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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuerría referirme a la columna El Uruguay como problema de Facundo Ponce de León publicado en la última edición de Búsqueda. El columnista tiene el acertado sentido de poner arriba de la mesa lo que a mi juicio es el tema de mayor profundidad en todo lo atinente al cambio social y al progreso de las naciones. Aunque discrepe con las conclusiones de su autor, es la primera vez en años que leo el relato de una circunstancia en la que se planteó la idea (rechazándola) de que la política pueda llegar a ser una mera administración. El periodista, evocando a Methol Ferré, concluye que la política tiene “… que entusiasmar, que abrir caminos, generar oportunidades de crecimiento, de innovación, de mejora”. En ese orden de ideas, las oposiciones incrustadas en los partidos o coaliciones que llegan al poder divididos en facciones, tales como el vazquismo y el mujiquismo en el Frente Amplio del siglo XXI o el batllismo y el riverismo en el Partido Colorado gobernante hegemónico del siglo XX, serían obstáculos para el desarrollo de los grandes objetivos que se lograrían a partir de un entusiasmado y más unánime ejercicio del poder.
Veamos… Sabido es que en el gobierno de Mujica hubo dos conducciones económicas. Sufriendo revolcones y manoseos, la inspiración moderada (del astorismo) evitó que hoy Uruguay fuera Venezuela. Esto no es un voto de aprobación para el astorismo, es solo una constatación de que si bien Uruguay exhibe cifras de endeudamiento, inflación y déficit que están en el límite de lo muy desaconsejable, no se ha llegado al caos del socialismo venezolano ni al cuasi caos del kirchnerismo. Imaginemos por un momento al MPP ejerciendo el poder sin un frente opositor interno, gobernando con entusiasmo y espíritu innovador… Imaginemos al entusiasta Frente Amplio de 1971 llegando al poder y aplicando sus Bases Programáticas. Y por qué no, imaginemos en la misma época al Partido Nacional en el gobierno llevando adelante “Mi Compromiso con Ud.”. Desgraciadamente no es necesario imaginar a los militares ejerciendo el poder durante el gobierno de facto, ¿no fueron acaso gobernantes entusiastas, sin frentes opositores internos? Tampoco es necesario recordarle al lector el país que nos dejaron. Las sociedades no avanzan por la política. Es exactamente al revés: la política evoluciona porque evolucionan las sociedades y las culturas sobre las que ejerce su poder.
Se me dirá: las revoluciones liberales de fines del siglo XVIII y del XIX fueron enormes factores de cambio y lo fueron desde la política. Y es cierto, pero no olvidemos que el liberalismo como corriente revolucionaria, nace por la imperiosa necesidad de limitar el poder político absoluto que tuvo lugar en las sociedades que lo concibieron. Las enormes inversiones que se hicieron necesarias a partir de la Revolución Industrial demandaron un Estado garante y administrador que evitara la errática inspiración de los autócratas. De allí la división de poderes, que no es otra cosa que un enorme avance en la concepción del Estado. Lo es porque fracciona el poder político y al hacerlo frena eficientemente los entusiasmos. Desde entonces el derecho consuetudinario de las naciones anglosajonas se desarrolla a partir de la observancia de la realidad y del comportamiento de los usos y costumbres que van delineando el cuerpo social. Si bien siempre se tratará de evitar abusos, de propender a situaciones menos injustas, ni el derecho ni el poder político se proponen en esas naciones modelar la realidad a golpe de leyes, decretos y reglamentos a semejanza del diseño social que anide en la cabeza de los que ganaron una elección. Por eso Ramón Díaz decía que ser liberal y ser político es casi una contradicción. Carlos Maggi con algo más de humor decía: “Los políticos no cumplen sus promesas… ¡menos mal!”. Allí están los mastodontes fosilizados que nos recuerdan el espíritu innovador de los políticos tales como los entes públicos, siempre caros, siempre ineficientes, o la Corporación para el Desarrollo, por no mencionar otros símbolos de ese espíritu que ni siquiera llegaron a ser, como la regasificadora o el puerto de aguas profundas. Los contados éxitos de desarrollo provenientes de la política consisten casi siempre en una renuncia a la voracidad fiscal, intentos que tratan de evitar que el Estado todo lo invada, todo lo ahogue, que toda iniciativa sea esquilada. En ese sentido, la ley forestal es uno de los muy escasos ejemplos.
¿Cómo reestructurar la seguridad social? El mejor político no es el que imagine una solución (ya han fracasado varias), sino el que hubiera evitado el despilfarro que en la década del 50 se impuso desde la política a los enormes recursos acumulados por los aportes jubilatorios de los años anteriores. Es un ejemplo emblemático de cómo allí sobraron los políticos y faltaron los buenos administradores. No solo la solución no provendrá de la política, sino que el problema se produjo por la política. La solución vendrá de transpiración de los uruguayos; ¿qué duda cabe? Sobre el fin del trabajo, la inteligencia artificial y el consumo responsable, el mejor aporte de la política y de todo político sería observar con enorme respeto los avances logrados por la sociedad civil en estos campos y hacer los mejores esfuerzos para que los obstáculos a su desarrollo desde la política (que desde ya los va a haber) sean minimizados. No creo que haya nacido el político capaz de comprender en toda su magnitud la trascendencia de estos cambios. Son estos mismos adelantos que demandarán mano de obra más calificada y ellos mismos se encargarán de generarla, aunque desde la política y la ideología se pierda el tiempo degradando la enseñanza con la masturbación del lenguaje inclusivo y enseñando a los muchachos a decir “todos y todas juntes”.
Recuerde el lector el ideario entusiasta con que la izquierda llegó al poder en Uruguay. Ideario nunca aplicado en su esencia, pero que hasta el día de hoy entusiasma el imaginario popular, a la vez que cohesiona y convierte a la coalición de gobierno en la gran fuerza hegemónica del Uruguay del siglo XXI. Un ideario inspirado en un libro escrito antes de la aplicación de la energía eléctrica. Un ideario concebido en el seno de la primera Revolución Industrial y vamos ya redondeando la cuarta. ¿Cuántos políticos (marxistas y no marxistas) tienen su cabecita estructurada a partir de esta compilación de anacronismos? ¿Qué ideólogo, qué filósofo, qué político, qué cientista social imaginó los cambios operados en nuestras sociedades a partir de Internet? ¿Cómo confiar la vanguardia de los cambios sociales a la imaginación de los que actúan en política? El dinamismo es una característica de las sociedades, pero la política no va en primera fila. Felizmente los cambios llegan y generalmente proceden de la excelencia, del espíritu innovador, de la creatividad de los individuos, del afán de lucro, de la necesidad de la gente de progresar incesantemente. Pero los cambios que verdaderamente mejoran no se logran desde la política sino a pesar de ella. Si por lo menos la política nos diera buenos administradores, ¡cuánto terreno tendríamos recorrido!
Juan Pedro Arocena
CI 1.246.439-7