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    El Papa y la libertad de expresión (II)

    Sr. Director:

    “Charlie Hebdo”, el Papa y la libertad de expresión. Es natural y esperable —aunque peligroso— que cuando ocurre un hecho abominable como la carnicería de París, condenable hasta el tuétano, la humanidad se sensibilice tanto que deje de lado por momentos la razón. Esa sensibilidad con la tragedia, sentida a flor de piel, nos hace humanos; nos actualiza en una humanidad que parecería tender a una digitalización desafecta. Sin embargo, también nos posiciona en una situación vulnerable porque en el juego dialéctico del bien contra el mal tendemos a abrazar toda causa que otros —los buitres— colocan sutilmente del lado de los agredidos (en este caso: de los masacrados). Es decir: los buitres logran que una vez instalado el sentimiento compremos ideas de manera casi inconsciente.

    ¿Quiénes son dichos buitres? Algunos analistas que dicen ver más allá y elaboran complejos análisis sobre el trasfondo político de noticias que han sacudido al mundo... como esta carta, tal vez. Tenemos, por ejemplo, el extremismo francés que agita en el aire los peligros de la inmigración y llama a un cierre de fronteras. Y por nuestras latitudes: aquellos que en plena cruzada contra la ley de medios (que no me entusiasma, pero no es el punto) esperan que el grito de “¡Libertad de expresión, libertad de expresión!” inflame los corazones cual versión occidental del “Allahu Akbar”. Se ha llegado al punto de convertir a Ahmed, el policía musulmán abatido, en un mártir de la libertad de expresión... cuando en realidad es un mártir del orden público; porque no se puede entrar a balazos a la redacción de un diario y es deber de un policía evitarlo (y no es por eso menos héroe).

    Retomando; algunos de estos buitres o de sus séquitos de intelectuales se sienten ahora escandalizados de que el papa Francisco, después de haber condenado enfáticamente los ataques de París —que tienen el agravante de ser asesinatos perpetruados en el nombre de Dios— saliera a aclarar que la libertad de expresión no puede entenderse tampoco como un derecho absoluto.

    ¡Chocolate por la noticia! Todo el mundo sabe —aunque ahora lo haya olvidado— que la libertad de expresión no es un derecho absoluto en el mundo occidental. No digo si debería serlo; no lo es: punto. Si lo fuera, leyes como las de antidiscriminación no tendrían sentido. Refresquemos un poco la memoria: no hace mucho la novel rectora de la Universidad de Montevideo realizó unas declaraciones a su semanario en las cuales se refirió a la homosexualidad como una anomalía. Inmediatamente se le presentó una denuncia de oficio por discriminación. Quienes ahora critican al Papa y son admiradores confesos del brillante “Charb”, a quien parecerían conocer desde antaño, ¿salieron acaso a defender a la rectora y a convertirla en un mártir de la libertad de expresión? Porque cierto que la denuncia penal fue desestimada... pero sí que enfrentó un implacable juicio social y laboral.

    La otra cara de la moneda es que, así como la libertad de expresión no es un derecho absoluto y termina donde comienza la ofensa pública y gratuita, tampoco puede entenderse que existe un derecho absoluto de determinados grupos (religiosos y no religiosos) a no ser criticados, incluso sarcásticamente. Por muy extremadamente sensibles que algunos grupos puedan ser, el derecho a criticar y a formar opinión pública tiene que ser defendido incluso por los criticados. ¿Dónde termina una cosa y empieza la otra? Eso será tarea de legisladores y sobre todo de los tribunales. También tarea de la gente, que en muchos casos optará por dejar pasar alguna que otra a efectos de mantener la misma convivencia pacífica que llevaría en una posterior instancia a hacer las denuncias pertinentes y clamar la intervención de la ley. Esa es la esencia de Occidente: no la libertad de expresión sin límites, sino la posibilidad de resolver pleitos y diferencias de manera civilizada, es decir, sin una metralleta.

    Juan Pablo Tosar

    CI 4.422.955-7