud de vida del poveretto de Asís, dispuso instalar duchas para los indigentes que viven, sin techo, en Roma, en el Vaticano, algunos en la propia Plaza de San Pedro, bajo la célebre columnata de Gian Lorenzo Bernini.
Por supuesto, la sugerencia del Papa fue ejecutada de inmediato y se han instalado duchas y baños para uso de los indigentes del Vaticano. Y varias parroquias romanas han adoptado la misma disposición, instalando también baterías de baños para los indigentes de sus jurisdicciones.
“En Roma siempre se puede conseguir algo de comer”, le dijo un indigente que vive desde hace diez años en la calle a un asesor del sumo pontífice. Y agregó: “Pero en cambio no encontraba dónde lavarme”.
Muchos indigentes romanos podrán, desde ahora y gracias al Papa, higienizarse en condiciones dignas.
Los indigentes uruguayos, en cambio, siguen, tal como hasta hace unos días los romanos, sin encontrar dónde lavarse, porque, como ya se dijo, aquella propuesta de Lacalle fue repudiada, burlada y olvidada.
¿Qué pasó, mientras tanto, estos últimos cinco años, con los asentamientos urbanos irregulares uruguayos?
Se multiplicaron; y las condiciones de vida de sus pobladores —son más de doscientos mil— empeoraron, si fuese esto posible.
Cuando ocurren cosas así, disculpe el lector la referencia personal, no puedo menos que pensar en mi madre. Murió hace veinte años pero cuando yo era un joven izquierdoso y petulante, ella integraba varias comisiones pro fomento del bienestar social y organizaciones filantrópicas diversas.
Los jóvenes de entonces, los años 60 y 70, pensábamos que estábamos llamados a cambiar el mundo radicalmente.
—Mamá —le reprochaba yo, que me sentía tan inteligente— la caridad y la indigencia van de la mano: una alimenta a la otra. Hay que cambiar las estructuras.
—Oh sí, oh sí —decía mamá—, tienes razón, pero mientras ustedes cambian las estructuras, lo que seguramente les llevará algún tiempo, permítanme ayudar y dar de comer a algunos que lo necesitan.
Así lo hizo casi hasta el fin de sus días.
Ella les dio ayuda, alimento y sobre todo amor a muchos que los necesitaban desesperadamente.
Y nuestros grandilocuentes cambios estructurales tendieron vigorosamente a cero, o peor aún, consolidaron las injusticias y ensancharon las asimetrías.
Hoy, gracias a Francisco, muchos indigentes de Roma podrán asearse con alguna dignidad. Y quizás evitar alguna infección y ciertas enfermedades.
Los indigentes de Uruguay, en cambio, no.
Porque la izquierda sigue entendiendo que las soluciones deben ser radicales. Si son parciales son “indignas”.
Y esperan quizá, ellos, los materialistas, que la solución caiga del cielo.
En cambio, el vicario del “Cielo en la Tierra” ejecuta soluciones terrenales e instala duchas aun sabiendo que no son soluciones integrales ni definitivas. Apenas les habilita a los indigentes la posibilidad de andar limpios por su triste vida. Es algo mejor que nada, ¿no verdad?
Álvaro Secondo Escandell
CI 1.174.509-9