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    El Proceso

    3%, serie futurista de Netflix dirigida por el uruguayo César Charlone

    Lo más original de esta serie no está en su argumento, que atraviesa por los temas que en mayor o menor medida han preocupado siempre a los creadores de ciencia ficción. Lo atractivo es cómo 3% va desarrollando su trama que combina una “textura” brasileña imperfecta y algo casera, con las técnicas de producción de Netflix y la dirección de un uruguayo: César Charlone.

    La historia se enfoca en un futuro no tan lejano posapocalíptico y en una región indefinida de Brasil. Allí, grandes masas viven en la miseria y en el abandono, mientras que un grupo privilegiado se ampara en un microclima sin penurias, sin violencia, sin injusticia. Todos los años, una muchedumbre de jóvenes tiene la posibilidad de iniciar El Proceso: un conjunto de pruebas que los habilitará para acceder al “otro lado”, donde está el mundo feliz de Alto Mar creado por una legendaria pareja primigenia.

    Ellos saben que solo el 3% salvará las pruebas a las que serán sometidos, y que son rigurosas, crueles, inhumanas. Pero nada los detiene, porque su objetivo en la vida es salir de “este lado”, donde ya no hay esperanza.

    Creada por Pedro Aguilera, quien había hecho un cortometraje web en 2011 con esta historia, 3% es la primera serie producida y filmada en Brasil por Netflix, y Charlone el primer uruguayo en dirigir un producto de alcance global. Nominado al Oscar por la dirección de fotografía de Ciudad de Dios, del director Fernando Meirelles, Charlone también dirigió la fotografía de películas internacionales como Ceguera o El jardinero fiel. Además fue el director de las uruguayas La Redota y con Enrique Fernández de El baño del papa.

    La primera temporada de 3%, que se estrenó en noviembre, desarrolla en ocho capítulos un relato “coral” a través de un grupo de personajes en el que todos son protagonistas. De todas formas, hay algunas figuras más destacadas como la de Michelle (Bianca Comparato), una joven de 20 años que, en principio, es la heroína del grupo, y la de su oponente, Ezequiel (João Miguel), líder de la élite y encargado de llevar adelante El Proceso.

    Entre ellos, están los personajes que aportan dramatismo a la trama: Fernando, un muchacho en silla de ruedas que no quiere ningún privilegio para pasar las pruebas; Joana, una muchacha agresiva y con un gran peso en su conciencia, y Marco, nacido para ser un líder nato, aunque las pruebas lo van cambiando.

    Y después están los otros, los que se mueven como ratas en harapos entre calles de tierra, casas en ruinas, muros semidestruidos pintados con grandes grafitis y laberintos hechos de cajas de cartón con puertas que se abren hacia sótanos oscuros. Allí conviven ancianos hambrientos, niños huérfanos, mujeres y hombres maduros y solos.

    En ese mundo siempre en tinieblas, algunos han pasado por las pruebas de selección y las han perdido, entonces depositan su fe en los más jóvenes para que alcancen el “otro lado”. También está la mafia de la droga y de la delincuencia, los predicadores con sus ilusorios mensajes de esperanza y un grupo de rebeldes que lucha por La Causa. “Este lado” es terrenal, reconocible, palpable. Huele a favela y a Ciudad de Dios, y tiene el ojo inconfundible de Charlone.

    Como contraparte, está el amplio y pulcro edificio donde se lleva adelante El Proceso. Allí prima el color blanco y la abundante luz que entra por los ventanales, aunque tiene sus sitios grises y hasta lugares ocultos en subsuelos destruidos. Quien recibe a los competidores es Ezequiel, encargado del discurso de bienvenida y de transmitir el principal mensaje: “Usted es el creador de su propio mérito”. Les habla a todos, pero cada participante piensa que el mensaje va dirigido a él.

    Con ecos del Gran Hermano de George Orwell en 1984, Ezequiel es una figura siniestra y desquiciada, obsesionado por el agua, las conspiraciones políticas y la vigilancia. Al mismo tiempo puede amar y torturar, aferrarse al pasado y abandonar a los que más quiere.

    Cuando se inicia El Proceso, los jóvenes deben desplegar todas sus destrezas físicas e intelectuales, a veces en grupo, a veces individualmente. El peor enemigo lo llevan dentro, y a veces se les presenta en forma de alucinación, pero lo más difícil es eliminar a sus propios compañeros de equipo. Entonces aparecen las trampas, la mezquindad y hasta la muerte.

    Especialmente revelador es un capítulo en el que deben pelear por el agua y los alimentos. Allí aparecen varios vínculos con otras historias de sobrevivencia, pero sobre todo ese capítulo recuerda a El señor de las moscas (1954), novela de William Golding en la que un grupo de niños queda atrapado en una isla después de un accidente. Sin adultos que los guíen, pelean por vencer el miedo y el hambre, mientras la maldad se va apoderando de ellos a medida que pasan los días. Entonces aparecen las mentes más crueles y los peores actos. Lo mismo sucede en 3%: Ezequiel quiere ver hasta dónde puede llegar el ser humano en una situación límite y deja librado a su suerte a este grupo de jóvenes que rápidamente atacan o se defienden, matan o mueren.

    La serie no tiene grandes actuaciones, pero crea personajes creíbles y muy reales. Charlone ha dicho en entrevistas que peleó y negoció con la producción de Netflix, e incluso con los propios brasileños, para que los actores no fueran necesariamente “caras bonitas”. En la serie conviven mujeres bellas y figuras conocidas de la TV brasileña, como Comparato (Michelle), Melanie Fronckowiak (Julia), cantante y ex modelo, o Viviane Porto (Aline), con otras que le ponen el toque “feo” a lo femenino, como sucede con Vaneza Oliveira (Joana), tal vez una de las mejores actuaciones.

    Otro triunfo de 3% es mantener el idioma original de los personajes. Aunque parezca absurdo, hay críticas sobre el uso del portugués en una serie de Netflix, y hay quienes prefieren verla doblada al inglés.

    3% utiliza un recurso cada vez más común en el cine y en las series: ir del presente al pasado para contar la historia de los personajes. Aunque reiterada, esta forma de contar crea agilidad y también empatía con los protagonistas y con sus orígenes. Esta primera temporada termina sin que se sepa cómo es ese mundo ideal de Mar Alto, lo que crea expectativas para la segunda temporada, de la que ya hay un piloto terminado. También deja abierta varias puntas sobre el destino de los personajes.

    La serie tiene un poco de denuncia política, algo de alerta hacia el uso de la tecnología como forma de control, al estilo de la exitosa Black Mirror, y mucho de pesimismo hacia el futuro. Porque tanto en el mundo desamparado como en la tierra prometida, los seres más nobles y solidarios pueden engañar, y las causas más justas pueden ser las más crueles.

    En 3% aparece el oscuro porvenir de las historias futuristas y, sobre todo, la semilla que un día plantó Orwell cuando alertó sobre las pantallas y el ojo vigilante, sobre el autoritarismo que acompaña las rebeliones, sobre las ideologías y su mayor peligro: la condición humana.

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